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“Vivimos más tiempo que antes y tenemos más placeres, pero no somos más felices”

- 22:43 Viceversa

Hace más de cuarenta años que el filósofo francés Gilles Lipovetsky rastrea las mutaciones de la vida contemporánea con obras como “La era del vacío”, “El imperio de lo efímero” y la más reciente “De la ligereza”, en las que advierte sobre las contradicciones de un mundo individualista que pondera el hedonismo, pero redobla las tensiones sobre el sujeto y magnifica el miedo, problemáticas sobre las que disertó en Buenos Aires.

El ensayista que ha demarcado con sus libros una topografía recurrente centrada en el consumismo, el narcisimo, la cultura de masas y la hipermodernidad llegó a la Argentina invitado por la Fundación Osde que ofreció una conferencia sobre algunos de estos aspectos, que el pensador suele enhebrar con fluidez y una retórica donde abrevan lo teórico y lo coloquial.

Lipovetsky ha reactualizado su análisis de la sociedad en “De la ligereza” (Anagrama), una obra que rastrea los múltiples campos -arte, deporte, diseño, tecnología, vida cotidiana- donde permea esta “levedad” que aligera el peso de las normas sociales y esparce consignas hedonistas, al tiempo que paradójicamente multiplica los síntomas de desamparo y de “malestar en la cultura”.

“Vivimos en un mundo de felicidad paradójica o de ligereza, donde hay mayor confort y satisfacción material. Vivimos mucho más tiempo y disfrutamos de más placeres que antes, pero el sentimiento de felicidad no progresa. Esto pasa porque el consumo nos manipula y nos hace soñar con cosas que no podemos comprar. La gente entonces se frustra y vive desdichada”, analiza Lipovetsky en una entrevista con Télam.

La idea de ligereza está en proximidad con otras categorías que ha trabajado antes como la de vacío o efímero. ¿Cómo se articulan esas nociones?

- Gilles Lipovetsky: Las nuevas tecnologías de orden liviano nos han permitido una individualización mucho más intensa que en la época de la era del vacío, donde ese fenómeno era más bien una cuestión de costumbre. Si tomamos la vida social, por ejemplo, la gente rechazaba la moral familiar e incluso las prácticas religiosas pero ahora hay nuevas prácticas individualistas que han sido habilitadas por lo liviano, por ejemplo el fenómeno de la selfie, donde el individuo habla de sí mismo y se pone en el centro de la escena. En la época en la que escribí “La era del vacío” las nuevas tecnologías remitían básicamente al plástico como material nuevo. Ahora es inimaginable la gama de objetos livianos que tenemos al alcance de la mano: con un smartphone que pesa 250 gramos uno puede entrar a Spotify y acceder a 30 millones de temas musicales. Me interesa ver cómo este universo liviano acentúa los nuevos comportamientos individualistas.

Esta ligereza de la que habla nos confronta a una laxitud de las reglas y los mandatos, pero esta mayor libertad no ha generado un aumento del bienestar ¿Cómo se explica esta paradoja?

- G.L.: Es que el universo liviano no es tan liviano como parece: engendra cosas pesadas como desgano, tristeza... la gente se siente sola, está desorientada y ya no confía en la política. Estamos frente a una paradoja: la sociedad liviana debería liberar a las personas de los imperativos sobre el cuerpo, pero crea todo lo contrario. Cada vez somos menos despreocupados.

En Francia se da por estos tiempos el fenómeno de los chalecos amarillos, un movimiento impulsado por aquellos que tienen miedo de perder su posición social. No son los pobres sino la clase media que con mucha presión fiscal siente que su condición sigue deteriorándose. Es gente que piensa que sus hijos no van a vivir tan bien como las actuales generaciones. Ya no hay más lugar para una vida liviana. Las necesidades se han convertido en enormes y el poder de comprar ha bajado. La paradoja de una sociedad como la nuestra es que en vez estar ligada al entretenimiento y la despreocupación provoca una forma de vida cada vez más pesada.

En su libro plantea que se insta todo el tiempo a aprovechar los placeres inmediatos y fáciles ¿Detrás de esta incitación hay un imperativo de felicidad por el cual se presiona a los individuos a escenificar ese estado en las redes?

- G.L: No estamos obligados a ser felices, pero sí es cierto que desde los medios se nos impulsa a ser felices. Todo el mundo quiere ser feliz hoy, a diferencia de las sociedades tradicionales. El problema es entender hasta qué punto esta aspiración de la felicidad es limitada por el entorno global. La hipermodernidad ha generado varias tensiones: entre el hedonismo y el placer, la competencia permanente, y la vida privada que ya no es un espacio seguro ni estable donde refugiarse. Antes si una pareja tenía problemas no se separaba, mientras que ahora se vive bajo la posibilidad permanente de irse o quedarse. Parece ser el precio de la autonomía individual y resulta muy caro porque nos obliga a vivir encontrando soluciones a todo.

¿Podemos rescatar algún aspecto positivo de la ligereza?

- G.L.: Si algo ha aportado la ligereza es que nos ha librado de muchos males del siglo XX: el fascismo, el nazismo, el franquismo no eran ligeros. La felicidad y el consumismo en cierto modo nos protegen de esas idelologías pesadas que nos dejaron dos guerras mundiales, la shoá y todos los muertos con el comunismo. La gente hoy quiere vivir bien, ya no quiere morir en medio de masacres, quiere divertirse.

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