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Fray José María Bottaro: el último arzobispo franciscano de Buenos Aires

Por Eduardo Lazzari | Historiador

- 09:58 Santiago

La historia argentina del siglo XX tuvo entre los dignatarios de la Iglesia Católica algunos personajes extraordinarios que, sin embargo, resultan desconocidos para la mayoría de los ciudadanos. Incluso su nombre no resulta ni siquiera familiar. Por eso, hoy será recordado el hombre que logró concordia en los escenarios más complejos y diversos, siempre desde su condición de franciscano. La vida de fray José María Bottaro constituye una interesante muestra del pensamiento y la influencia de la espiritualidad del santo de Asís en la Argentina moderna.


Familia e infancia

   Rafael Bottaro nace en la ciudad bonaerense de San Pedro, antiguo convento franciscano de la época colonial, el 24 de octubre de 1859, en tiempos de la secesión del Estado de Buenos Aires, respecto de la Confederación Argentina. Hijo de inmigrantes, trabajadores del campo; sus padres fueron Esteban Bottaro, italiano y María Hers, gibraltareña. En esas tierras a orillas del río Paraná había nacido otro franciscano ilustre, fray Cayetano Rodríguez., diputado porteño a la Asamblea del Año 13 y redactor del Acta de la Independencia Argentina en el Congreso General Constituyente de 1816, donde también fuera representante de Buenos Aires.


Fraile Franciscano

   El joven Rafael ingresa en la Orden de los Frailes Menores el 6 de abril de 1881, a los 21 años, donde adopta el nombre religioso de José María, con el que será universalmente conocido. Profesa los primeros votos temporales de pobreza, castidad y obediencia el 15 de abril de 1882. Toma los votos perpetuos tres años después, el 16 de abril de 1885, y el 25 de setiembre de 1886 se ordena como presbítero. Su actuación en la Orden fue notable y son diversas las tareas que se le encomiendan a lo largo de los cuarenta y cinco años que van desde su profesión como religioso hasta su consagración episcopal.

   Durante su formación religiosa, en 1881, conoce a fray Mamerto Esquiú, el gran orador de la Constitución de 1853 y hoy venerable de la Iglesia, protagonizando ambos una anécdota profética. Luego de sacarse la única foto en la que el recién nombrado Obispo de Córdoba aparece luciendo su capa episcopal, Esquiú se la quita y la coloca sobre los hombros del joven Bottaro diciéndole: “Algún día también tú serás obispo aunque no quieras”. La predicción se cumplió.


Formador y conductor de almas y mentes

   Se destaca por su formación intelectual y su capacidad pedagógica. Siendo muy joven fue profesor de Filosofía, Teología Dogmática y Derecho Canónico en las casas de formación franciscanas y ocupa el cargo de bibliotecario del convento de Buenos Aires, cuyo curioso nombre poco conocido es el de “Santa Úrsula y las 11.000 vírgenes”, donde se custodia la biblioteca más antigua de la ciudad, que contiene gran cantidad de libros incunables que se juntaron a lo largo de cuatro siglos. Crea dos periódicos que alcanzan gran difusión: “El Plata Seráfico” y “El Terciario Franciscano”, donde se muestra el interés de Bottaro por la participación del laicado en la Iglesia.

   Ejerce como maestro de novicios en Buenos Aires y maestro de coro en Córdoba. Más tarde lo nombran guardián, es decir superior, de los conventos de Buenos Aires, de Santa Fe y de Aarón Castellanos. Estando en este destino es elegido superior de la provincia de la Asunción de la Santísima Virgen María del Río de la Plata, cargo que ocupa en tres ocasiones. Durante uno de sus mandatos, la iglesia San Francisco de Buenos Aires fue elevada a la dignidad de Basílica Menor. También como provincial participa de la ceremonia de coronación de la Virgen de Itatí, en Corrientes, participando Bottaro con gran alegría ya que el fundador del santuario litoraleño fue fray Luis de Bolaños, un franciscano que llegó a Buenos Aires caminando desde Asunción del Paraguay a principios del siglo XVII, luego de traducir al guaraní el catecismo católico y crear la ciudad natal de Bottaro, San Pedro. Bolaños muere en Buenos Aires en 1629 en “fama de santidad”.


Diplomático Papal

   Debido a sus condiciones de carácter firme y conciliador, llega a definidor (una suerte de director) de la Orden Franciscana en la Curia General, en Roma, cargo que desempeña durante seis años. También actuó como visitador en Chile y Perú. Cumple más adelante misiones diplomáticas, por orden directa del Papa, en Roma y en Estados Unidos, además de diversas visitas a otros países americanos. Se destaca su nombramiento como delegado apostólico en la República de México en tiempos de la revolución de 1910, cuando la persecución a la Iglesia Católica alcanzaba su máxima expresión.

   El papa Pío X le encomienda la negociación con el gobierno azteca, que implica no solo la defensa de los derechos de la Iglesia para desarrollar su actividad religiosa, sino también salvar las vidas de sacerdotes y religiosos que por ese entonces corrían graves riesgos. A causa de la prohibición que las autoridades habían establecido sobre las vestimentas religiosas, vistió de civil. Este fue el único tiempo de su vida en que no usó el hábito de San Francisco.


Quinto Arzobispo de Buenos Aires

   En 1923, ante la muerte del arzobispo de Buenos Aires, monseñor Antonio Espinosa, el presidente Marcelo Torcuato de Alvear, como era de estilo, propone una terna encabezada por monseñor Miguel De Andrea, acompañado por los obispos Alberti y Bazán y Bustos, que no fue considerada por el Papa Pio XI, por la asimilación del primero a posturas sociales y políticas que no caían bien en Roma. El conflicto fue incrementándose hasta que el gobierno argentino sugiere el retiro del nuncio apostólico Beda Cardinale. Esto derivó en una larga vacancia de la sede durante casi cuatro años, que fue resuelta al encontrarse en la figura de fray Bottaro al hombre aceptable para todos.

   En esos tiempos cumplía con su deber de provincial por tercera vez y fue nombrado como Arzobispo el 9 de octubre de 1926. Su pensamiento, en ese trascendental momento de su vida, queda sintetizado en las frases que diera a través de un reportaje: “No me anima ningún otro sentimiento que no sea el de cumplir un deber de religión al aceptar este arzobispado. Siempre le he huido al exhibicionismo. En el retraimiento y la humildad ha transcurrido mi vida de religioso, dedicado continuamente al estudio, a la enseñanza y a la penitencia. Ni he ambicionado ni he necesitado más. Me ha decidido a salir de mi retiro y de mi silencio también un sentimiento de paz y de patriotismo. El alto cargo que se me confía tiene responsabilidades que afrontar y que cumplir con amplitud de espíritu. Es por eso mismo, por la religión, por la paz común y por la patria, que renuncio a mi retraimiento”.

   Fray Bottaro elige para su escudo episcopal el lema franciscano: “Pax et bonum”, en castellano “Paz y bien”. Fue consagrado por monseñor Felipe Cortesi en la Basílica San Francisco de Buenos Aires el 9 de diciembre de 1926. Vale como anécdota que ese día, un familiar fue a buscarlo a su celda: “Señor: está todo listo. Estamos esperando a Su Excelencia”. Apareció fray Bottaro con su hábito franciscano. “Monseñor: ¿y el traje violeta?” le dijo su allegado. La respuesta del flamante purpurado fue: “¿Cómo he de dejar mi hábito, si a él debo todo lo que soy?”. Siguió usando sus ropas y sandalias franciscanas hasta el fin de sus días y sólo usa zapatos en ocasiones protocolares. Hasta que fue obispo no supo atarse el calzado.

   La intensa labor misional y la humildad firme de su trato fueron características de su gobierno pastoral. Entre sus obras se cuentan la creación de 36 parroquias, la organización de la primera peregrinación nacional a la Basílica de Luján, la creación de la Acción Católica Argentina y la construcción de la Basílica Santa Rosa de Lima.


Fin de su vida y homenajes

   Hacia 1930, en los últimos años de su vida, sufre una horrible enfermedad que le impide continuar sus tareas como arzobispo, por lo que renuncia el 30 de julio de 1932. La Santa Sede lo distinguió como arzobispo titular de Macra. Se recluyó en el convento franciscano de Buenos Aires, donde murió el 11 de mayo de 1935, coincidiendo esta fecha con la del nacimiento, en 1826, de fray Esquiú, aquel obispo franciscano que anticipó su destino en la Iglesia. Fue sucedido por monseñor Santiago Copello, quién sería tiempo después en el primer cardenal americano de habla hispana.

   Sus funerales fueron multitudinarios y sus restos fueron sepultados delante del Altar del Santo Cristo, en el crucero de la Catedral de Buenos Aires. Su figura es recordada en San Pedro, su ciudad natal, donde una calle lleva su nombre. Dos museos argentinos también lo homenajean: el Histórico Regional de San Pedro y el Franciscano de Buenos Aires. Existen al menos tres repositorios con objetos que le pertenecieron: los dos museos arriba citados y el de la Catedral porteña.

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