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Lectura del Santo Evangelio según San Juan 17, 1-2.9. 14-26

- 22:49 El Evangelio

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo:

“Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú has dado sobre toda la carne, dé la vida eterna a todos los que le ha dado.

Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que tú me diste, porque son tuyos.

Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.

Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.

No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.

Yo le he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.

Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo.

Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Les de dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos”.

Reflexión

Isaías se encuentra en el Templo con Dios de una manera íntima que lo marca para toda la vida. Dios, cuando llama, siempre confía una misión. La vocación, un don gratuito de Dios, siempre implica una tarea.

Es propio de Isaías presentar la santidad de Dios como una realidad que sobrecoge al hombre. Al describir a Dios con la aclamación Santo, repetida por tres veces, lo presenta como totalmente otro, infinitamente distinto de la criatura, fuera de nuestro alcance aunque se haga presente. Frente al Santo, el hombre toma conciencia de su indignidad, se siente pecador.

Pero, en la experiencia de Isaías, la absoluta santidad de Dios no aniquila al ser humano. Puede alcanzar mejores grados de vida y de santidad como parte de su misma vocación humana. Solo así, cuando el Señor pregunta: “¿A quién enviaré...?” el profeta puede responder: “Aquí estoy, mándame”.

Envío y respuesta son un anticipo, modelo y referencia del envío del mismo Jesucristo (el Hijo) por el Padre. Dice la carta a los Hebreos, el único escrito que llama a Jesús Sacerdote: “Convenía que aquel, para quien y por quien existe todo, llevara muchos hijos a la gloria perfeccionando mediante el sufrimiento al jefe que iba a guiarlos a la salvación”. Característica fundamental de ese salvador es la solidaridad, en todo semejante a sus hermanos para hacernos semejantes a Él.

Solidaridad que le llevó a la muerte y a vencerla. Así, Cristo fue constituido Sumo Sacerdote, “mediador” entre Dios y la humanidad, igual con Dios e igual con los seres humanos en todo, hasta en la muerte. Característica de su sacerdocio es la compasión; “fiel en el servicio de Dios”, su amor compasivo solo podía venir del mismo Dios.

El sufrimiento alecciona y prueba la solidez de la entrega. La cruz de Cristo no es una simple condena a sufrir, muestra el amor del Padre para su Hijo, a quien llamó a ser por medio del sufrimiento el Salvador y modelo de todos. Nos salva la solidaridad humana de Cristo compartiendo nuestra carne y nuestra suerte. Identificados con Él por el bautismo, nosotros somos salvados y podemos ayudar a salvar. Lo hacemos cuando ejercemos nuestro propio sacerdocio aceptando la dependencia y solidaridad con los demás, trabajando a su lado, sufriendo y alegrándonos con ellos, diciendo: “Aquí estoy, mándame”.

En el envío no estamos solos. Jesús suplica al Padre por la santificación de los suyos en orden a la misión. Ruega para que sean el nuevo pueblo santo, consagrado a Dios. Pide que los guarde en la irradiación de su propia santidad, bajo su protección. l


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