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Los obispos coloniales en Santiago del Estero (Tercera parte)

04/08/2019 00:31 Santiago
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La segunda mitad del siglo XVII sería el último tiempo en que Santiago del Estero fue la sede episcopal de la diócesis del Tucumán.

La relativa pérdida de influencia política de la ciudad, sumada al poder que los jesuitas tendrán en  todas las tierras al este de la cordillera, sobre todo a partir del encargo de la evangelización de los naturales americanos, y el gran éxito obtenido en las tres grandes jurisdicciones misionales: las del Guayrá o Paraquaria, con sus treinta pueblos; las de Moxos, en el actual norte boliviano limítrofe con el Brasil; y la Chiquitanía, en el llamado Oriente, al este de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, que aún funcionan con su estructura colonial, hicieron que para el cambio de siglo, en 1699 se produjera el traslado de la catedral a Córdoba.

La llegada del siglo XVIII marca la cumbre de la CompaÑía de Jesús en el territorio actualmente argentino, que ya entonces habían establecido en la antigua ciudad de Córdoba de la Nueva  Andalucía, el Convictorio de Nuestra SeÑora de Montserrat, el Colegio Máximo, oficialmente reconocido como universidad desde el 8 de agosto de 1621 por el papa Gregorio XV y confirmada esta decisión por la real cédula del rey Felipe IV del 2 de febrero de 1622, y la sede de la provincia jesuita, que abarcaba desde Buenos Aires hasta Asunción y desde las Misiones hasta los Andes.

La muerte del obispo Maldonado y Saavedra en 1661, luego de un largo gobierno eclesiástico de 30 aÑos, va a marcar el inicio de la pérdida de centralidad de Santiago del Estero y serán cuatro los obispos que presidirán la diócesis del Tucumán hasta fin del siglo.

Vale aclarar que en los primeros tiempos la influencia de las distintas órdenes religiosas llegadas a América fue enorme, hasta que comenzaron a funcionar los seminarios, casas de formación pertenecientes a las diócesis que fueron formando un clero secular, directamente dependiente de los obispos, sin la mediación de los dominicos, franciscanos, jesuitas, mercedarios y agustinos, que a veces respondían más a sus propios superiores que a las órdenes del titular de la diócesis. Es por eso que lentamente serán más los obispos seculares que los pertenecientes a órdenes religiosas.

FRANCISCO DE BORJA Y MIGUEL (SECULAR)

La larga vacancia de la diócesis del Tucumán de más de seis aÑos, vino a corregirse con el nombramiento del bogotano Francisco de Borja y Miguel, nacido en 1629, aunque algunas investigaciones ubican su nacimiento hasta veinte aÑos antes. Este hombre estaba entroncado en una familia espaÑola de gran influencia en la historia de la Iglesia. Era hijo del presidente de la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá, y era pariente del papa Alejandro VI, conocido por la  italianización de su apellido como el Papa Borgia, y también descendiente directo de San Francisco de Borja, quien estuvo casado antes de entrar en la CompaÑía de Jesús, en cuyo homenaje fue bautizado.

Fue ordenado sacerdote en su ciudad natal y llegó a tesorero de la arquidiócesis, para ser luego trasladado a Charcas, donde llegó a ser deán (decano) de la Catedral. El 8 de febrero de 1668 fue propuesto para el obispado del Tucumán, siendo nombrado el 17 de setiembre. Se demoró su ordenación hasta 1671, para que coincidiera con la canonización de su abuelo. Llegado a su sede, en 1673 una gran inundación del río Dulce destruyó gran parte de la catedral, y fue el obispo Borja quien dio inicio a los trámites para el traslado de la sede hacia Córdoba.

Fue un ferviente devoto de Nuestra SeÑora de la Consolación de Sumampa, ayudando a la difusión del culto popular a la “melliza” de Luján. Recorrió escasamente el territorio diocesano, pero se lo recuerda como un pastor amable, habiendo derivado muchas tareas misionales en los jesuitas, que fueron su principal brazo ejecutor. En 1679 lo trasladan a la diócesis de Trujillo, donde morirá el 13 de abril de 1689.

NICOLáS DE ULLOA Y HURTADO DE MENDOZA (AGUSTINO)

El 20 de setiembre de 1679 fue elegido obispo del Tucumán el agustino Nicolás de Ulloa, hasta entonces obispo auxiliar de Lima.

Este americano descendiente de las familias fundadoras de Lima nació en 1621 y vistió el hábito de San Agustín desde 1636, llegando a ser el prior del Convento Grande de Lima en 1661. Se doctoró en teología en la Universidad de San Marcos y fue nombrado obispo de Panamá, aunque el arzobispo de Lima, Pedro de Villagómez Vivanco, lo retuvo como su auxiliar. Ulloa fue ordenado obispo titular de Dara el 8 de setiembre de 1679, por el arzobispo de Charcas, Cristóbal de Castilla y Zamora, y a los pocos días, trasladado al obispado tucumanense.

Llegó a Santiago del Estero a mediados de 1680, y decidió trasladarse a Córdoba, donde quedó viviendo. Esta irregularidad provocó varios problemas, ya que el obispo solo tiene autoridad desde el lugar donde está sentada su cátedra, por lo que muchas decisiones fueron cuestionadas por esta circunstancia. A pesar de eso, el 7 de julio de 1680 puso la piedra fundamental de la nueva catedral para reemplazar la derruida por la inundación siete aÑos antes. En 1682 envió una carta oficial recomendando al rey el traslado definitivo de la sede. En setiembre de 1686 murió el obispo Ulloa en su sede de Santiago del Estero.

JUAN BRAVO DáVILA Y CARTAGENA (SECULAR)

El cusqueÑo Juan Bravo fue seleccionado obispo del Tucumán por el rey de EspaÑa el 29 de agosto de 1687 y confirmado por el Papa el 24 de noviembre. Nacido el 22 de agosto de 1629, se ordenó sacerdote de la diócesis del Cusco. Tuvo una prolija carrera eclesiástica que culminó cuando fue ordenado obispo el 21 de noviembre de 1688 por Manuel de Mollinedo Angulo en su ciudad natal.

Ingresó a su territorio catedralicio peregrinando por Humahuaca, San Salvador de Jujuy, Salta, y al intentar ingresar a San Miguel del Tucumán, sufrió ataques de los indios mocovíes, llegando finalmente a su sede de Santiago del Estero en 1791, tras dos aÑos de marcha. Fue un obispo generoso con sus bienes, que donó en su totalidad, y falleció durante una visita a Córdoba el 4 de diciembre de 1691. Fue sepultado en la iglesia de Santo Domingo.

JUAN MANUEL MERCADILLO Y PATIÑO (DOMINICO)

El último obispo tucumanense con sede en Santiago del Estero fue el castellano Juan Manuel Mercadillo, nacido en La Puebla del Almodariel en 1643. Fue fraile dominico en el convento de Salamanca, y en la universidad de esa ciudad obtuvo el título de maestro en teología. Fue enviado por su orden a las Filipinas, donde llegó a ser rector de la Universidad de Santo Tomás de Manila.

El 7 de agosto de 1694 fue propuesto para obispo del Tucumán y fue nombrado el 8 de noviembre. Fue ordenado en Madrid, camino a América en noviembre de 1695. Estando en Europa recibe el breve del papa Inocencio XII firmado el 28 de noviembre de 1697, que traslada la sede episcopal a Córdoba.

Se embarcó recién a fines de 1698 y al llegar a su nueva cátedra el 19 de junio de 1699, se efectivizó el traslado. Sin duda, los poderosos intereses de la más próspera aristocracia cordobesa influyeron en esta decisión, con la esperanza de convertir a Córdoba además en la sede de la gobernación del Tucumán, lo que ocurrirá más adelante.

Tuvo que iniciar las obras de la nueva catedral, ya que la antigua iglesia matriz estaba derruida. Instaló el seminario diocesano y su casa en un palacio frente a la plaza principal y al cabildo. El uso de los fondos donados para la construcción de la catedral mezclados con los negocios privados del obispo provocó graves conflictos con los gobernantes y con los comerciantes. Parecía reeditar la historia escandalosa del primer obispo, Francisco de Vitoria, ahora como primero de la nueva sede. Se enfrentó violentamente con los jesuitas, llegando a prohibirles el culto.

Su conflicto con las autoridades mundanas llegó a la corte en Madrid, y el intercambio de cartas incluyó excomuniones, acusaciones de corrupción e incluso de amancebamiento del obispo. Mercadillo llegó a desconocer documentos enviados por la Real Audiencia de Charcas para retrotraer las consecuencias de su pelea con los jesuitas, que había llegado al extremo de excomulgar al rector del Colegio Máximo y del noviciado de la CompaÑía, con sede en la estancia de Santa Catalina. Extendió sus peleas a los franciscanos y sus acciones tendieron a favorecer a su orden dominica.

Murió en la nueva sede de Córdoba el 17 de junio de 1704 y fue sepultado en la iglesia de Santo Domingo, donde sus restos se encuentran extraviados. Se conserva parte de la fachada del palacio episcopal que construyera frente a la plaza San Martín de Córdoba, en diagonal con la Catedral.

Con la vida de estos cuatro obispos se acaba la historia de la diócesis del Tucumán en Santiago del Estero. La “Madre de Ciudades” se convirtió en una más de las parroquias del inmenso territorio diocesano, hasta su reivindicación en 1907, cuando se crea la sede episcopal de Santiago del Estero. Pero esa es una historia más moderna, y la encararemos más adelante.

Por Eduardo Lazzari

Historiador


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