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Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (17,22-27)

- 21:26 El Evangelio

En aquel tiempo, mientras Jesús y los discípulos recorrían juntos Galilea, les dijo Jesús: “Al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres, lo matarán, pero resucitará al tercer día”. Ellos se pusieron muy tristes. Cuando llegaron a Cafarnaún, los que cobraban el impuesto de las dos dracmas se acercaron a Pedro y le preguntaron: “¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas?”

Contestó: “Sí”.

Cuando llegó a casa, Jesús se adelantó a preguntarle: “¿Qué te parece, Simón? Los reyes del mundo, ¿a quién le cobran impuestos y tasas, a sus hijos o a los extraños?”.

Contestó: “A los extraños”.

Jesús le dijo: “Entonces, los hijos están exentos. Sin embargo, para no escandalizarlos, ve al lago, echa el anzuelo, coge el primer pez que pique, ábrele la boca y encontrarás una moneda de plata. Cógela y págales por mí y por ti”.

Comentario

La compasión está muy presente en la vida de Jesús, es el motor de su acción. El contemplar las necesidades de las muchedumbres hace surgir en él gestos de aproximación a quienes sufren para aliviar su sufrimiento. Hoy es el hambre el que ocasiona ese diálogo entre Jesús y sus discípulos. Son muchas personas y están en descampado. Allí no hay posibilidad de encontrar remedio a la situación. Los discípulos sienten la urgencia de hacer algo para solucionar el problema y por eso piden a Jesús que despida a la gente. Jesús, sin embargo, no responde a la propuesta de sus discípulos. En vez de cumplir su deseo los invita a que les den ellos de comer. Una invitación sorprendente puesto que ellos no tienen con qué cumplir esa invitación. Es una invitación que sigue vigente en este mundo nuestro donde una gran mayoría sigue extenuada el camino, carente de lo más esencial: el alimento. Ante sus necesidades no solo no les aportamos lo que podría aliviar su necesidad, sino que les cerramos las puertas para que no se interpongan en nuestro bienestar. Cuesta llamarse seguidores de Jesús cuando estas situaciones se multiplican por el mundo.

Jesús reacciona ante las carencias de la gente. Su sensibilidad no tolera situaciones de ese estilo y obra el milagro. Los discípulos proponen soluciones cómodas, se desentienden de la situación de la multitud. Es el ‘allá cada uno’ que con tanta frecuencia escuchamos en nuestro mundo. Jesús rechaza esa actitud y ofrece una solución: compartir. Todo ello nace de un corazón que no tolera el mal y ofrece una solución más humana: compartir lo poco que tienen para que las carencias se vuelvan motivo de unidad fraternal al compartir todos el mismo alimento.

Los discípulos han detectado el problema, pero quieren desentenderse de él. Es lo que está ocurriendo entre nosotros. Conocemos esa terrible realidad, pero no nos dejamos afectar por ella. Solo un corazón identificado con Jesús puede ofrecer la auténtica solución: compartir con los que más necesitan desde la abundancia en la que nosotros nos desenvolvemos.

El evangelio se convierte así en acicate para salir de nuestra comodidad. No basta conocer la realidad de esos mundos hambrientos; tampoco lamentarnos de las injusticias que se cometen. Hemos de reaccionar al estilo de Jesús y conseguir que nuestra abundancia se reparta con los que menos tienen. Así la presencia de Jesús será real, porque nuestra compasión, como la suya, ha hecho el milagro de ir haciendo de este mundo una fraternidad.


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