×

Santo Evangelio según San Mateo (18,15- 20)

- 00:06 El Evangelio

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

Comentario

En el Capítulo 18 del Evangelio de Mateo, Jesús se dirige a sus discípulos para darles una serie de instrucciones en torno a la vida comunitaria. Aborda en concreto dos aspectos claves para poder vivir el amor en plenitud: por un lado acoger en la comunidad, de una forma prioritaria, a los más pequeños a la vez que uno mismo se hace pequeño; y por otro lado, la necesidad del perdón fraterno.

El pasaje de hoy se centra en este segundo aspecto y trata de responder a algo que forma parte de nuestra experiencia de vida cotidiana: nos ofendemos unos a otros, rompemos la comunión, nos hacemos daño.

Jesús propone un medio concreto para hacerlo: la corrección fraterna. Pero para poder entender bien lo que significa es necesario recordar la pequeña parábola que Jesús ha contado, justo en el pasaje anterior. En ella nos habla de un hombre que ha perdido una oveja y deja a las noventa y nueve por ir a buscar a la descarriada; todo para decirnos que “del mismo modo, el Padre del cielo no quiere que se pierda ni uno sólo de estos pequeños”.

Es desde esta clave que tenemos que situar la invitación a la corrección fraterna: el Señor nos confía a los hermanos y hermanas, así como somos confiados a otros y otras; y el Señor no quiere que nadie se pierda. Se trata de ganar al hermano, a la hermana, de restaurar la comunión para la que hemos sido creados, de ayudarnos a volver a casa, porque Dios siempre está con los brazos abiertos.

Me acuerdo que hace ya muchos años alguien decía que, a veces, en lugar de corrección fraterna hacemos corrección fratricida. Y es que no siempre los gestos y las palabras que nos salen son los más adecuadas ni los que más construyen; a veces no son más que el desahogo de nuestro yo herido y enfadado que necesita cantarle las cuarenta a los otros. Y tal vez no podamos o sepamos hacer de otra manera. Pero la corrección fraterna de la que nos habla Jesús, está claro que es otra cosa. Para empezar Jesús invita a llamar la atención al hermano “a solas”, es decir en el espacio de la intimidad que posibilita la escucha, el diálogo, el hacer proceso y la transformación necesaria que lleva a la reconciliación; un espacio de respeto al otro que huye de la acusación pública, la maledicencia y el hablar “por fuera” que tanto daño hace a las personas y que encima no sirve para nada. Jesús fue un maestro en este tratar a los otros “a solas” y generar en ellos procesos de transformación liberadora. Pienso ahora en sus encuentros con la mujer adúltera, con Zaqueo, con la samaritana, por citar algunos que pueden resultarnos tan iluminadores y tan pedagógicos para aprender a acercarnos a los hermanos.l


Más noticias de hoy