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“Alégrate, el Señor está contigo”

Evangelio según San Lucas (1,26-38)

- 22:43 El Evangelio

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.

El ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”.

Y María dijo al ángel: “¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?”

El ángel le contestó: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible”.

María contestó: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Y la dejó el ángel.

Comentario

La liturgia nos ofrece a mitad de semana un bello respiro. No se trata de un recuerdo con gran relevancia litúrgica; la Iglesia no ha hecho de él fiesta ni solemnidad, pero sí nos acerca a algo singularmente hermoso: María, la madre de Cristo -el Rey-, es también Reina y participa de la soberanía de su Hijo, el Resucitado, sobre todo lo creado. La María Asunta que hemos celebrado hace una semana es también ‘reina de cielos y tierra’. Como recuerda hoy el Martirologio, madre del Príncipe de la Paz, madre de la misericordia.

Es probable que muchas comunidades interrumpan en este día la lectura continua de la Palabra para evocar el misterio de la Anunciación. Quien lea el texto de Mateo recordará a los invitados a la boda que encontraron excusa para no presentarse. María hizo un camino de fe, y fue también sorprendida por la voz del Padre en sus encrucijadas. Tuvo muy fácil haber tomado el rumbo de la excusa, de la objeción, pero aceptó participar con una intensidad insuperable de la cruz de su hijo.

En estas semanas se recuerda a menudo a quienes peregrinan, por ejemplo, hacia Santiago de Compostela. Quien camina cansado o despacio ve con singular cariño y gratitud al compañero de aventura que una vez que ha llegado a su destino vuelve hacia atrás para aligerar la carga de los demás.


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