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A 120 años del nacimiento de Jorge Luis Borges

- 09:00 Opinión

Por José Andrés Rivas. (Texto escrito el día en que se conoció la noticia de la muerte de Jorge Luis Borges)


UNA ÉTICA PERDURABLE Y EJEMPLAR

Quiero referirme al otro, a Borges. No al personaje de sus cuentos, el que suele padecer o humillarse en sus propias historias; ni al otro, al personaje irreverente y genial, al que los medios de comunicación y un tiempo con escaso humor e imaginación han erigido. Me refiero al otro, al que le fue deparado el destino de la literatura, esa extraña aventura de un hombre invisible frente a la página en blanco. De este Borges, del otro, y de la sólida moral que practicó en el cumplimiento de su oficio es sobre lo que tratarán estas líneas.


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Conozco gran parte de los estudios sobre nuestro autor (¿quién podría conocerlos a todos?), tal vez los más considerables. En ninguno de ellos aparece la idea de que Borges sea un escritor esencialmente moral. Más de uno –ya es lugar común- suele afirmar que su autor comparte la literatura borgeana, pero no las opiniones o ideas de su autor. No me atrevería en estos párrafos a calificar de moralista al autor de El Aleph. A menos que quisiera detenerme en aquel de sus costados que evoca el brillo de un Swift, de un Wilde, de un Quevedo o un Shaw. Mi propósito es otro: sólo quiero señalar que su labor de creación y su perfil como poeta o creador de ficciones se expresan a través de una constante que es esencialmente moral.

Hace ya largos años Amado Alonso había propuesto a Borges como ejemplo de conducta literaria. Señalaba en él su responsabilidad, sinceridad, exactitud. Borges era el primero en la autocrítica, señalaba el recordado maestro. Quienes escribieron en colaboración con aquél, o los copistas de su etapa de ciego, suelen recordar el minucioso pulimento de la palabra y de los signos con que elaboraba cada frase. En un artículo sobre Flaubert evocaba Borges el religioso culto por el mot juste que asolaba al autor de Madame Bovary. Y su irónica aspiración de buscar la perennidad en el elemento más fugaz: la palabra. Como solía hacer en otros de sus retratos, en la imagen del novelista francés también Borges se estaba retratando a sí mismo. ¿Sería acaso arriesgado buscar alguna escondida cifra, alguna clave –tan caras a nuestro autor- ya en el mismo título de aquel artículo: “Flaubert y su destino ejemplar”? No en vano aquella página –que se refiere también a Milton, a Tasso, al amado Virgilio- Borges quería reflejar la imagen de aquella “especie nueva: la del hombre de letras como sacerdote, como asceta, casi como mártir”.

Más de una vez Borges confesó que había aceptado la publicación de sus Obras completas para dejar fuera de ellas algunos de sus libros de cuyo nombre no quería acordarse. Ese extraño destino hoy los convierte en apetecible tesoro de bibliófilos y lamentable nostalgia de quienes los ignoran. Algo similar sucedía con las variadas antologías de su obra: cada una de ellas mostraba alguna nueva omisión e interminables correcciones en algún texto que ya antes había sido corregido. No podía, no sabía esperar a que el tiempo –el gran antólogo como él lo señalaba- se encargara de hacerlo. Aún en lo más avanzado de su vida, cuando la gloria o el cansancio le hubieran permitido la tarea fácil y el trazo distendido, como el otro en su célebre cuento se empeñó en ser el mismo.

El dorado destierro de su adolescencia ginebrina le había prodigado (la palabra es de él) el milagro de Whitman. Nunca se desprendería de aquel “gran viejo” que vivía “en el país de hierro” como lo llamara Darío. (Recuerdo aquella tarde de otoño en que le regalé una copia de una carta de Whitman que había encontrado en el archivo de la Duke University. Borges sólo me preguntó si yo creía que el autor de Leaves of Grass, en los últimos años de su vida, había sido dichoso). Varias de sus composiciones más felices fueron escritas a la manera whitmaniana de enumerar (no de conocer o definir) el universo. En ellas era posible el lujo de la palabra o el ritmo vertiginoso.

El rigor consigo mismo lo llevó en sus últimos años a arriesgarse en el ejercicio de otras maneras más cercanas al silencio, más lejanas de la retórica, más sencillas. De allí sus haiku, sus “monedas” de dos o tres versos, sus cuentos como “El espejo y la máscara” o “Undr”, que exaltaban las literaturas de una sola palabra y donde los poetas que las cultivaban estaban condenados a la locura o al destierro. Su preferencia por la brevedad del cuento, y su rechazo de ese “abuso de la retórica” y de esa exitosa “superstición de nuestro tiempo” que era la novela, fueron otras de las formas de su modestia.

En el Epílogo de sus Obras completas Borges aventuró una nota que, sobre sus libros, recogería una Enciclopedia del año 2074. El único casi imperceptible aporte que él se atreve a adjudicarse fue el de “elevar a lo fantástico” la antigua tradición de la prosa argentina. Ésta, según aquella Enciclopedia futura, no había rebasado “por lo común, el alegato, la sátira y la crónica de costumbres”. Aunque Borges allí no lo dice, después de él, el alegato se transformó en argumentación brillante; la sátira, en páginas de inusitado ingenio e ironía; y la crónica de costumbre sobrevivió en algunos escritores, generalmente menores o desapareció. Sería un abuso de lugares comunes el recordar que hay una manera de escribir anterior y otra posterior a él. Sólo me limito a recoger una evidencia: su formidable aventura literaria –construida con genio y una vigilante conducta de escritor- aportó a las letras de nuestro tiempo maneras de escribir que tal vez sean perdurables. Como lo fueron en su momento el nacimiento del soneto, del romancero o de la oda.

Aquella nota del futuro señalaba que sus preferencias “fueron la literatura, la filosofía y la ética”. Su confesión de que esta última era una pasión tan importante como sus otras dos pasiones es un testimonio invalorable para apoyar la idea de estas páginas. Sin embargo he preferido alejarme del camino más fácil que sería el de mostrar el perfil del hombre, más allá del escritor, que compartió los azarosos días de nuestro tiempo.

Este perfil es caudaloso en elementos éticos: lo componen la imagen del ciudadano de admirable coraje civil, el enfant terrible que despreciaba las “verdades” de las mayorías domesticadas, el humanista sin fronteras de moral victoriana (más censurado porque cultivaba una moral, que por el lugar de donde ésta procedía). Burdo imitador de su ejemplo he querido mostrar, en cambio, cómo el Borges escritor –el otro, el que los lectores futuros juzgarán ya libres del influjo del personaje irreverente e inesperado que nos dolía con sus verdades- nos brinda el testimonio de una ética perdurable y ejemplar. Tal vez por medio de aquel personaje extrañamente popular haya intentado disimular con modestia e ingenio los rastros del genio que el otro anidaba en sus páginas. En éstas estará, para los lectores de cualquier tiempo, la lección de un escritor excepcional que no desdeñó ejercer consigo mismo la más rigurosa autocrítica, la mutilación de su propia obra, el riesgo de proponer maneras no consagradas para las letras, la aspiración permanente al silencio y al olvido.

Más allá de la increíble muerte de este Elegido, que perteneció a un tiempo que no daba señales para ello, quedará la imagen de este Borges del otro: de aquél que –como Flaubert, como Milton, como los humanistas del Renacimiento- vivió el ejercicio de sus altas pasiones como un sacerdote, como un asceta, casi como un mártir. Por esta rigurosa conducta nuestro “gran viejo” no fue solamente el más justamente famoso de los hombres de nuestra tierra, sino esencialmente –las palabras también son de él- uno de nuestros mejores argentinos.

Santiago del Estero, Junio de 1986


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