×

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 6, 20-26

- 22:13 El Evangelio

“Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.

Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.

Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis.

Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.

Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo.

¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre.

¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis.

¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas”.

Reflexión

La versión de las bienaventuranzas de Lucas nos ayuda a caer en la cuenta de la “inversión de valores” que Jesús introduce en nuestra vida: felices los pobres, desgraciados los ricos...

Nunca lo hubiéramos dicho. Por supuesto no es eso lo que opina nuestro mundo. Pero es que, quizá tampoco nosotros estamos demasiado convencidos de que las cosas sean como Jesús las propone.

Es muy difícil aceptar la relación que él establece, que “rompe” directamente nuestros circuitos de conexión. Lo que Jesús no dice es que los pobres sean felices precisamente por serlo. No está predicando las bondades de la pobreza, del hambre, del llanto, de la falta de amor... pero sí está afirmando que Dios opta por aquellos que viven estas situaciones.

De hecho el texto nos explica las razones por las que a unos se les puede llamar felices, mientras se considera desgraciados a los otros. Y no son felices porque son pobres, sino porque van a recibir el Reino. Y no son desgraciados por ser ricos, sino porque ya están saciados (no necesitan nada más).

Desde nuestra experiencia humana podemos atisbar que las carencias y las dificultades se pueden convertir en posibilidad de apertura y de acogida. Quien no tiene “nada” puede estar dispuesto a acoger, a recibir el don de Dios, en sus múltiples formas. Incluso puede desearlo profundamente. Es algo así como si se afinara la capacidad de percibir lo que realmente es esencial para nosotros. Para quien supone que lo tiene todo, esta apertura y este deseo resultan más difíciles porque ya “no le queda sitio”, no nota el vacío...

Quizá una mirada atenta a nuestro interior nos puede ayudar a descubrir cómo andamos de deseo de Dios, de Reino, de ser saciados..., y -según lo que encontremos- a movilizarnos lo que sea necesario para formar parte del grupo de los “dichosos”.l


Más noticias de hoy