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“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo”

Evangelio según san Juan 3, 13-17

- 22:46 El Evangelio

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

- “Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”.

Reflexión

Como muchos de nosotros, desde pequeños, desde los primeros compases de la enseñanza del catecismo, nos sabemos de memoria los principales pasos de Jesús sobre la tierra, corremos el peligro de que no nos impresione nada de él.

A propósito de la fiesta de hoy, de la exaltación de la santa cruz, hemos oído tanta veces que Jesús murió en la cruz, que casi lo vemos como un hecho normal, sin que nuestro corazón vibre de emoción ante algo tan extraordinario y fuera de lo normal.

En realidad todo lo de Dios, todo lo de Jesús con nosotros... de normal no tienen nada. Todo ello es extraordinario, rompe todo lo que nos podíamos imaginar de Dios en relación con nosotros.

Todo lo de Dios con nosotros es una historia de amor. Y el amor siempre está dispuesto a cometer locuras, locuras de amor. Y en verdad Dios, ayudado por su Hijo Jesús ha cometido y sigue cometiendo locuras de amor.

Llevado de su loco amor hacia nosotros nos creó como personas humanas, dotándonos de inteligencia, voluntad, sentimientos... Llevado de su loco amor hacia nosotros, nos envió a su Hijo Jesús.

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”. Para eso vino Jesús hasta nosotros, para que tengamos vida y no tristeza, y vida en abundancia para siempre. Jesús llevado de loco amor hacia nosotros, gastó y desgastó su vida para indicarnos el camino que conduce a la vida, a la felicidad limitada en esta tierra y la felicidad plena después de nuestra muerte y resurrección.

Las autoridades religiosas de su tiempo quisieron hacer callar a Jesús, que no siguiese predicando su evangelio del amor. Pero Jesús prefirió morir antes de renunciar a regalarnos su buena noticia. Jesús nos amó desde el principio al final... la muerte en cruz, dar la vida por nosotros, es el acto supremo de su amor a nosotros.

Nos debe quedar claro. El día de la exaltación de la cruz, es el día no de la exaltación del dolor, sino de la exaltación de gran amor de Dios y de Jesús hacia nosotros... siempre en busca de nuestro amor.

Lo expresa bien Benedicto XVI: “Queridos hermanos y hermanas, miremos a Cristo traspasado en la cruz. Él es la revelación más impresionante del amor de Dios... En la cruz Dios mismo mendiga el amor de su criatura: tiene sed del amor de cada uno de nosotros... En verdad, sólo el amor en el que se unen el don gratuito de uno mismo y el deseo apasionado de reciprocidad infunde un gozo tan intenso que convierte en leves incluso los sacrificios más duros”.


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