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El terror del padre

Guillermo Zimmermann

- 00:10 Viceversa

Tenía la certeza de estar vivo porque sus piernas se habían entumecido; por las hormigueantes molestias de la inmovilidad. De lo que sí tuvo que convencerse y con esfuerzo, en una oscuridad tan absoluta, fue de no estar enterrado. Enterrado y vivo. Una y otra vez recorrió el hilo de sus memorias más recientes, persiguiéndolo hasta la situación actual, obligándose a creer, a confiar en él. Pero también otros recuerdos más antiguos, lecturas que habían fascinado su infancia, y el intento de aislarlas para dominar todo este pánico que tal vez, se dijo, y se mintió, tal vez no fuese más que su retardada influencia.

Bien lo sabía: con sólo levantar la cabeza encontraría la prueba irrefutable de no estar bajo tierra. Justo encima de él, un círculo de vivos colores agujereaba lo negro. Claro que lo sabía, pero su padre le había advertido que no lo mire, que sentiría esa tentación pero era muy importante no ceder a ella. Podía resultar muy peligroso para su cuello y además, inmovilizado y frío, envuelto en la oscuridad cómo estaría, inevitablemente sentiría el círculo alejarse, escaparse sin pausa llevándose consigo sus promesas de vida y calor. Y eso lo volvería todo aún más desesperante. “Viejo maldito, que bien me la hiciste” pensó con amarga sonrisa. Pero mantuvo baja la cabeza.

La cenestesia de su cuerpo se extraviaba, o más bien se enloquecía: le parecía estar en posición vertical y al instante se imaginaba tumbado boca abajo, después boca arriba y hasta vertical cabeza abajo. Cerrar o abrir los ojos a la negrura no hacía ninguna diferencia. Sentía que partes de su cuerpo se hacían enormes y luego se achicaban, traspasando a otras su volumen, como si fuera un lánguido globo de plaza apretado por niños aburridos. “Tu mente irá a todas partes en la oscuridad. Cuando estés adentro, hijo, sintiendo la cruel sujeción del metal, al disparo lo escucharás primero en tu imaginación.” Eso le había dicho su padre, y luego remarcado: “Antes, mil veces, en tu imaginación”. “Lo que ocurre, papá, es que tú nunca tuviste imaginación” respondió mentalmente a su recuerdo. “El mayor pánico que pudiste concebir, incluso en esta oscuridad tan pura y asfixiante, es que se olviden la red. Y no importa tanto el que nunca la tuvieras, a la imaginación digo. ¡Tu estúpida suerte fue que ella nunca te tuvo a ti!” y desafiante levantó la cabeza y miró hacia arriba. En efecto allí estaba, en el centro, el mágico círculo de vivos colores que… sí, por Dios… que era cierto, que parecía alejarse. O era la negrura circundante lo que parecía crecer y que insistía en comprimirlo, en disminuirlo todo el tiempo de tamaño, como una caricatura animada que nunca terminara de concluir, con la mal grabada orquesta tocando por siempre los mismos acordes rimbombantes y Porky Pig asomándose eternamente a tartamudear “E-e-e-e-e-eso es todo e-e-e-e-eso es todo e-e-e-e-eso es todo” pero cada vez más gastado, más cadavérico, más enverdecido por la corrupción, salpicando jugos oscuros al mover su pezuña que… “¡Oh, por favor basta!” pensó y bajó otra vez la cabeza. Sorbió el poco oxígeno que lo rodeaba con la avidez de un moribundo. Su transpiración hacía resbalar el casco en su cabeza. O sólo le parecía pero no tenía ningún modo de comprobarlo y sus brazos, fijados todo a lo largo del torso, luchaban contra la tentación de acomodarlo, despegándose un par de centímetros para volver a trabarse contra el metal, una y otra vez. “Tus terrores siempre fueron insignificantes, papá, fueron banales. Es decir… fueron perfectamente a tu medida.” “¡Cuando estés adentro no debes pensar!” lo amonestó su padre desde un nuevo recuerdo, ahora involuntario o casi, o tal vez eran ensoñaciones, que enardecidas por el miedo, renegaban de su control. “Debes ser una cosa sólida, hijo. Inerte. Silencioso hasta el momento del disparo. Yo así lo entendí, y antes tu abuelo hizo lo mismo. Una cosa material, que no piensa ni sabe. Es lo único que te ayudará en ese momento”

Suspiró ruidosamente, produciendo curiosos ecos metálicos que lo distrajeron al menos un instante. Y respondió ya con otra distancia, irónica o casi, a la imagen de su padre: “Sí, cómo no, que fácil que suena. En verdad un excelente consejo para dejarle a un niño que… no sé si lo recuerdas: ¡que nunca durmió por las noches! Un niño enfermizo que leía sus fábulas sombrías bajo la sábana, con una linterna en la mano y descubría graznidos de cuervo tras cualquier sonido de la noche. Que no miraba las ventanas por no distinguir garras en las ramas otoñales… Pero claro, como lo recordarías… como podrías si tú siempre estabas de gira. ¡Si nunca conociste a ese niño!” Mantuvo la cabeza baja, desoyendo nuevos llamados del círculo, abandonándolo allá, arriba y lejos. Se preguntó que podía estar pensando el maestro de ceremonias para demorarlo tanto. Retomó su diálogo interno, pero esta vez no para responderle a su padre sino para hablar consigo mismo. “El punto es que ya no eres un niño. Ni ése ni ningún otro y desde hace bastante tiempo. Simplemente has estado muy solo, y tal vez leíste demasiado”. Suspiró ruidosamente otra vez. Tuvo la sensación de estar tomando, mínimamente, un control sobre la situación. Al menos el bullicio de sus pensamientos se había serenado un poco. “Bien, bien. Veamos entonces. Una cosa, tengo que concentrarme en ser una cosa sólida hasta el momento del disparo. Pero qué cosa, eso bien podrías habérmelo aclarado, papá”. Sonrió porque había descubierto, en el acto, la respuesta; absolutamente obvia: Sería una bala. Literalmente. Un objeto de metal sin pensamientos ni vida. Sin conflictos con su padre y ese bizarro legado que estaba a instantes de honrar, precisamente cuando el maestro de ceremonia terminara de interrumpir y reiniciar mil veces la cuenta regresiva, jugando peligrosamente con la paciencia del público. Pero era conveniente no pensar en eso. No pensar en nada, esa era la idea. Un objeto inerte y metálico, encajado en el angosto cañón.

Llegado a este punto ya no estaba seguro de seguir consciente. Quizá se había dormido, aún en su incómoda y agarrotada posición, y estaba soñando. O quizá había enloquecido, y entonces estaba alucinando. Lo único cierto era que, justo cuando creyó haber empezado a dominarla, había perdido la batalla por completo. Estaba aterrado y ahora mucho más que antes. Más que nunca. Para escapar solo debía salir por el orificio y viajar a través de una infinita oscuridad, dejando tras de sí una brillante y silenciosa estela. Empezaba a preguntarse cuál sería el verdadero objeto, incluso el objetivo de esa fuga, cuando llegaba a ver algo frente a él, algo donde debía impactar y al acercarse más ya no tuvo dudas: el objetivo era él, él mismo antes de ser una bala. Allí, de pie en la oscuridad. Y en tanto proyectil efectivamente impactaba y perforaba, pero no salpicaba. No astillaba huesos ni desgarraba. Había atravesado algo que más bien parecía una imagen de papel, un afiche de sí, pero su viaje por la oscuridad proseguía. Unos pocos segundos (le parecía estar viajando cada vez más rápido), y frente a él divisó un nuevo objetivo. Apenas se sorprendió al reconocerlo: su padre. Envuelto en el traje grotesco, femeninamente entallado, salpicado de estrellas que se deformaban por la redondez de su barriga. Y su capa infantil, demasiado corta y colorida. También lo atravesó, como un cartón. Justo por la frente.

Tal como lo esperaba, detrás apareció su abuelo. Serio y adusto, llevando un traje muy parecido, incluso con algunos detalles todavía más risibles, pero de alguna manera tornándolo más digno, más respetable. Acostumbrado ya al ejercicio, apuntó a su corazón y lo traspasó limpiamente, casi sin percibir resistencia, más bien expectante por el próximo objetivo que, lo sabía, no podía ser otro que él: El primero, aquél del que todos los otros eran copia. El famoso bisabuelo que no había llegado a conocer. Pináculo de la idolatría, inicio de la repetición imbécil; sostén de la incomprensible chifladura familiar. En él no había colores chillones. Decolorada como una sepia, su imagen parecía contrastar con las anteriores por su aplomo y autoridad. Le apuntó un poco más abajo de la frente, justo entre los ojos, pero él lo esperó confiado, sonriente, con sus gruesos bigotes y los brazos cruzados sobre el pecho portentoso. La capa grisácea, flameando orgullosa. Debía atravesarlo porque allí estaba el origen de todo, pero notó que su velocidad disminuía. Tras de sí, la brillante estela se ensanchaba, seccionándose en lentos aros de humo. A un palmo del rostro gris, se detuvo casi por completo. A cinco centímetros de los labios, sintió que otro metal también lo atraía, lo reclamaba. A cuatro centímetros de la boca se abrió lentamente, mostrando intensos colores en su interior. A tres. Dos, uno…

¡Fuego!

Nunca supo en qué momento salió del cañón y atravesó la espesa nube de pólvora. Cuando abrió los ojos ya estaba en el aire, a pocos metros del altísimo vértice de la carpa. Los brazos hacia adelante, ingrávidos su capa y su casco. Muy, muy por debajo el círculo de las tribunas, repletas de público inmóvil, y en el centro de la arena, pequeñito, rojo, mirando hacia arriba, sonriéndole con la galera en la mano, el maestro de ceremonias. No estaba la red.

Bio Guillermo Zimmermann

Nació el 12 de mayo de 1980 en Esperanza, provincia de Santa Fe. Desde entonces vive una existencia nómade, en los caminos, como excusa para practicar el psicoanálisis, se recibe de psicólogo; abusa de la literatura al punto de verse impelido a escribir y traba algunas amistades entrañables, entre otros detalles olvidables. Con los primeros años del nuevo milenio recala en Santiago del Estero junto a una mujer con quien forma una familia, ejerce profesionalmente y publica una producción muy escasa y de curioso gusto. Considera sus dos obras más importantes a sus hijas, Malena y Ayra.

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