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Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 10, 21-24

- 22:19 El Evangelio

En aquella hora Jesús se lleno de la alegría en el Espíritu Santo y dijo:

“Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.

Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte:

“¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron”.

Reflexión

El misterio del reino mesiánico, anunciado por los profetas, se revela sobre todo a los pequeños, más que a los sabios y entendidos. Es lo que constata Jesús, que se llena por ello de alegría en el Espíritu Santo, es decir, el Espíritu Santo, que reposa sobre él, llena de alegría su corazón, porque ése es el querer del Padre, y la voluntad del Padre es su alimento y su gozo por encima de cualquier otra cosa.

Jesús es el Hijo (ese es el título que aparece sobre todo en el evangelio de Juan). Y el Hijo lo ha recibido todo del Padre: hay entre ellos como una continuidad que indica su íntima comunión. Pero lo ha recibido para darlo a conocer, para revelarlo con su palabra y con sus hechos. Y lo reciben precisamente los sencillos, aquellos que prestan oído atento a sus palabras y se dejan convencer por sus hechos.

Con la misma alegría del Espíritu Jesús proclama a renglón seguido dichosos a sus discípulos: “¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis!”.

Sus discípulos están también entre los sencillos a los que el Padre revela los secretos de su reino. Los antiguos profetas lo anunciaron, pero no lo vieron.

Los discípulos sí, porque se abrieron al mensaje de Jesús y se hicieron sus amigos: “A vosotros os llamo amigos les dijo-, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15, 15).

Preguntémonos tras este breve recorrido: ¿Esperamos con ilusión la venida de Jesús el Mesías? ¿Con qué actitud escuchamos sus palabras y observamos sus hechos?

El reino que Jesús viene a inaugurar será un reflejo de ese gobierno divino en el que reinarán la armonía y la paz, por encima de violencias y discordias, de enemistades y recelos. El profeta antiguo proyecta en el horizonte un avance idílico de la venida del Mesías. El Adviento pretende sembrar en nosotros, recurriendo a sus palabras, una esperanza ilusionada en la llegada del reino que predicará Jesús.


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