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Un país “desorbitado”

- 09:00 Opinión

Por Castor López. Presidente Fundación Pensar Santiago

El profesor Dr. Juan Llach, muy atinadamente, por encima de las cada vez más circunstanciales preferencias ideológicas y pertenencias partidarias, en sus exposiciones se refiere al estado de situación económica actual de nuestra nación como el de un país ya “desorbitado” y “excéntrico”. Esto es, en estrictos términos de la ciencia física, “fuera de órbita” y “alejándose de un centro”.

Podría pensarse al mundo actual, inexorablemente integrado por las continuas innovaciones tecnológicas, fundamentalmente en comunicación y transporte, como un símil de un sistema planetario. Compuesto por un núcleo de una veintena de países, llamados “centrales”, ya desarrollados y relativamente estables, cuyas economías crecen al +3% anual promedio sostenidamente. Es importante agregar que allí coexisten países tan disímiles como los EE.UU y Rusia.

Alrededor de ellos orbitaría otro grupo de países, solo algo más numeroso, denominados “emergentes” porque, creciendo más rápido, con una aceleración media de la velocidad de sus economías de más del +5% por año, aspiran más tarde o más temprano a integrar el núcleo. Repárese que también en esta órbita comparten membresía naciones tan distintas como Sudáfrica y Estonia, entre otras.


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Existe un consenso general que integran este primer anillo porque son países que están consolidando su capital humano con salud y educación; porque incorporan capital y tecnología a sus sistemas de financiamiento, producción y comercialización de bienes y servicios y porque se integran al mundo, aprovechando así su etapa de productividad, aún creciente, frente a la ya estabilizada de los países centrales.

Son países que están “en órbita” y son “concéntricos”; porque todos ellos convergen, con diferentes aceleraciones, hacia el centro del sistema. Existiría después una amplia “constelación”, compuesta por la mayoría de los alrededor de 200 países del mundo actual, con diversas “órbitas” heterogéneas. Muchos de ellos, sin crecimiento económico, se van alejando gradualmente, década tras década, del centro del sistema. Son los que el Dr Llach, acertadamente, denomina fuera de órbita y alejándose del centro.

La evidencia empírica, obviando la “post verdad”, nos indica que es altamente probable que nuestro país ya está entre ellos, saliendo de las órbitas que, vía las fuerzas centrípetas, nos guiarían al núcleo; e ingresando en las críticas zonas, de las fuerzas centrífugas, que nos alejan y nos conducen a los anillos extremos del sistema, el de los países penosamente denominados “fallidos”.


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Básicamente, son los países que, en términos generales, deterioran sus recursos humanos y naturales, impiden las inversiones propias y externas y dificultan el comercio exterior. En todos los casos mediante sus regulaciones públicas, especialmente mediante sus sistemas fiscales frente al empleo y la productividad global.

Lo curioso de nuestro caso es que el tamaño de nuestro sector público se asemeja mucho más al de los países del núcleo central, especialmente a los pertenecientes al grupo OCDE (organización para la cooperación y el desarrollo económico) que al sector público de los emergentes, de una menor cuantía, del orden de los 10 puntos menos del PIB, que los países ya desarrollados.

Pero es la composición del sector público la que nos da una muy valiosa clave del porque de nuestro estancamiento económico. Los países desarrollados a esos 10 puntos más de PIB en estado que los emergentes los tienen aplicados en apoyo a la inversión y el comercio exterior. En nuestro caso, los tenemos destinados al incentivo al consumo interno y de corto plazo.

Esa estructural distorsión macroeconómica es la que nos coloca en un limbo del hipotético sistema planetario planteado como un símil del mundo. El de ser un “país híbrido”; por un lado al no disponer del margen de capacidad de aceleración del crecimiento económico que tienen los países emergentes por su menor presión fiscal y, por otro lado, la restricción al crecimiento que impone la elevada carga impositiva que exige el tamaño de un estado de un país ya desarrollado, pero sin la fundamental demanda de la exigencia social de su capacidad de contribuir a un crecimiento moderado y sostenido en el largo plazo.

Sería una versión macro de la conocida “trampa de estancamiento económico” en la que, sin espacio para incertidumbres, estamos. Enfrentamos el dilema de generar un gobierno que sea capaz de transformar muy rápido a nuestro actual estado en un estado escandinavo (sin los escandinavos) o de un gobierno disruptivo que resulte capaz de ganar varias elecciones consecutivas. 


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