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Argentina: un ADN romántico

Por Gisela Colombo. Escritora. Profesora y Licenciada en Letras.

- 02:36 Opinión

Los pueblos jóvenes andan, como los adolescentes, en búsqueda permanente de su identidad; de esa particularidad que los hace diferentes y únicos.

Nuestra Nación, que tiene ya dos siglos, sigue preguntándose qué somos. Cuando llegó el primer centenario de la Revolución de Mayo no estábamos de ningún modo más orientados.

Los intelectuales de la época propusieron algunas respuestas, condicionados por algo que parecía entonces coyuntural pero que constituyó la identidad argentina como cimiento hasta el día de hoy. La entrada de una gran inmigración, que se dio en oleadas diversas desde fines del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX, sometió a la sociedad a preguntárselo.

En ese marco, en que las diversidades culturales comenzaban a imbricarse, fue necesario fijar un sujeto paradigmático. Este tipo de héroe nacional que las naciones europeas han visto emerger durante la rígida Edad Media suele surgir de una obra literaria. En algunos casos, ficcional, en otros, con cierto asidero histórico. Esa figura resulta ejemplar para su comunidad. Lo cual no significa que sea perfecta. No son sus dones el ideal universal, sino el de su Patria. El héroe, en este sentido, encarna todos los valores que tiene una comunidad; los mismos que desean enseñarse a las generaciones venideras. Esos parámetros podrían ser aceptados y admirados por el pueblo español, mientras en Francia o en Portugal fueran rechazados.

En rigor, cuando uno se encuentra con un personaje como El Cid Campeador, protagonista del texto fundacional del pueblo español, halla un modelo subjetivo de nobleza, heroísmo y lealtad. Esas concepciones no escapan a los códigos de la época en que fueron cristalizados.

Dependiendo de la cultura a la que pertenece, el héroe puede tener algunos atributos cuestionables. En el caso de El Cid, podría ser cierto rasgo antisemita, que es posible constatar cuando estafa a unos prestamistas judíos, dándoles como garantía un baúl presuntamente lleno de oro, cuando en realidad estaba cargado de arena.

Pero en nuestro caso, la Nación no se alzó durante la Edad Media, en el paisaje del castillo feudal, las catapultas, la servidumbre campesina, las almenas y los puentes levadizos. El mundo de nuestra Independencia se parece mucho más al nuestro. El siglo XIX es un periodo moderno. La economía y el estilo de vida se asemejan, más que al contrato feudal, a la vida de las ciudades actuales. No hay lugar para un Rey Arturo.

El héroe que podría prevalecer para los intelectuales del Centenario no podía ser un inmigrante. Debía ser algo indiscutiblemente vernáculo. Fue cuando Martín Fierro se tornó emblema de argentinidad. De lo heroico argentino.

Romanticismo

Un grupo de jóvenes alemanes, en la segunda mitad del 1700, se reunieron en torno de una escuela literaria llamada Sturm und drang (Tormenta y pasión). Reaccionaban así contra el racionalismo cultural de la Ilustración y contra una sociedad que montaba su efectividad en la imposición de normas inapelables que todo el mundo debía cumplir. Los románticos, en cambio, se propusieron devolverle a la literatura la emoción y la subjetividad que eran, para ellos, lo genuinamente humano.

Estas nuevas ideas generaron un contrapunto, la lucha entre dos posturas: la que regula las acciones a partir de la premisa de “lo que conviene”, de lo racional y prudente, y aquella que atiende a la pasión y las necesidades emocionales, privilegia la individualidad y la construcción de una personalidad verdadera aunque no sea ideal.

“¡Los hombres como ustedes … siempre tienen que decir: ‘Esto es idiota, esto es inteligente, esto es bueno, esto es malo.… ¿Han investigado acaso las condiciones internas de una acción?¿Saben explicar con certeza los motivos por los cuales ocurrió? … Es cierto que el robo es un vicio; pero el hombre que, para salvarse él y a los suyos de morir de hambre, sale a robar, ¿merece compasión o castigo?”

Así retrata Goethe el estado de la cuestión en su célebre “Werther”.

Al pasar este movimiento a América, el mismo espíritu prende con un cariz mucho más orientado al idealismo patriótico. No es casual. Era la efervescencia independentista que venía preparando el camino para las Revoluciones de todo el continente. En ello estaba el emblema de la Revolución Francesa pero también la filosofía romántica que la animó. Esa impronta continuaría más allá, durante todo el siglo y, quizá siga viva en el ser argentino hasta hoy.

En rigor, a juzgar por lo que hoy es el ADN nacional, el héroe en rebeldía, el incomprendido, la víctima social, el excéntrico, el que rompe estructuras y cuestiona lo oficial sigue siendo nuestro protegido, nuestro ejemplo.

Cuando Hernández, en la primera parte del Martín Fierro nos propuso ese héroe que no es sino un gaucho matrero, supérstite de las injusticias del sistema político vigente, no hace más que reivindicar, con un espíritu romántico, a las víctimas, a los hombres que resisten los abusos y no se rinden ante el derrotero de injusticias que se cometen contra ellos. Especialmente, si quienes las cometen son los representantes del poder formal, los poderosos, los ricos.

Esos programas televisivos en los que la gente vota telefónicamente para eliminar o elevar a ganador a uno de sus participantes, son prueba de lo mismo. Quienes prevalecen no son los mejores, los más aptos, los más talentosos. Sino aquellos que generan la empatía del espectador por su condición sufriente.

Somos ese romanticismo justiciero que se pone en la piel de los que sufren, es cierto. Es noble también. Pero, esta sensibilidad, como todas las cosas, encierra peligros.

Tal vez esto mismo explique por qué Hernández, en la segunda parte del Martín Fierro, cambia de postura respecto a la rebeldía inicial del personaje y se inclina a promover en su héroe la adaptación a los valores institucionales. El autor, evidentemente, había notado el problema de proponer a un gaucho desertor como sujeto ejemplar. Para entonces, Hernández ya era legislador y había visto la imposibilidad de organizar un pueblo de puras individualidades, donde ninguna norma se cumpliera.

Pero por esfuerzos que hizo el autor, prevaleció ese fondo profundamente romántico según el cual la civilización corrompe, la justicia es sólo apariencia y la rebeldía es la única respuesta posible para el hombre digno.

Si en algo coincidimos todos es en que hay que proteger a las víctimas sociales. Todo el que ponga por delante de esto una ley, una institución, o lo que fuera, está faltando a su argentinidad. Lo más importante es la tragedia del que sufre.

El sentido de la amistad contribuye también a la misma concepción. A Borges, ya grande, seguía sorprendiéndole la sensibilidad del argentino que, en su versión más noble, da la vida por un amigo y no titubea al convertirse en encubridor de un crimen en nombre de la amistad. Para él, el argentino no cree en las instituciones, las siente como una imposición con la que no se identifica, externa, arbitraria y ajena.

A esto mismo atribuye la rebeldía natural que no abraza la ley ciegamente, sino que atiende a lo subjetivo, a la motivación de ese sujeto personal que infringe la norma, al contexto de su formación, a la excepción por encima de la regla…

Quizá por eso, “Nos cuesta concebir la realidad de las relaciones impersonales.” Y el Estado, las instituciones y las leyes lo son.

A la amistad, que es personal, y aparece representada por Cruz en el Martín Fierro, se le ofrece un culto y toda lealtad romántica, como corresponde a quien se precie de tener efectivamente el ADN argentino.

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