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“Ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés”

Evangelio según san Marcos (1,40-45)

- 21:15 El Evangelio

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: “Si quieres, puedes limpiarme”.

Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Quiero: queda limpio”. La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.

Él lo despidió, encargándole severamente: “No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés”.

Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

Comentario

Fidelidad para ser feliz. Fidelidad a Dios para salir vencedores en la lucha. En las muchas luchas de la vida. Durante mucho tiempo, los israelitas pensaron que sus victorias estaban unidas a la fidelidad a Dios, y sus derrotas, a que se alejaban de Él. La primera lectura de hoy nos lo recuerda.

El leproso del Evangelio no era feliz. Estaba fuera de la sociedad, de la vida religiosa, de la familia... Sin derechos, marginado.

El encuentro con Jesús le devuelve sus derechos, le restaura su dignidad como persona.

Volvemos a ver a Jesús cercano a los que más sufren, los pobres, los niños, en este caso, los enfermos.

Es una persona con fe, que sabe que su única salida es Jesús. Ha oído hablar de Él, y le confía su vida. “Si quieres, puedes curarme”. Jesús, por supuesto, quiere. Y le da una segunda oportunidad.

Nosotros hemos oído hablar de Jesús, sabemos mucho de Él - seguramente mucho más que aquel leproso - aunque a lo peor, no tenemos tanta fe. O no nos decidimos a pedirle a Cristo que nos libere. Pero lo más importante es que Jesús, como sintió lástima de aquel enfermo, siente también lástima por ti.

Por cada uno de nosotros. Basta que nos acerquemos a nuestro Salvador con la esperanza de que Él lo puede todo. Y nos purifica, nos limpia, nos da la vida y nos devuelve la dignidad de hijos de Dios. Ahí radica la fuerza del sacramento de la Penitencia.

El exleproso se dedicó a alabar a Jesús “con grandes ponderaciones”.

Ojalá nosotros podamos ser testigos de la alegría, cada vez que recibimos el perdón, y que se note en nuestras vidas. Y, si hace mucho que no te confiesas, aprovecha la ocasión que nos da hoy la Liturgia para decirle a Jesús que, si quiere puede limpiarte. Seguro que quiere.

Y siéntete limpio otra vez. Siempre se puede.


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