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Los peligros del ‘Sí, se puede’

- 10:50 Opinión

Por Gisela Colombo

Escritora. Profesora y Licenciada en Letras

En una entrevista que le hicieron al creador de Facebook, Mark Zuckerberg, reconoció ciertas virtudes novedosas de las nuevas generaciones. Pero mostró preocupación por algo impensado. Lo más alarmante para él es un efecto que bautizaré “Disney” pero seguramente los sociólogos nombren con algún otro término más riguroso.

Si tuviéramos que observar los films que ha hecho Disney en las últimas tres o cuatro décadas, podríamos establecer un común denominador que no se ausenta prácticamente en ninguno. Y es el mensaje inspirador de que todo quien desea con intensidad lograr algo, tarde o temprano lo tendrá.

Existe un libro llamado “El secreto”, que ha sido best seller en todo el mundo, donde se postula que el pensamiento que densifica por su derroche de potencia y deseo, termina convirtiéndose en materia, en algo tangible, en realidad.

“Los sueños se cumplen.” Esta sentencia resume la filosofía que inquieta a Zuckerberg. ¿Realmente los sueños se cumplen?

La tradición cultural que tuvo origen en la Grecia Clásica enseñaba un mito que hoy sería importantísimo conocer. Se trataba, en realidad, de la unión marital entre Cronos y Rea, segunda generación de dioses. Esa unión recrea metafóricamente la interrelación entre dos principios o circunstancias de la experiencia humana.

Los mitos no son simples cuentos infantiles, sino un modo figurado de revisar y difundir realidades propias del comportamiento humano. En este caso, Rea representa la capacidad natural de generación. De vida o de cualquier empresa. Y Cronos refleja la naturaleza del tiempo. Su matrimonio es el modo mediante el cual los mitos enseñaban una de las ideas fundamentales que debe considerar el hombre: para que algo nuevo llegue a generarse hacen falta dos principios esenciales: la capacidad natural de generación y el tiempo para que esa semilla germine.

Si no se pudiera armar uno de la paciencia necesaria, jamás se conseguiría lo deseado. Cuando un hueso se fractura, la medicina dicta inmovilizar la zona para que la capacidad natural de reparación física haga su callo, y el hueso se restablezca. Pero eso supone esperar el tiempo natural que lleva la curación. En el ámbito de los proyectos sucede lo mismo: nadie podrá convertirse en un deportista de alto nivel o un violinista virtuoso si no media un tiempo en que aprenda las técnicas, desarrolle la resistencia, la fuerza y las habilidades que suponen las disciplinas. Pasados unos años, comenzarán a verse los frutos. Este concepto, aunque sea trabajoso de cumplir, es simple de comprender.

Pero si una idea amenaza muy seriamente a las nuevas generaciones no es la incomprensión de este concepto. Sino la fantasía que sustenta nuestra cultura: la de creer que todo es posible. ¿Acaso un pez puede aprender a rugir? ¿Qué pasaría si deseáramos ser algo para lo que no tuviéramos las capacidades naturales? ¿Realmente se cumplirían esos sueños?

El pensamiento mágico que se esconde detrás de un axioma ̶ que pensado puntualmente resulta absurdo ̶ , habrá de generar grandes decepciones.

“El secreto” no es anhelar con fuerza. Existen tantas variables que intervienen en la consecución de un plan que sería iluso creer que sólo depende de la voluntad de un sujeto. O peor, de la pasión con que la voluntad abraza un objetivo.

El problema es el conocimiento. No todos nos conocemos lo suficiente. No todos somos dueños de la honestidad intelectual necesaria para decirnos la verdad respecto a nuestras inclinaciones.

¿Significa que tenemos vedados algunos objetivos? ¿Que por más que uno se esfuerce no podrá? No. Excepciones ha habido siempre. Pero si creemos que con la misma ductilidad que se moldea arcilla habremos de cambiar la naturaleza corremos un alto riesgo de resentirnos con la vida.

Eso, no obstante, no sería lo más grave. Lo peor es que embarcarse en un plan que no tiene relación con la propia identidad, no sólo implica una vía mucho más escarpada: muy probablemente aleje al sujeto de su don.

No somos todos iguales. Lo igualitario no es que debamos abrazar todos, el mismo destino. Los que deben ser equitativos son la posibilidad y el derecho a descubrir quiénes somos, cuál es nuestra vocación y cuál, el don que hemos recibido.

El mensaje de Disney es indudablemente optimista. Pero nos hace suponer que todo es posible. Es cuestión de quererlo, simplemente.

Es como si viviéramos dentro de un cuento de hadas. A ese mundo pleno de magia le llamaban los griegos “Edad Dorada” y la Biblia lo nombra como el Edén. Allí sí cualquier cosa era posible. Tal estado de perfección es una utopía en el aquí y ahora. Preparar a los individuos para vivir en tal sitio es estafarlos. Si decidimos mantener ese supuesto inconsciente, sólo diferimos la desilusión para más adelante. Porque ninguno se desarrollará allí, sino aquí, donde definitivamente no todo es posible.

Sócrates exhortaba a sus discípulos, diciéndoles lo que se ha traducido como “Conócete a ti mismo. Y sé lo que eres”. A eso se refería Zuckerberg.

Alguien debe revelarles la verdad a nuestros jóvenes, alguien debe trabajar no para que las nuevas generaciones “sueñen”, sino para que sean capaces de “proyectar”. No para que cumplan sus quimeras, sino para que tracen con conciencia y voluntad el rumbo de lo que genuinamente son.

 


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