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Lectura del santo evangelio según san Marcos 7, 24-30

- 22:21 El Evangelio

En aquel tiempo, Jesús fue a la región de Tiro. Entró en una casa procurando pasar desapercibido, pero no logró ocultarse.

Una mujer que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró en seguida, fue a buscarlo y se le echó a los pies. La mujer era pagana, una fenicia de Siria, y le rogaba que echase el demonio de su hija.

Él le dijo:

“Deja que se sacien primero los hijos. No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos”.

Pero ella replicó:

“Señor, pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños”.

Él le contestó:

“Anda, vete, que, por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija”.

Al llegar a su casa, se encontró a la niña echada en la cama; el demonio se había marchado.

Reflexión

El texto del evangelio de Marcos narra un encuentro bastante particular. Jesús se adentra en territorio extranjero, en la región de Tiro. En el marco de la ley judía, estricta en cuanto a la prohibición de trato con los gentiles, y tras el pasaje anterior con la dura crítica a las tradiciones judías sobre lo puro e impuro, sucede esta escena, chocante y enternecedora a la vez, de Jesús con una mujer fenicia de Siria.

Esta madre, con un corazón enorme, lleno de amor por su hija y de confianza en el poder de Jesús, corre a encontrarse con él para implorarle que cure a la niña. Jesús, intentando ocultarse y no llamar la atención, se ve vehementemente interpelado. Hay una canción del grupo Ain Karem, “La mujer cananea”, que pone palabras a este encuentro, en boca de la mujer: “Saliste de tu espacio conocido, yo fui en busca del Hijo de David, tú, judío y yo, pagana, tú, pastor de Israel, y yo madre desolada. El encuentro nos abrió el corazón, aclaró nuestra mirada, despejó nuestros oídos y el diálogo fue lazo de unión en el Dios de los vivos”.

El corazón de Jesús, que pertenece a un Dios que es Padre, no puede dejar de estremecerse ante la réplica y la súplica de una madre que sufre por su hija, rompe las barreras de leyes y nacionalidades, y se desborda para sanar y liberar a todo el que sufre. Hoy nos interpela profundamente este texto. Nosotros afirmamos creer en un Dios Padre de todos, que nos hace hermanos, que pertenecemos a una Iglesia universal, con identidad misionera. El papa Francisco nos apremia para trabajar y fomentar la cultura del encuentro y no del descarte.

Quizás nos pasa también que buscamos pasar desapercibidos, con una fe tibia y una bondad cómoda. Pero siempre nos encuentra alguien, que nos reclama atención, que le abramos el corazón y le compartamos aunque sean esas migajas de amor que nos van sobrando y desperdiciamos. Cada quien sabe qué mano tender hoy, qué gesto o palabra, qué de más se le está pidiendo.

El dominico Jordán de Sajonia, del que hacemos memoria, describió el corazón de Santo Domingo con estas palabras: “Como el corazón alegre alegra el semblante, la hilaridad y benignidad del suyo transparentaban la placidez y equilibrio del hombre interior”. Vivamos y cuidemos nuestro corazón para que sea fiel a Dios y generoso con todos, siempre.


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