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VIDEO | Las teleras transmiten su ancestral saber y sus formas de vida

En la historia de las mujeres de la familia Chávez se sintetizan años de aprendizaje de estos clanes maternos.

- 08:33 Santiago

A medida que la ruta 9 va quedando atrás, el monte loretano comienza a recuperar su magia cargada de leyendas y tradiciones, esas que se mezclan con el aire fresco de la mañana que se desplaza lento desde los jumiales, al siempre misterioso bosque de vinales que oculta al paraje Huilla Ckatina (*donde se corre la liebre), tierra de teleras surcada por intrincados senderos que unen los patios donde se extienden largas urdimbres, que se transformarán en coloridas mantas.

Doña Ester Luna cruza el patio de su casa, acompañada por sus noventa años y su nieta Lorena Chávez (36). “El telar es la forma en que nos ganamos la vida las mujeres de esta zona, todas somos teleras y todas aprendimos en nuestra casa, a mí me enseñó mi madre, Regina Luna, quien aprendió de mi abuela y, de la misma forma, yo le enseñé a mi hija Beatriz y ella a mis nietas”, narra con vos clara una de las teleras más longevas del interior loretano.

Mi madre vivió hasta los ochenta y cinco años y ella me ayudó a terminar mi primer trabajo cuando yo tenía quince, en esos tiempos a veces conseguíamos dinero por nuestro trabajo, otras solo nos cambiaban por mercadería; ahora es muy diferente, las teleras tienen ferias y hasta una fiesta me dijeron, antes solas nos arreglábamos”, compara Ester.

La historia continúa

Ignacio Chávez (trabajador rural) y Beatriz Luna (telera) son padres de nueve hijos, tres varones (trabajadores rurales) y seis mujeres, todas son teleras como su madre y su abuela, cuyos pasos no fueron difíciles de seguir, porque la transmisión de este arte llega con una fuerte carga emotiva, que lo transforma en un legado que tiene como un componente genético “el ser telera” que se expresa como una forma de vida.

La mayoría de las teleras de esta zona vendemos nuestros trabajos a otras teleras que viven sobre la ruta y tienen sus ferias, hacemos trabajos por encargue o hilamos para vender el hilo o recibimos lana y cobramos por transformarla en hilo utilizando la milenaria técnica del huso, que hace hilo de lana de manera manual”, describe Lorena respecto de las alternativas comerciales de su trabajo diario.

Yo empecé como jugando con el telar junto a mi mamá y un día se transformó en mi forma de vida; al igual que mis hermanas, no teníamos la posibilidad de estudiar y encontramos en este trabajo una forma de expresarnos, de cultivar un arte, de idear formas y combinar colores, de alguna forma en nuestro trabajo expresamos lo que somos”, reflexiona Lorena mientras trabaja en la bonita trama de una colcha de dos plazas.

Ester Luna, su nieta Lorena Chávez y su bisnieta Rocío, disfrutando la sombra de un añoso algarrobo.

“Huarmis Pushkadoras”

Las “Huarmis Pushkadoras” (Mujeres hilanderas) son una ONG en formación que agrupa a una importante cantidad de hiladoras y teleras que habitan en el sur del departamento Loreto, en los parajes Huilla Ckatina, Sauce Solo, Crucecita, entre otros. El proyecto tiene como objetivo revalorizar el trabajo de las teleras e hiladoras que no participan en ferias, para visibilizar su trabajo y buscar, a través de un proyecto de desarrollo local, el crecimiento de toda la comunidad.

“Estamos trabajando en este proyecto junto a la técnica Mariela Bejarano, ya nos invitaron a participar de las ferias de la temporada de turismo de nuestra provincia, podremos vender y exponer nuestros trabajos junto a otras teleras, eso nos llena de alegría, pero dentro del proyecto también se desarrollan otros cursos como repostería y cocina, que generan espacios de encuentro y convivencia para las integrantes del grupo”, informa Lorena mostrándose orgullosa de su tarea de madre y artesana.

Junto al telar donde trabaja Lorena, su hija Eugenia (5), juega en una hamaca que se balancea al ritmo que su madre mueve los coloridos hilos. Lorena hace una pausa, recibe un mate de manos de su hermana Mariana (20), quien también es telera; refiriendo a su hija reflexiona casi en tono de sentencia: “Sí, ahora ella va al jardín, y le daremos todas las posibilidades que yo no tuve, pero también tendrá la posibilidad de ser una buena telera como todas las mujeres de la familia”.

El sol santiagueño se encarama en lo alto del cenit y desde allí, sin ninguna sutileza, hace desaparecer la fresca brisa del amanecer, las hojas de los vinales se arquean tratando de atesorar la humedad que les dejó el último rocío, otra vez el serpenteante camino nos deposita sobre la ruta 9, en medio de un jardín colorido de mantas, muchas de las cuales fueron hechas por teleras anónimas que forjaron su arte entre mates y leyendas, en el centro del corazón materno del monte loretano.



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