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Fernando Samalea, el hombre rock que acompañó a glorias como Charly García, Andrés Calamaro y Gustavo Cerati

- 09:11 Pura Vida

Fernando Samalea es un artista agradecido por todas las oportunidades que le ha brindado su profesión. Baterista y bandoneonista, Fernando Pedro Samalea tocó con glorias del rock nacional, entre ellas Charly García, Andrés Calamaro y Gustavo Cerati.

También escritor, Samalea editó CD-libros instrumentales, además de otros de tinte biográfico. En una entrevista exclusiva con EL LIBERAL habló de esto y mucho más.

¿Qué significó para usted grabar “Vida Cruel” con Andrés Calamaro y, con Charly García arrancar con “Parte de la religión”?

Hubo algo de inconsciencia por entonces, ya que desde mi visión de público y oyente hubiese sido imposible no claudicar de emoción en el intento. Se dio un proceso natural durante esos 1984 y 1985 vibrantes, que me encontraban con poco más de 20 años. Transitamos en under con Clap y Fricción, grabamos un disco precioso con Andrés y coronamos sumándonos al dadaísmo arrasador de García. Todo eso ocurrió en solo 15 o 16 meses. Fui de intentar tocar en un pub a hacerlo en estadios, casi sin escalas. La suerte ayudó mucho.

Háblanos de tu etapa con Cerati cuando trabajaste con él en los disco “Ahí vamos” y “Fuerza natural”.

Tuvimos un reencuentro poético en 2005, ya siendo cuarentones, aunque de gran entusiasmo. Yo había vuelto a Buenos Aires luego de vivir un lustro entre Madrid y París, y comenzamos a vernos por la noche porteña. Haber sido una partecita del proyecto de Gustavo simboliza para mí un premio de la vida. Terminé involucrado en 2 discos de ensueño, que nos arrastraron a giras por toda América, grabaciones, salidas aquí y allá, muchas risas, emociones y conciertos en España e Inglaterra.

¿Cómo ves a la escena local del rock nacional? ¿Tiene la impronta revolucionaria desde sus inicios?

A rajatabla, los jóvenes deben desarrollar su propia tendencia. Es lo apropiado, ¿No? Me gusta escuchar propuestas que no tengan referencias con épocas pasadas. Quienes se animen al cambio se destacarán, como ha pasado siempre. Quizá a esta altura no se le deba exigir ninguna cuestión revolucionaria, ya que el género está adaptado al sistema desde hace rato. Recientemente, con la Orquesta Hypnofón, pudimos acompañar a nuevos artistas como Paco Amoroso, Catr7el, Benito Cerati, Marilina Bertoldi, Candelaria Zamar y Lucy Patané. Como en una cinta de Moebius, van llegando otras modernidades ante nuestros ojos. Dicho sea de paso, me fascinan los discos del chileno Alex Anwandter.

Su cariño por la chacarera, el repicar de los bombos legüeros y rasgueos de guitarras criollas

¿Fue un viaje de descubrimiento o redescubrimiento la gira “Mototur” junto con Marina Fagés?

Diría que fue un descubrimiento épico, un auténtico desafío al coraje de ambos, que nos impusimos no bien idear el plan. Hubo un gran desgaste físico y psicológico a lo largo de los 11 mil kilómetros de cordilleras, selvas y altiplanos de cuatro países: Argentina, Bolivia, Perú y Chile. Dependíamos de nosotros mismos y más de una vez quedamos desprotegidos ante la inmensidad de la naturaleza. Nos vimos obligados a llamar al guerrero interior ¡y a los ángeles protectores! Asimismo, pudimos conocer seres divinos, nos purificamos con la expresión planetaria más salvaje de cada paraje perdido, y hasta logramos dar 25 conciertos que quedarán en nuestros corazones. Valoro que nos hayamos animado a hacerlo.

Este recorrido por el país en moto te trajo a Santiago del Estero. ¿La música de esta provincia influye en manera alguna en tu creación? ¿Cuál es tu mirada acerca de la chacarera? ¿Cómo has vivido ese paso por Santiago del Estero?

Ni bien entrar por la Ruta Nacional 9 desde Las Termas de Río Hondo, nos recibió el promotor, quien puso su empuje para que actuásemos en el bar Desafinado. Con bastante vergüenza, confieso que me crié escuchando más música inglesa que de mi país, y que conecté con el folclore sólo en las fiestas patrias del colegio. Habré sido un porteñito insoportable... Luego fui encariñándome con el 6/8 de la chacarera, el repicar de bombos legüeros y rasgueos de guitarras criollas, así como de discos de Dino Saluzzi. Es genial su carácter mitológico, que hereda tanto de tradiciones coloniales y quechuas como de esclavos africanos. Me encantaría embeberme un poco más de su mística. Ya lo intenté de forma bastante descarada en mi álbum “Metejón” de 2002. ¡Con toda razón sería abucheado en el patio del Indio Froilán!

“Sabina tiene una gran cultura”

Fernando Samalea no solamente ha colaborado con figuras icónicas del rock nacional, sino también con músicos de otros países. El español Joaquín Sabina es uno de los ejemplos. Con Sabina grabó “19 días y 500 noches”

¿Cómo lo ves hoy a Joaquín Sabina, con quien también has trabajado?

Conservo mucho aprecio y gratitud por él. Tiene una gran cultura y un sentido del humor maravilloso. Conocerlo en 1998, grabar en “19 días y 500 noches’, recuperar la esencia mora y castiza y viajar por todos lados acompañándolo a lo largo de casi 3 años fue de las etapas más preciadas que recuerde. ¡Y divertidas!

El descontrol en el rock and roll

¿Por qué crees que generalmente se asocia al rock con el descontrol?

Y... ejemplos de roqueros descontrolados hubo de sobra, desde sus inicios. Seguramente heredados de los artistas de Montparnasse de principios de Siglo XX, del surrealismo o la patafísica, del bebop de los cincuenta, del rock & roll primitivo, etc. Hay algo de trance o de quemarse a lo bonzo entre distorsiones, alaridos, estruendos de baterías y notas profundas. Desde ya que el género incluye una infinidad de bellas canciones, que hacen a nuestra vida un poco mejor. La embriaguez de la música cura toda desazón.

“Nunca es demasiado” para el baterista

¿“Nunca es demasiado” es continuador en lo biográfico de “Qué es un long play” y “Mientras otros duermen”?

Claro. La trilogía podría leerse de corrido como si fuese un solo libro de más de 1.500 páginas, si las matemáticas no fallan. Eso sí, ¡pobres lectores! Se trata de los sucesos cronológicos de mi vida, centrados en el privilegio de haber compartido y seguir compartiendo aventuras con varios referentes populares. Lo veo también como una obra de teatro imaginaria, protagonizada por quienes fui cruzando en el camino, poniéndoles voz, ahondando en detalles, estéticas o tecnologías de cada momento. Mi propósito fue entretener, colar algunos pensamientos íntimos y hablar de lo que fue captando mi atención dentro del mundo de la música.

Tanto en “Nunca es demasiado” como tus otros libros, ¿haces revisionismo o buscas que todo quede grabado en la memoria?

Narré siempre en momento presente, para que se perciba el mismo impacto que sentí ante cada hecho. He vuelto a casi todas las locaciones, como si se tratase de sets cinematográficos, buscando despabilar las mecánicas de la mente e intentando brindar el relato más verídico posible. Hurgando en lo imprevisible de la memoria, que no es poco.

Groucho Marx decía: “Desde que tomé su libro me caí al suelo rodando de risa... ¡Algún día espero leerlo!”. ¿Escribes desde esa perspectiva?

El humor es clave. Caso contrario, me sentiría un plomazo contando de manera pragmática lo que, por lógica, podría tener muchas lecturas distintas. Nadie tiene la verdad absoluta, se sabe. Quise hablarles a los chicos y chicas del futuro, dándoles mi versión de un contexto histórico maravilloso del rock argentino. Para quienes se interesen, allí han quedado estas páginas, que volverán a ser “presente” cada vez que alguien les aporte el vuelo de su imaginación. Reflejan un humilde guiño a la vida, aunque suene cursi.


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