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Lectura del Santo Evangelio, según San Marcos 8, 22-26

- 23:13 El Evangelio

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a Betsaida.

Y le trajeron a un ciego pidiéndole que lo tocase.

Él lo sacó de la aldea, llevándolo de la mano, le untó saliva en lo ojos, le impuso las manos y le preguntó:

“¿Ves algo?”.

Levantando los ojos dijo:

“Veo hombres; me parecen árboles, pero andan”.

Le puso otra vez las manos en los ojos; el hombre miró: estaba curado y veía todo con claridad.

Jesús lo mandó a casa diciéndole que no entrase en la aldea.

Reflexión

A veces queremos ver más allá de nuestras posibilidades. Otras veces, queremos que nuestra mirada es más nítida que la de todos los demás. En ocasiones, necesitamos que alguien nos guíe porque nuestra ceguera se ha agudizado, queremos ver, lo intentamos, pero no logramos ver o comprender lo que nos habla de Dios. Por ello, necesitamos recrear nuestra mirada.

Sartre, en su metafísica, decía que “el infierno es la mirada del otro”. Puede que así veamos las consideraciones y la convivencia con el hermano. Por eso, necesitamos recrear nuestra mirada sobre el otro, para que no suponga un infierno. Pero todo esto indica, que muchas veces hacemos depender nuestra visión sobre el otro y sobre Dios de las opiniones de los demás. Le damos demasiado peso a lo que piensen de nosotros. Deberíamos, si es el caso, preguntarnos por qué la experiencia que tengo de Dios y de mí mismo, no tiene mayor peso. Que las palabras que pueda decirme de Dios y de mí mismo no sean una liberación.

Encontramos en este Evangelio de Marcos, al ciego de Betsaida, querían que Jesús lo tocase para curarlo. Jesús lo saca de la aldea, le unta barro con saliva, le impone las manos y le pregunta si ve algo. Parece un camino progresivo. Primero lo saca de la aldea, del lugar de sus costumbres, del lugar que le impide ver y comprender. Como segundo paso, unta su saliva con barro queriendo hacer un acto de recreación: barro y aliento de Dios mezclados con la imposición de manos, que es lo característico para recibir el Espíritu que es quien actúa en Jesucristo, y que, por medio de Él, el ciego es curado.

Tras la pregunta de Jesús al ciego “Ves algo”, el ciego ve una realidad ilusoria y deformada: “Veo hombres que parecen árboles, pero andan”. El ciego aún no conoce lo que es ser hombre, ni distingue la realidad humana con otras dimensiones de la naturaleza. Jesús repite el gesto, y entonces, el ciego ve con toda claridad.

Hay un dato que llama la atención, y es que Jesús le indica al ciego que permanezca fuera de la aldea. Una vez realizado el acto de recreación, de curación, de liberación, parece absurdo volver atrás. Al lugar del pasado, a las conductas y pensamientos que ofuscaron la mirada de aquel hombre.

En nuestro camino los prejuicios, las conductas, y las ideas embotan nuestra visión de la realidad. Percibimos, pero no acertamos a situarnos cara al hombre, cara a uno mismo y cara a Dios. Pidamos para que el Señor nos libere de ellos, y recree nuestra mirada cambiando nuestro corazón.

Lectura

Hay una libertad que brota de la fe, que nos permite escuchar cada insinuación que venga por parte de Dios. Santiago nos sugiere que estemos prontos para la escucha, y lentos para hablar. Nos invita con ello a la reflexión. Por lo general, no escuchamos debidamente a quien nos habla, le interrumpimos en su exposición con inmediatez, sin esperar hasta dónde llega su discurso.

Hay discursos que parecen interminables, pero es necesario que la escucha no sea entrecortada por la impaciencia, porque parecerá que tenemos respuestas inmediatas y automáticas para ello.


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