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La peste

- 17:11 Opinión

Por Juan C. Castiglione

“Vanidad de vanidades… todo es vanidad” (Qo 1,2)

Infinitas víctimas y desolación. La muerte se alza en los cuatro puntos cardinales y destroza sin conmiseración a los humanos. Ninguna comarca ni raza quedan a salvo de la voraz guadaña, según el estremecedor cuadro “El triunfo de la Muerte”, del Pieter Brueghel, el Viejo. Desgarradoras imágenes muestran un perro que olisquea a un niño en los brazos de su madre, ambos muertos. Un macabro carruaje con calaveras conduce al tribunal de la muerte, mientras se tañe la campana anticipada del fin del mundo.

La escena podría estar inspirada en la peste negra que azotó a Europa, pero su simbolismo se aplica a cualquier pandemia que haya golpeado las puertas, como la plaga de Atenas, la de Justiniano, la viruela de Japón, el cólera, la fiebre amarilla, y la gripe aviar. Todas generan muerte y desolación.

¿Qué quedará luego de la procesión funesta del coronavirus? Puede que la prueba severa nos obsequie una cosecha de tecnología y globalización. Quizás mejor respuesta a las amenazas, y adelantos médicos madurados de apuro. Pero estos frutos no van a compensar el dolor por las vidas segadas, por lo que se impone reflexionar sobre las perspectivas y el estilo de vida que hemos venido teniendo hasta ahora.

Tal vez debamos dilucidar la idea de la peste. Los avisos que circulan sobre una revitalización ecológica derivada indirectamente de la paralización de las actividades humanas, aunque sea inicial y alienten las perspectivas de un futuro promisorio, deberían avergonzarnos. Si la naturaleza se sana porque nos encerramos unos días, significa que nosotros somos el mal. Tenemos que tomar conciencia y virar el rumbo evidentemente equivocado.

La pandemia puede servir para sanear la consideración suprema, y restablecer la mirada equilibrada de la creación. Pensamos que los mayores peligros son factores externos y energéticos, como guerras mundiales, armas nucleares o choques de asteroides, pero el destino se jacta con el envío de un elemento insignificante e invisible. ¿Cómo pudimos olvidar que somos vulnerables a causas ínfimas? ¿No denuncia la peste nuestra flaqueza básica?

La situación recuerda la novela de “La guerra de los mundos” de H. Wells, cuando el invasor extraterrestre cae derrotado por los virus domésticos. O el “El fin del mundo” de Camille Flammarion, cuando la humanidad sufre la inminente colisión con un cometa, que marcará el final. Para sorpresa del lector, el orbe se recupera del choque, y la narración prosigue hasta futuros lejanos. En la novela el final llega para el ser humano, pero de lo más anodino. Sin riesgo externo, la raza se transforma, agota su potencial, y mueren naturalmente todos los individuos hasta Eva, la postrera. Un inesperado final terrestre que desilusiona las pretensiones de grandeza.

Por último, lo de mayor escala. Nuestra fragilidad exige que debamos detenernos en el instante presente para apreciar el valor de cada momento, facultad aletargada por el moderno estilo de existencia. Algo así dice Albert Camus en “La Peste”, novela que se desarrolla en Orán. Refiere que allí “… como en otras partes, por falta de tiempo y de reflexión, se ve uno obligado a amar sin darse cuenta”. Quizás la peste sea la paga para atender lo eminente.

Hemos prodigado horas al aplicarlas a tareas fútiles. Debemos evitar la celeridad para ganar tiempo y poder ver el instante, el único lugar en dónde estamos. La atención transfigura el presente fugaz y lo prolonga sin límites.

El ejercicio de vivir en forma sencilla y auténtica ha sido expresado por el poeta japonés Matsuo Bashō en sus conocidos haiku: “Viento de otoño:/ lo oí toda la noche… /Antes de irme/ barro el jardín hojoso…”. En el otoño del final de su vida, antes del retiro y lejos de planes pomposos, Bashō atiende a la aparente insignificancia de quitar las hojas del jardín. Esto no es bajar los ojos, sino amplificar la conciencia hasta abarcar toda la realidad.



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