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Nora Lis Roldán: “Hace 14 días que la puerta de mi casa no se abre”

En Santiago se encendió la alama del coronavirus con un caso sospechoso en Selva, que finalmente dio positivo, y al que luego se le sumó otro. Fue la primera ciudad “vallada”. Los habitantes están completando las dos semanas de cuarentena.

- 00:18 Santiago

Hace 14 días que la puerta principal de la casa de Nora Lis Roldán en la ciudad de Selva no se abre, que sus tres hijos pequeños, de 9, 5 y 2 años y medio, juegan entre cuatro paredes y que el único que tiene contacto con el exterior es su marido, Franco Montenegro.

Hace 14 días que su mamá, de 72 años, quedó “presa” de una cuarentena a kilómetros de distancia de su esposo, de 76, porque cuando pensaba regresar a la “Madre de Ciudades” estalló como si fuera una “bomba” la confirmación de un caso sospechoso de coronavirus en su ciudad, que finalmente dio positivo, y cerró todo tipo de acceso o salida del pueblo.

Como si de repente hubieran pasado a formar parte del guión de una película apocalíptica, los habitantes recibieron la orden de encerrarse en sus casas, mientras a la fuerza de seguridad local se le unían efectivos de la Capital para “vallar” Selva y controlar que la circulación de personas fuera cero.

A dos semanas de aquel aislamiento, inesperado y obligatorio, hoy esperan con ansias que las autoridades sanitarias y municipales les den nuevas directivas sobre cómo desenvolverse y recuperar cierta normalidad en sus vidas, aunque saben que las restricciones continuarán, pero ya sin el miedo que les generó la aparición de aquel primer caso en su ciudad, al que se le sumó luego un segundo positivo.

En la casa de Nora Lis habían terminado de almorzar aquel sábado cuando los grupos de Whatsapp amenazaban con colapsar con un solo mensaje: un joven de la ciudad había sido notificado por la mujer con la que estuvo días previos que su test del Covid-19 le había dado positivo; por el rápido efecto de contagio de la enfermedad era muy probable que él también lo tuviera y que por haber desarrollado una vida normal también se lo hubiera transmitido a otros vecinos de Selva.

Incertidumbre

“Creo que ese día todo Selva hizo memoria de en qué momento pudo haberse cruzado con ese joven. Te decían, a través del celular, anduvo en el súper, en la verdulería, en la farmacia, en la plaza… Selva es chica, tenemos un solo súper y yo fui. Entonces te ponés a pensar ¿habré tocado el mismo carrito? ¿Habré agarrado algo que justo agarró él...? Cuando le dio positivo se nos pasaron un montón de lugares donde anduvimos y que podía haber coincidido con él”, cuenta Nora Lis por teléfono.

En esos primeros días, a ella le tocó no solo lidiar con sus propios temores sino también con la preocupación de su madre, quien aún no pudo regresar a su hogar en la Capital y, por primera vez, enfrentaba algo de un impacto desconocido para la salud lejos de su marido, un hombre mayor que también tiene problemas cardíacos.

“Apenas se confirmó que había un caso sospechoso, yo intenté llevarla a mi madre a su casa, en la Capital, pero cuando quisimos hacerlo, la policía ya había cerrado los accesos. Hablé con la policía y me dijeron, ‘no la puede sacar’. Se tuvo que quedar con nosotros”, dice Nora Lis.

Como si los fantasmas fueran poco, a esos días de aislamiento se le sumó la fiebre de la más pequeña de sus hijas que, por suerte, nada tenía que ver con el coronavirus, pero que debió controlar con la guía médica telefónica, y la visita de una doctora a su casa. Por suerte, solo fue una faringitis.

“La angustia era tan grande en esos primeros días que yo quería dormir con la esperanza de que al despertarme me iba a dar cuenta de que todo era un mal sueño, que eso no estaba pasando. Pero no. Me despertaba y ahí estábamos otra vez con la rutina del aislamiento; viendo cómo hacer para que la compra de mercadería dure para tres o cuatro días y no tener que salir innecesariamente a comprar; inventando dinámicas de juego para los más chicos, haciendo videollamadas con mi padre y mis hermanos que están en la Capital para calmar la preocupación de mi madre”, explica esta Lic. en Trabajo Social que comenzó a construir su vida en Selva hace 12 años, cuando se casó con un joven de esa ciudad.

Como su marido iba a tener que salir para cumplir con algunas tareas laborales, decidieron que fuera él, el único que tuviera contacto con el exterior e idearon la manera para que la puerta principal no se abriera y el ingreso se hiciera por otra que lleva directamente al patio de la casa.

“Mi marido entra por la puerta del costado directamente al patio. Ahí se saca los zapatos y los deja al sol (cuando hay), sobre el pasto. Después se saca toda la ropa y se envuelve con un toallón. También tiene un jabón y un fuentón con agua para lavarse las manos antes de ingresar. Pasa directamente al baño a ducharse. Mientras tanto, yo lavo con agua y lavandina el picaporte de la puerta por la que entra a nuestra casa, aunque él ya se haya lavado las manos antes de ingresar. Y, con un guante, agarro la ropa y la pongo en el lavarropas. Eso todos los días que se ve obligado a salir”, relata Nora Lis.

¿Cuál ha sido el miedo más grande?

El contagio. Los primeros días han sido terribles. Miedo y angustia iban de la mano. Ahora estamos más tranquilos porque sabemos que Selva, en el 99,9% ha permanecido dentro de sus casas. Yo hasta siento que el virus ya no circula entre nosotros. Hubo mucho control, y los negocios solos habrían hasta las 14.

Algo que te haya llenado de emoción en los últimos días

El reconocimiento de las fuerzas policiales a toda Selva, recorriendo las calles con un cartel que decía Selva Heroico... con aplausos y las sirenas encendidas para darnos aliento, para decirnos que aguantemos porque nos falta poco. Y realmente somos un pueblo heroico porque pasamos una situación muy fea y la pudimos controlar porque hicimos lo que se necesitaba: quedarnos en nuestras casas.

Fue una sensación emocionante que nos produjo llanto... Tenemos que agradecerle a la parte de seguridad que pasa a cada momento recorriendo con las camionetas la ciudad, son personas que se están exponiendo por nosotros, como los médicos, enfermeros y gente de limpieza que están en el hospital y que son trabajos en los que no pueden decir que no, y se transforman en nuestro eje. Rezamos todo el tiempo por ellos.

¿Con qué palabra resumirías lo que han sido estos días?

Tristeza. Mucha tristeza. Selva es una ciudad que se caracteriza por ser todavía de aquellas en las que vez a los chicos jugando en las veredas, en las plazas. Mi hijo da vueltas la manzana todos los días en su bicicleta. Ves siempre jóvenes reunidos, charlando, pero hace dos semanas todo eso cambió en un solo instante. La ciudad quedó desierta ese sábado por la tarde. No sé si habrá habido un quiosco abierto. Fue muy triste, y angustiante no saber qué iba a pasar. Por suerte, estamos llegando a una nueva etapa.

¿Qué es lo primero que vas a hacer cuando se levante la cuarentena?

Voy a ir a la iglesia. Soy muy creyente y lo primero que voy a hacer es ir a agradecer. Después me imagino que veré la manera de trasladar a mi madre a su casa, en la Capital, adonde seguramente tendrá que permanecer aislada, pese a no haber tenido síntomas y haber cumplido con la cuarentena aquí. Pero todo es día a día.


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