×

La vida y la economía: dos frentes de una misma “guerra”

Por Castor López. Presidente Fundación Pensar Santiago.

- 14:29 Opinión

Sería muy válida la figura de la “guerra” que está siendo aplicada como un símil, a la grave pandemia de coronavirus que avanza en el mundo. Porque, al modo de los “ataques bélicos”, el virus ejerce una elevada presión sobre los sistemas de salud de los países afectados y sobre sus economías, impactando en sus sectores de transporte y de distribución de alimentos, entre muchos otros.

Asimismo, los gobiernos, a modo de las “medidas de defensa” en los tiempos de guerras, quedan de inmediato a cargo de la mayoría de las principales decisiones, desplazando a los mercados privados. La demanda y la oferta de los bienes y de los servicios se retraen simultánea y abruptamente, tal como ocurre durante las guerras, destruyendo a los mecanismos usuales de la formación de los precios y de los stocks a producir y comercializar.

Pero además, en el caso de esta pandemia, “el enemigo” es aún un desconocido. La incertidumbre es muy alta porque la información acerca de él es todavía relativamente escasa y las estrategias de la defensa nacional atraviesan necesariamente las etapas de “prueba y error”; pasando desde las medidas graduales al shock de las cuarentenas, para ganar tiempo en términos de salud pública, pero a costa de la economía, pues provocan la caída del consumo, la paralización de las inversiones y el desplome del comercio exterior.

Los equipos de investigación de la medicina trabajan a destajo, día y noche, a modo de los “servicios de inteligencia” en las guerras, para identificar al virus “enemigo”. Sus objetivos inmediatos son aumentar la capacidad de los tests de infectados de la población y controlar la elevada tasa de contagio del virus, para que los casos nunca superen a la capacidad instalada de sus sistemas de salud y no colapse.

Simultáneamente a estas “batallas” de la salud, se deben desarrollar otras para administrar, también defensivamente, un “control de los daños” de las economías, de la capacidad productiva de los países. En situación de “guerra” a la gran mayoría de los productores de bienes y servicios se les desploman sus ventas, disminuyen sus producciones y, automáticamente, les crecen sus costos medios. Surgen así los déficits y, por último, se agota su financiamiento, cortándose la cadena de pagos a sus empleados, proveedores y demás acreedores.

Los penosos pasos siguientes son los despidos que afectan a las economías familiares y las quiebras masivas de las empresas, desde las Pymes hasta las multinacionales. Los diversos contratos entran en crisis, desde los inquilinos con los propietarios hasta todo tipo de deudores y de acreedores. En este otro “frente” de la misma guerra también deben intervenir los estados, para evitar los impactos retroactivos del deterioro económico sobre el sistema de salud.

En estos términos muy generales, se está debatiendo la situación de nuestro país en varios ámbitos académicos, como los descriptos recientemente por Marina Kosacoff y Ernesto Schargrodsky en una mesa redonda de la UTDT. Así, no queda margen para presentar como un dilema excluyente a: ¿la preservación de la vida o la de la macroeconomía argentina? Esta última también de una salud muy precaria. El enemigo es único, la guerra es una sola y el destino de la salud y la economía nacional es común.

En los EE.UU., el escritor y periodista Thomas Friedman encontró en el académico David Katz de la universidad de Yale, un formato muy atinado del dilema salud y economía:

1. El objetivo inmediato es salvar la mayor cantidad posible de vidas y que el sistema de salud disponible no colapse.

2. Asimismo, destruir lo menos posible a la macroeconomía (ya muy dañada en nuestro caso) y salvar a la mayor cantidad posible de vidas también en el mañana.

Todos hubiéramos deseado disponer de un sistema de salud más organizado, más integrada su propiedad, su operación y su financiamiento, tanto público como privado y de una mayor cuantía y calidad. Y de una economía sana, con la disposición de un fondo anticíclico suficiente para enfrentar la grave contingencia. Pero, las decisiones siempre se deben tomar con los datos de la realidad y mirando hacia adelante.

El “pívot” entre la salud y la economía es la cuarentena. Cuanto más estricta y extensa, mejor para la salud, pero peor para la economía y viceversa. Como una lección aprendida de los casos de China, Italia y España, nuestro país ha optado por una política inicial de shock, mediante una cuarentena muy estricta, que tiene por objetivo que el inevitable incremento de los casos que precisan internación alcance un máximo que resulte consistente con la capacidad instalada de nuestro sistema de salud pública y privada.

Ello tiene un costo de oportunidad para la economía. La referida paralización y el desplome de la economía real de nuestro país, a un ritmo estimado “a priori” de un -0,5% a -1% del PIB cada mes, según el grado de rigidez de la cuarentena. Lo cual complica también al sistema de salud pública y privada y a sus posibilidades de continuar salvando vidas en el corto plazo. Cuanto más profunda y rápida sea la caída del PIB, necesariamente más lenta y prolongada resultará la recuperación económica.

Incluso, la historia nos enseña que las recuperaciones económicas de una pandemia son más lentas que las de las conflagraciones bélicas. No resulta razonable hoy la expectativa de una rápida recuperación económica de nuestro país, similar a la iniciada en el año 2003, luego de la caída del -11% del PIB en los años 2001/02. Porque son muy diferentes las condiciones predominantes, tanto las externas como las internas.

Este punto de vista, permite que el dilema entre nuestra salud y nuestra economía deje de ser totalmente antagónico. El gasto público crecerá, los ingresos del gobierno disminuirán y el déficit fiscal se ampliará. Los grados de libertad disponibles para su financiamiento quedan reducidos sólo a las posibilidades de más endeudamiento y/o de una mayor emisión monetaria. La primera herramienta se reduce a considerar el saldo pendiente del préstamo del FMI.

En cuanto a la emisión monetaria (es la curva que hay que “achatar” en la economía, como a la de las personas infectadas en la salud) que sólo la puede efectuar el gobierno nacional si la situación no sale de un cauce relativamente razonable, y debería resultar siempre consistente con la demanda de dinero, que la hay, y controlando además su velocidad de circulación, para no ingresar en situaciones de muy alta inflación.

La “clave de bóveda” está en el gradual levantamiento de las restricciones de la cuarentena. Deben ser muy cuidadosas para evitar las muy peligrosas “recaídas”, tanto de la salud como de la economía. Se debería iniciar por las actividades productivas que tienen un menor impacto en la salud y, simultáneamente, resulten muy relevantes para la reactivación de la economía. La secuencia de la recuperación económica seguramente será primero mediante el consumo interno, luego las exportaciones y por último, las inversiones.

Otra vez, la tecnología de la información actualmente disponible le permitiría al gobierno seleccionar las intervenciones públicas a atenuar, desde los actuales aislamientos masivos, liberando especialmente a los canales de comunicación de las cadenas de producción, de transporte, de comercialización y de financiamiento de los alimentos y de la energía.

La crisis resultará, como siempre lo señala la historia, en una oportunidad para aquellos países que la tomen. En nuestro caso sería que el gobierno reaccione con un prioritario mandato pragmático general que podría ser: “requerir más productividad del gasto público y menos impuestos distorsivos de una menor presión fiscal para con el sector privado formal”.

Más noticias de hoy