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La particular forma de pensar y actuar que agrava la pandemia y destruye la economía

Por Rafael José Fano. Periodista

- 22:00 Opinión

Estamos ante una emergencia inédita con una pandemia en tiempos de comunicación hiper globalizada y en un país empobrecido que no crece desde hace por lo menos ocho años.

Cuando el país se enfrenta a una emergencia, sin dudas todos debemos unirnos detrás de las autoridades legítimamente elegidas por la mayoría de los ciudadanos y acompañar las decisiones que se tomen aún cuando no estemos de acuerdo. Si se equivocan o no será analizado al terminar la emergencia y se harán cargo de los resultados.

Así lo ha entendido la mayoría de la dirigencia política argentina, que ha respaldado ampliamente en todas sus decisiones al Presidente de la Nación. Oficialismo y oposición se unieron ante la emergencia, ofreciendo un buen ejemplo a la sociedad, con la que sin dudas están en deuda desde hace muchísimos años.

El camino contrario se puede observar en Brasil, donde el Presidente tomó una decisión, la oposición no lo apoya y muchos gobernadores toman medidas contrarias a lo dispuesto, generando una tensión política que puede desembocar en un caos social, económico y epidemiológico.

Estar unidos ante la adversidad no implica necesariamente que todos pensemos igual o que no se puedan tener visiones diferentes sobre cómo se actúa y las consecuencias; mucho menos que no se pueda tener una mirada crítica. Ello equivaldría a perder la libertad, que es como estar muerto en vida. Opinar distinto es un derecho fundamental propio de las democracias republicanas, pero esa libertad conlleva la responsabilidad de la hora y aconseja prudencia, la humildad de no manifestarse con autoridad donde prima el desconocimiento.

Hoy todos pretendemos ser doctores en medicina, especializados en infectología y con algún máster en pandemias, porque hemos tenido acceso a alguna información, en vez de reconocer nuestra ignorancia. Esa soberbia también se vio reflejada durante la guerra de Malvinas, donde nos convertimos en estrategas militares de alto rango, especializados en armamentos de todo tipo. Estar informado de un tema, no es necesariamente saber de ese tema. Los que saben son los especialistas, aún cuando se equivocan, porque han estudiado el tema durante años con rigor científico. Los demás tocamos de oído.

Cuando afirmamos que tal persona es una autoridad en determinado tema, le estamos atribuyendo el poder de la referencia, del ejemplo a seguir, del espejo donde mirarse, del respeto por la dedicación y el esfuerzo. Es la autoridad, que incita al aprendizaje.

Durante décadas en la Argentina hemos destruido el principio de autoridad, menospreciando la ley y el orden. Hoy lo estamos pagando ante el escenario menos pensado, pero debe servirnos para reflexionar. Confundimos autoridad con autoritarismo y así logramos entre otras cosas que el maestro sea cuestionado y agredido por el alumno y sus padres; que el médico de guardia tenga que luchar contra inadaptados en un hospital mientras intenta salvarles la vida; que el policía sea escupido e insultado en una manifestación callejera o en cualquier operativo de seguridad; que al juez se le diga corrupto o se lo desacate sin sufrir ninguna consecuencia.

Hoy más que nunca nos damos cuenta de que precisamos de la autoridad para funcionar como sociedad, en tiempos normales y mucho más en tiempos de emergencia. En el otro extremo, países con culturas mucho más avanzadas que la nuestra como Japón o Suecia, no necesitan obligar a los ciudadanos a entrar en cuarentena, solos adoptan el aislamiento cuando la autoridad les explica que lo deben hacer ante la emergencia. Eso es tener verdaderamente autoridad.

Es que en ese maestro, policía, médico o juez está representado el Estado argentino, que nos cobija a todos y que debe brindarnos lo que marca la Constitución Nacional: educación, salud, justicia y seguridad. Curiosamente o no, los que más han destruido la autoridad de los servidores públicos son los que pregonan que el país debe tener un Estado omnipresente.

Si hasta ahora hemos echado de menos a la autoridad, mucho más la vamos a añorar cuando se precipite la profunda crisis económica que se activa como un tornado alimentado por la crisis estructural argentina de siempre, el impacto de la crisis internacional, más la parálisis económica propia de la cuarentena indefinida.

Es que la falta de autoridad se refleja en nuestros comportamientos mucho más de lo que creemos. Nos conduce a no creer en nada ni en nadie, a desafiar las leyes del hombre y también las naturales. A tal punto que lo que funciona en todo el mundo en la Argentina no se puede hacer. Lo básico, lo más elemental.

Nuestra falta de orden económico, nos diferencia del mundo entero, a tal punto que somos estudiados e incomprendidos como una rara avis que logró desarrollarse y subdesarrollarse en cien años de historia. Único caso en el mundo.

Las medidas que habrá que tomar de aquí en más serán dolorosas y nuestra falta de organización y de respeto por las autoridades del Estado nos va a complicar aún más la vida.

Descubriremos trágicamente que la falsa antinomia Estado-actividad privada, que nos desvela a los argentinos y que el mundo ya no la discute ni en la China comunista, no existe.

Lo que sí existe en el mundo es un sector privado que produce, que impulsa valor agregado a la economía y miles de empleos. Así genera los recursos para pagar los impuestos que financian al Estado que a su vez sirve a la sociedad cotidianamente y excepcionalmente en las emergencias.

No es Estado vs mercado lo que funciona en el mundo, es un equilibrio de privados que producen y estatales que sirven. De la misma manera que no es campo o industria; Ceos o científicos; salud o economía. Es Y no O.

En este eterno discutir que nos tiene paralizados e involucionando hace añares, muchos perdieron la vida, otros sus sueños, mientras que algunos optaron por emigrar. Porque dándonos cuenta o no, logramos asfixiar a la actividad privada de tal manera que cada vez produce menos y a los pocos que producen el Gobierno nacional de turno le tiene que aplicar más impuestos, para mantener a un Estado que gasta mucho por clientelismo, ineficiencia y corrupción. Hoy tenemos la carga impositiva más alta de la historia y los servicios constitucionales elementales en muchos casos a la deriva.

Las crisis generan grandes oportunidades de cambios profundos en las sociedades, a veces para bien y otras para mal. Hasta ahora nunca hemos acertado. Cada vez vivimos peor, década tras década. No es una opinión o un parecer, es un dato objetivo de la realidad medido con múltiples parámetros, por los especialistas, los que saben, los que han estudiado con método científico. Los que tienen autoridad.

En los 24 partidos del conurbano bonaerense, viven 12.300.000 personas. El 23% no tiene agua corriente potable, el 48% no tiene cloacas. El 21% habita viviendas precarias con hacinamiento, de ellos, el 40% duermen 3,5 personas promedio en un cuarto. Un escenario ideal para una pandemia. ¡Dantesco!

En esta oportunidad trágica que se nos presenta tenemos básicamente dos caminos a transitar. El del gran acuerdo nacional en serio, no para la foto, que nos conduzca a definir prioridades inmediatas y planes a mediano y largo plazo, que cambien de una vez y para siempre el largo declinar argentino; o el mismo de siempre, el de echarnos la culpa unos a otros en una grieta interminable de odios, rencores y resentimiento, donde el O prime sobre el Y, mientras todos nos empobrecemos aceleradamente.

La esperanza, que nunca debe perderse, nos ilusiona con el primer camino; la historia, nos pega una bofetada lo suficientemente fuerte como para no ser ilusos.

Las autoridades legítimamente constituidas mediante el voto de la democracia republicana tienen la palabra y la decisión. La sociedad argentina opinará luego. Mientras tanto los que realmente saben siguen estudiando con la esperanza de que algún día se les pida la opinión, el consejo de lo que se debe hacer. La ciencia les ha enseñado a ser pacientes y no esperar nada de la estupidez humana.


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