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“Tampoco yo te condeno”

Evangelio según san Juan 8, 1-11

- 01:45 El Evangelio

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.

Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:

“Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?”.

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.

Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.

Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:

“El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”.

E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.

Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.

Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante.

Jesús se incorporó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?”.

Ella contestó: “Ninguno, Señor”.

Jesús dijo: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”.

Reflexión

En la recta final hacia la Pascua la Iglesia nos presenta hoy la historia de dos mujeres sorprendidas en adulterio, uno ficticio y otro verdadero. En ambos casos, ante jueces injustos, son defendidas por el juicio misericordioso de Dios, el único que juzga según el corazón y no según las apariencias.

Hoy se nos relata la conocida historia de Susana, la cual es acusada falsa e injustamente de adulterio y por tanto condenada a muerte según la ley de Moisés. Ante esta falsa acusación, Susana tiene dos opciones: ser fiel a Dios y a la ley, o salvar su vida. Ella elige la primera, poniendo toda su confianza en Dios que le hará justicia. La confianza en Dios es lo que verdaderamente nos ayuda a ser fieles a su voluntad.

San Juan en el evangelio de hoy nos presenta dos actitudes contrapuestas: una la de los letrados y fariseos, que se convierten en jueces condenadores de la adúltera y la otra es la actitud de Cristo que no condena, sino todo lo contrario, que perdona y salva.

Muchas veces nuestra actitud es la de los fariseos, con gran facilidad nos convertimos en jueces de los demás, tenemos una habilidad impresionante para torcer las cosas y creernos justos, cuando en realidad no lo somos.

Cristo hoy nos llama a atrevernos a sumergirnos en lo más profundo de nuestro corazón y darnos cuenta de que no estamos exentos de pecado, de que no somos mejores que el que tenemos al lado, que veamos que nuestro corazón también está enfermo y necesita ser curado. Más de una vez hemos juzgado sin misericordia y más de una vez nuestros juicios han sido erróneos.

“Yo tampoco te condeno”. Ojalá que estas palabras queden grabadas en nuestro corazón para que así experimentemos e imitemos la gran misericordia de Dios. Qué éste sea hoy nuestro propósito para con los demás.

Señor, que esta Cuaresma, que está por terminar, no sea una más en nuestra vida, concédenos la gracia de que sea definitiva en nuestro proceso de conversión y entrega a Ti.


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