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“Os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera”

Evangelio según san Juan (11,45-57)

- 21:23 El Evangelio

En aquel tiempo, muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. Pero algunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús.

Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron: “¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación”.

Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: “Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera”.

Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos.

Y aquel día decidieron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos.

Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región subían a Jerusalén, antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban: “¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta?”.

Los sumos sacerdotes y fariseos habían mandado que el que se enterase de dónde estaba les avisara para prenderlo.

Comentario

El Evangelio de Juan nos cuenta la situación entre el pueblo después de resucitar Jesús a Lázaro. Muchos creyeron en él, nos dice, pero otros fueron a contarlo a los fariseos, a los que faltó tiempo para convocar el Sanedrín. Tienen miedo de que los invasores romanos acaben con su acomodada vida y puedan destruirlo todo, pero especialmente el templo, acabando con su elevado estatus social y su medio de vida ligada al sacerdocio.

Si lo pasamos a los tiempos actuales no será difícil encontrar semejanzas con nuestras propias vidas, nuestros intereses, y así llegaremos a justificar que sea conveniente que muera uno por el pueblo, no importa que sea culpable o inocente, lo que interesa es que muerto el que estorba, los demás vivamos tranquilos, felices y contentos.

Nos lavamos las manos ante los crímenes que se producen a nuestro alrededor o de los que nos llegan noticias a través de los medios de comunicación, y no hacemos nada.

Como mucho puede que aplaudamos los actos que autoridades y sacerdotes quieren imponernos, sin importar que sean acordes con el sencillo mensaje que Cristo nos dejó y nos sigue dejando: Sólo el amor podrá salvarnos.

Se están gestando y brotando leyes que se oponen a Dios frontalmente y nos quedamos callados o las aplaudimos a veces solo porque van contra la Iglesia o contra la jerarquía. Una jerarquía que a veces parece que no tiene a Cristo como Maestro, o nos hacen ver que es así.

Puede que el uso de los medios esté dirigido a crear tipos de conciencia que nos hagan creer que es bueno que muera uno por el pueblo, justificándolo con un supuesto peligro general realmente inexistente.

“Los congregaré de todas partes para conducirlos a su tierra”.

Ezequiel y Jeremías dan fe del perdón de Dios a su pueblo. En su infinita misericordia, Dios olvida el motivo que hizo que se dispersaran por el mundo conocido.

Dios propone no volver a permitir que Israel se divida nuevamente en dos reinos; serán uno y estarán regidos por un único rey.

Pero el pueblo santo volverá nuevamente a alejarse de la alianza y, abandonando a Dios, se entrega en brazos de la maldad y la idolatría y nuevamente volverán al exilio.

Los reyes Josías, Joaquín y Sedecías se van a pervertir y, despreciando los avisos proféticos, van a caer en manos de Babilonia, donde sufrirán el cautiverio anunciado por los dos profetas, arrastrando con ellos al pueblo.


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