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Feminismo y psicoanálisis

Por Adriana Cecilia Congiu. Psicoanalista / Directora de la Revista Parlêtre.

- 08:38 Opinión

Pasamos demasiado tiempo

bajo la tierra,

ya hicimos el trabajo,

somos montones y una,

recordamos el tiempo en que éramos humanas.


“La canción de las lombrices”- Margaret Atwood

 

La relación de afinidad entre el psicoanálisis con la femineidad es un vínculo que se fija desde la decisión de Freud de escuchar y permitir que se desplieguen las palabras que permanecían amordazadas en los síntomas y en los sufrimientos de aquellas primeras pacientes que lo consultaron.

Mientras que la cultura de la época proponía el término “histeria” para señalar una patología que más tenía que ver con conductas interpretadas como actos de simulación, Sigmund Freud adoptó el significante “Histeria” para alojar en él, un conjunto de síntomas conversivos provenientes de experiencias vividas y reprimidas. Desde el principio, el dispositivo analítico respetó y escuchó lo que ellas tenían para decir.

Más adelante Jacques Lacan dio un paso más. No sólo reconoció abiertamente la labor de muchas psicoanalistas mujeres, también transmitió una distinción fundamental, la distancia entre ser madre y ser mujer. De esta manera, podía existir en la mujer un deseo diferente al de ser madre. Por este sendero, la mujer dejaba de ser el apéndice de un hombre. Decimos así, que la posición femenina ha recibido en el discurso psicoanalítico, un lugar de dignidad que hoy mantiene su vigencia.

Esta opuesta manera de proceder de muchos hombres influyó y acompañó al movimiento de las feministas que hoy, pueden manifestarse en voz alta. Es innegable que la lucha emprendida por estas mujeres ha sido tan ardua como exitosa en muchos órdenes (aunque las más jóvenes aún no perciban acabadamente estos alcances).

Sin embargo, los recorridos no han sido inocuos. Las transformaciones en el campo social han sido fuertes, los hombres, se han sentido ofendidos. Muchos de ellos acusan recibo porque han perdido un “poder” que se ha desplazado hacia el “empoderamiento” de ellas. Pero también hay otros que pagan el precio de los que persisten en actitudes degradantes y ofensivas respecto a las mujeres, aunque no se comporten igual.

Hace unos meses, Thelma Fardin en una conferencia en la Universidad Nacional de Santiago del Estero, relataba la preocupación de un grupo de adolescentes varones de un colegio de nuestra ciudad, por la búsqueda de identificaciones viriles que fuesen aceptables para las mujeres con las que viven a diario (amigas, parejas, hermanas, madres, abuelas, tías…etc.). “No sabemos cómo ser, para no ofenderlas”- decía uno de ellos.

Al terminar la conferencia, luego del debate con el público, una pregunta quedó flotando: “Nosotras, las mujeres, las feministas que luchamos por nuestros derechos, ¿qué lugar les ofrecemos hoy, a los hombres?

Aún no hay respuestas, tendremos que fabricarlas. Estamos en un tiempo crítico. En esta coyuntura, me parece fundamental despejar la posición que el psicoanálisis ha tomado en la actualidad respecto a la lucha feminista. La cercanía en muchos de los planteos, no debiera borrar los contornos que nos diferencian.

Por lo tanto, el punto de partida será decir que, hablamos desde el psicoanálisis de: “Lo femenino”. En singular, porque para el psicoanálisis “La mujer, no existe”, sólo existe una por una. Allí donde los movimientos feministas se multiplican en una diversidad de colectivos, por medio de los cuales se exigen derechos para todas, el psicoanálisis seguirá insistiendo por la “particularidad”; sin desconocer los efectos sociales que repercuten en cada una.

A partir de esta aclaración propongo algunas líneas de reflexión para pensar “los femicidios” dejando en claro que se tratará de un intento de entender desde el discurso psicoanalítico lo que se manifiesta en el ámbito de lo social. Lo específico de cada experiencia requerirá del ámbito clínico.

Los femicidios

En los últimos tiempos, las noticias diarias intentan precisar con absoluta certeza el porcentaje de femicidios llevados desde principios de este año, pero esto nunca puede alcanzarse. Todos los días este número se modifica.

Desde ya que no es para alegrarse por esta cifra que se escapa al cálculo. La imposibilidad humana señala claramente que las muertes de las mujeres se han convertido en un síntoma actual preocupante. Precisemos mejor, hablamos de “muerte de mujeres” para mostrar el grado extremo de una serie de maltratos dirigidos a ellas. Golpearlas, insultarlas, violarlas, subestimarlas, someterlas, desoírlas constituyen grados diferentes de un modo de trato que indica lo insoportable que se han vuelto las mujeres para algunos hombres. Por lo que podríamos deducir que el verdadero síntoma no son las muertes, sino ellas mismas.

Quienes minimizan estos hechos, argumentan que las mujeres siempre han sido problemáticas para los hombres. Ya sea por presentarse como un misterio eterno o porque se volvían indomables, las mujeres era mejor mantenerlas a la distancia de la educación, de los lugares de decisión, de los privilegios del pensamiento, la escritura, la ciencia, y también de algunas artes. Prohibiciones que, se sostenían en el ejercicio de un poder monopolizado y concentrado por los hombres. Prohibiciones que muestran también, el lugar marginal dentro de la sociedad, que durante mucho tiempo fue compartido con los niños y con los locos. Evidentemente, los hombres frente a ellos no sabían qué hacer y tampoco qué lugar otorgarles. Por lo tanto, era mejor no verlos, no tratarlos y, no permitirles la palabra.

Ahora bien, es necesario que nos detengamos a localizar algunos factores de la constitución subjetiva, que nos ayuden a pensar a qué responden estos crímenes. Lo primero que hay que decir al respecto, es que el fenómeno de la violencia humana no se explica por ninguna causa natural o biológica como la que podemos esperar de los animales, ya sea por un instinto agresivo, o un instinto de dominio o de subsistencia entendido como algo innato. Miquel Bassols (psicoanalista español), encarando esta problemática afirma: La cultura humana, fundada en la acción y en los efectos simbólicos del lenguaje sobre el cuerpo, desnaturaliza de tal manera el registro biológico de los instintos que ningún acto propiamente humano puede entenderse ya fuera del registro simbólico de las significaciones de cada sujeto. Mucho menos podría explicarse el acto violento ejercido sobre las mujeres por el recurso a una supuesta naturaleza instintiva previa al mundo simbólico donde tiene lugar toda experiencia subjetiva.

Por esta razón, encontramos el fenómeno de la violencia en todas las clases sociales, en todas las edades, en situaciones laborales de diferente índole; quiero decir, en ámbitos en los que se supone que la cultura ha sabido hacer su trabajo civilizatorio. La educación misma, aún en sus niveles más altos, no llega a evitar esta forma de violencia.

De esta manera, tenemos que reconocer que es en la constitución subjetiva donde debemos buscar las claves para adentrarnos más en el asunto que nos ocupa.

1ª clave:

Es necesario saber que la agresividad es constitutiva de la relación del sujeto con las imágenes de su Yo. Esto es una cuestión de estructura, inherente a todo ser humano. Por lo tanto, la agresividad se presenta como una experiencia que es correlativa a una fragmentación de la unidad de la imagen de uno mismo. La unidad que se consigue (en parte) en un determinado momento, captando las imágenes de los otros, tiene la virtud de encubrir esta alteridad constituyente. El problema aparece cuando este velo se corre.

Bajo esta idea, Miquel Bassols opina que el pasaje al acto violento sobre una mujer revela una manera de buscar y de golpear (no solo físicamente) en ella, lo que el sujeto no puede simbolizar o articular con palabras, sobre sí mismo. Aquello que no alcanza a reconocer que está golpeando de su propio ser, alojado en el ser de su pareja.

2ª clave:

La intolerancia extrema. Estamos aquí en el campo del odio, ya no de la agresividad. No soportar la diferente manera de gozar del Otro (la mujer, por su alteridad radical se presenta así). Hablamos de una distinción inaceptable, que no solo aparece en los femicidios, también la vimos despuntar en el nazismo, la xenofobia, como aquello que se presenta repulsivo.

Irene Greiser una psicoanalista que viene siguiendo de cerca estas temáticas, señalaba la particularidad del acto de “quemarlas”, en tanto quemar un cuerpo comporta la propiedad de no dejar rastro de ese cuerpo. Quemarlo es hacerlo desaparecer. Los femicidios se acercan por esta vía, a las conductas ejecutadas por el absoluto rechazo a la diferencia. La intolerancia más acabada, tal como se presenta en el racismo.

3ª clave:

La diferencia sexual. Las dos claves anteriores tienen que ver con ésta, en la medida en que toda diferencia subjetiva apunta en el fondo a la diferencia sexual. Y aquí, el peligro es que estamos en una cultura tendiente a borrar esta diferencia, desconociéndola. Generalmente se enuncia: “La feminización del mundo” o bien, “La virilización de las mujeres”. Ambas expresiones no hacen más que mostrar el aplanamiento de los discursos que distinguen a uno y otro sexo.

Anna Aromí (psicoanalista española) apunta una pregunta que bien podría resultar pertinente para pensar esta clave. Nos propone la siguiente reflexión: “¿Cuáles son las dificultades hoy, para sostener una posición femenina?”. El interrogante subraya y señala certeramente, al obstáculo que podría se le podría presentar a una mujer para construir su ser, sin el recurso a las identificaciones viriles. Y el resultante es el camino de la invención que se realiza necesariamente en ese vacío, haciendo existir así, “lo femenino” como “lo más singular”.

(1 Goce: es un concepto

psicoanalítico que apunta a un

modo de satisfacción inconsciente y singular que se manifiesta al modo

de una exigencia permanente).


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