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Una Muerte anunciada

Mateo 26,3-5,14-27,66

- 22:05 El Evangelio

El Domingo de Ramos la Iglesia recuerda la Pasión y Muerte de Jesús. ¿Por qué murió Jesús? ¿Cuáles son las causas históricas de su condena y muerte? ¿Cómo interpretó Jesús su propia muerte? Son preguntas que pueden ayudarnos a madurar como discípulos y misioneros de su Reino.

Jesús murió violentamente en las afueras de Jerusalén. Su final se inscribe en el contexto de su predicación y accionar a favor de la instauración del Reino de Dios. Jesús, en un primer momento entró en conflicto con un sector de los Fariseos, pero fue la aristocracia sacerdotal y laica de Jerusalén y la autoridad Romana quiénes lo llevaron a la muerte. Los primeros veían con malos ojos el actuar de Jesús que recibía a los pecadores ofreciéndoles el perdón gratuito de Dios sin pasar por los ritos de expiación que ofrecía la liturgia del templo, y a la vez, sus curaciones que ponían en entredicho el poder de intermediarios exclusivos de la salvación de Dios para el pueblo. ¿Qué valor tendría el Templo y su “sistema religioso” si para obtener la salvación ya no hace falta recurrir a su aparatosa liturgia? ¿A caso Jesús, no estaba abriendo otros canales de comunicación con Dios? Esta situación lo ponía a Jesús en un estado de peligro latente.

Su anuncio de la llegada del Reino de Dios y su visión crítica de la realidad de violencia que vive la gran mayoría de su pueblo: explotados, excluidos y sin libertad, hace que las autoridades romanas lo vean como un potencial enemigo. La atracción que genera en el pueblo pobre y sencillo y algunos gestos que realiza en las fiestas populares como la Pascua (en el Templo de Jerusalén) crea cierto malestar entre las autoridades romanas que lo visualizan como “peligroso”. El mensaje de Jesús que propone un cambio radical de la situación actual: “los últimos serán los primeros; los que lloran, reirán; los que tienen hambre, comerán” y sus exorcismos que son un signo de la liberación demoníaca de un sistema político y económico que oprimen al hombre, así como su comida con los pecadores y últimos de la sociedad que muestra claramente que el Reino de Dios supone un cambio transformador de la realidad que vive su pueblo bajo el yugo romano, van perfilando el desenlace de su muerte. Jesús es un peligro para la aristocracia del Templo, las familias ricas vinculadas al poder de Herodes y el entorno de los representantes del Emperador.

¿Cómo interpretó Jesús su propia muerte?

Más allá de que los anuncios de la Pasión sean relatos pos-pascuales, Jesús debió contar con la posibilidad de su muerte. Sería un ingenuo si no pensara que su proclamación de la llegada del Reino y lo que ello implicaba de transformación de la realidad y por lo tanto de pérdida del status quo de los poderosos de su tiempo, podían llevarlo a la muerte. Jesús no era un suicida, no buscaba su muerte, al contrario, amaba la vida, pero su predicación incomodaba, forjaba odios y resentimientos. Jesús era el profeta del Reino, y sabía perfectamente que muchos de ellos en la historia de Israel habían sido perseguidos y asesinados. Jesús interpretó su muerte como había interpretado su vida: al servicio de la causa del Reino de Dios.

Llega la Pascua del año 30, Jesús decide ir a Jerusalén para celebrar allí la fiesta. Lo hace con sus discípulos. Todos saben el peligro que corre, pero era tiempo de dejar Galilea para predicar también en Jerusalén, en el corazón del Judaísmo. Esta fiesta alienta ciertas ansias de liberación en el pueblo, Jesús entra a la ciudad montado sobre un asno con la pretensión de anunciar un reino de paz y justicia y es aclamado por sus seguidores. En días posteriores, Jesús realiza en el Templo de Jerusalén su acción pública más audaz: “comienza a echar fuera a los que vendían y compraban, vuelca las mesas de los cambistas y los puestos de vendedores de palomas, y dice que no permitirá a nadie transportar cosas por el templo; más aún, expresa que su casa es casa de oración y la han convertido en una cueva de ladrones”. El Templo era el centro de la vida social, religiosa y política del pueblo judío, atacar el Templo era poner en jaque todo el sistema que lo sostenía. La acción simbólica de Jesús anuncia la caducidad de este sistema que oprime al pueblo y por lo tanto no agrada a Dios. Esto enardeció a las autoridades que lo regenteaban que idearon su muerte de manera inmediata.

La cena de despedida y su vida en las manos del Padre

Jesús intuye que la muerte se avecina y por eso organiza una cena de despedida con sus discípulos. Quiere infundirles confianza en el Dios de la vida y esperanzas de que el Reino llegará, aun sabiendo que sus horas están contadas. Durante la cena realiza unos gestos proféticos entregando el pan y el vino que son compartidos por todos. Signos que resumen su servicio al Reino de Dios y que quiere que sus discípulos recuerden siempre. El pan y la copa de vino compartidos les recordará la entrega de Jesús y al mismo tiempo anticipará la fiesta final del Reino que ellos significarán sirviendo a los demás como lo hizo el Maestro. El estará con los suyos animando su esperanza, ellos prolongarán y reproducirán su servicio al Reino de Dios hasta el reencuentro final.

Horas después de la cena de despedida, mientras oraba al pie del Monte de los Olivos, fue detenido por las fuerzas de seguridad del Templo por orden del Sumo Sacerdote Caifás. Sus discípulos huyeron a Galilea. Fue conducido ante Caifás que junto a un consejo asesor en cuestiones de orden político preparan la acusación ante el poder romano. La actitud de Jesús en el Templo les preocupa y encuentran un argumento convincente para acusarlo: sedicioso político.

Jesús es llevado ante Pilato y mediante un proceso breve lo condena a ser ejecutado en una cruz, acusándolo de pretender ser “rey de los judíos”. Pilato entiende bien la peligrosidad de Jesús. Sabe que su predicación del Reino cuestiona en su totalidad al sistema imperante, también al poder de Roma y sus mecanismos de dominación. La ecuación es simple, hay que matarlo y así extinguir su movimiento que empezaba a inquietar.

Después de hacerlo flagelar, Pilato ordena llevar a Jesús a las afueras de Jerusalén, hacia un lugar elevado llamado Gólgota (lugar de la calavera) donde es crucificado.

Allí muere en la más profunda soledad, con la incertidumbre de no saber qué pasará con su causa: la instauración del Reino de Dios; abandonado por sus discípulos y por el mismo Dios que no quiso ahorrarle beber el Cáliz. Pero, sin embargo, y a pesar de la experiencia lacerante de la muerte que llega, exclama al Padre: “¡Dios mío, Dios mío¡, ¿Por qué me has abandonado?”. Muere lanzando un grito, pero en la confianza de Dios a quien sigue llamando “Dios mío” a pesar de la oscuridad que rodea al momento final de su vida. Jesús muere en las manos del Padre, con interrogantes, con dudas, pero en la certeza de que el Padre seguirá conduciendo la historia de los hombres y hará florecer un “nuevo día” en la historia de la humanidad y del mundo.


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