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Lectura del santo Evangelio según San Juan (12,1-11):

- 21:12 El Evangelio

Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume.

Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: “¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?”.

Esto lo dijo, no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando.

Jesús dijo: “Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis”.

Una muchedumbre de judíos se enteró de que estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos.

Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos, por su causa, se les iban y creían en Jesús.

Comentario

La palabra de esta semana no sólo es eficaz porque consigue irnos adentrando en el misterio pascual, sino que es también profundamente bella y a poco que te dejes “tocar”, te conmueve.

“Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco”, dice el Señor por boca de Isaías. Y miramos a su siervo, a Jesús. Un hombre bastante solo en estos días; alrededor de Jerusalén, entrando y saliendo de la ciudad con cuidado para no ser detenido. Hasta que llegue el momento. Un hombre fiel, sereno, que sigue con libertad adelante. Pero un hombre que necesita ser sostenido; le sostiene el Padre. Quizá también Jesús recordó aquellos días el salmo 26: “Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor”.

En estos días de aislamiento por el Covid-19, seguramente estamos experimentando otras formas nuevas de buscar apoyo, cariño, cercanía... porque no podemos abrazar a los amigos ni visitar a nuestra familia, ni compartir unas risas, ni acariciar...

El tacto no puede suplirse con nada, pero como canta Drexler, “no se toca el corazón solamente con la mano”.

Sin pandemia, María la de Betania sabía bien que “la dolencia de amor no se cura sino con la presencia y la figura”, en palabras de San Juan de la Cruz. Por eso ella “miró al siervo” que necesita ser sostenido y no dijo nada. Ni una palabra. Sólo tomó el mejor y más costoso perfume que pudo encontrar y acarició (ungió) los pies de Jesús, enjugándolos con su cabellera.

Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. La casa se llenó del gesto, de la cercanía sin palabras, del amor más desinteresado: ése que damos cuando nos damos a nosotros mismos. Cuando damos sin ganar nada con ello. Pura desproporción. Puro derroche. Pura gratuidad. Solamente queremos consolar, sostener, calmar, cuidar...

Y eso, seguramente, irritará a muchos: algunos te pedirán cuentas, como Judas, porque siempre hay urgencias mayores y necesidades que nos reclaman... pero María elige y prefiere acariciar el corazón de Jesús, de su amigo que pasa por un momento complicado. Su amigo que, además, es el Señor de su vida.

Ojalá recordemos a esta mujer toda la Semana Santa. Sobre todo, cuando tengamos que elegir entre hacer algo importante, costoso, visible, práctico... o tener un momento de cercanía sencilla con Jesús, nuestro amigo y nuestro Señor. Todo lo demás no está mal (prácticas religiosas, ritos, sacrificios, ofrendas, rezos, vigilias...) pero hay momentos en que merece la pena elegir un perfume y derramarlo con alguien. Y si esto vale para Jesús, ¿por qué no vivirlo también con los hermanos?l


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