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“Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?”

- 06:48 Opinión

Por el padre Mario Ramón Tenti.

El viernes santo es el único día del año en que no celebramos la Eucaristía, y realizamos un rito llamado “adoración de la Cruz” que lejos de sumirnos en una actitud dolorista nos conecta con el gesto de amor más grande que alguien pudiera realizar ayudándonos a tomar conciencia de nuestra finitud y por lo tanto de la necesidad de Dios que tenemos para vivir.

Aun así, la Cruz de Cristo no ha sido fácil de asumir por los creyentes en el seguimiento de Jesús  y a pesar de las múltiples interpretaciones que las Sagradas Escrituras nos brindan, no deja de ser un misterio, quizás el misterio más profundo de nuestra  fe en Jesús.

La Cruz, y por lo tanto el hecho de la crucifixión,  desde el punto de vista histórico, es el signo más aterrador y  temido que el Imperio Romano utiliza para escarmentar a sus enemigos políticos. Era un acto público, violento e intimidatorio para los opositores del régimen.

Jesús sabía muy bien lo que la Cruz significaba, que incluía el momento previo de la flagelación: golpes, maltrato, escarnio público, es decir, todo tipo de tortura.


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Jesús es sometido a dos especies de juicios: uno religioso, en el patio de Caifás, donde lo condenan por blasfemo, falso profeta con ínfulas de “hacerse pasar por Dios”, y otro, en el pretorio de Pilato, donde es condenado como rey de los judíos, con toda la carga política que este título sugiere.  Allí, Jesús es sentenciado a muerte, y muerte en la Cruz.

Los actos de tortura se suceden con en una película de terror: es desnudado, atado a una columna y flagelado. Recibe todo tipo de afrenta, es coronado con una corona de espinas, y obligado a cargar la cruz, el travesaño horizontal, y caminar hacia el calvario donde lo crucificaran. 

Su cansancio y dolor es tal, que se cae varias veces y no puede llevar la Cruz.  En esas circunstancias, aparece, Simón de Cirene, quién lo ayudará a llevarla hasta el calvario donde es crucificado.  Sobre la Cruz está escrito el motivo de la sentencia: “Rey de los judíos”.  Todos deberían saber y entender, que nadie puede levantarse y cuestionar el poder del imperio y por lo tanto del emperador. La leyenda servía de escarmiento y a la vez de anuncio para que todos aquellos que pretendieran seguir los pasos de Jesús.

¿Cómo podemos adorar este instrumento de tortura y muerte? ¿A caso se trata de aceptar que nuestro destino  es el mismo de los esclavos? Es decir, ¿sucumbir bajo el dominio de los poderosos de turno? Resulta incomprensible y hasta contradictorio adorar la cruz. 


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Sin embargo, sin quitar el velo de misterio que la Cruz encierra, recordando las últimas palabras de Jesús “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” podemos encontrar un motivo que nos devuelva la confianza en Dios. Estas palabras de Jesús surgen desde lo más profundo del corazón humano como un grito de esperanza frente a Dios, que a pesar del dolor y la soledad ante la muerte, sobre todo injusta, sigue siendo “su” Dios, porque en él confía y espera.  El sentimiento de soledad y abandono no lo aleja de Dios, sino que lo acerca a su misericordia, en el cumplimiento de su voluntad. Por eso, la comunidad de Lucas pondrá en boca de Jesús la frase: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.  Es esa, la más profunda y sentida oración de todo creyente, ponerse en las manos de Dios y cumplir su voluntad. Entonces sí, podemos “adorar la Cruz”, en la confianza que finalmente Dios salvará al mundo porque es un Padre de amor.


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