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La espera

Poema de Carlos Virgilio Zurita

- 21:23 Viceversa

Ahora que ya se avecina el ciclo del otoño en el hemisferio sur,

todos estamos confinados, encerrados en nuestras casas,

en esta ciudad equinoccial y en todas las ciudades de la vasta tierra,

encerrados para que ella pase de largo,

procurando evitar a esa deidad insobornable,

a esa mensajera del abismo,

a ella,

que con su callado pie todo lo iguala.

A veces, sin que lo sepa mi mujer, evadiendo el encierro,

abro la puerta y salgo por un momento

a caminar unos pasos, y me asomo a escenarios post apocalípticos.

Calles y calles desiertas,

lejanas personas que se refugian en un portal o desaparecen en las esquinas,

algunos autos que pasan raudamente,

perros buscando ya en vano comida.

Hay un silencio ominoso,

y luces de ventanas que se prenden y apagan,

mientras un viento ahora eterno arrastra y levanta hojas y papeles

que lentamente caen y vuelven a levantarse.

Así es el mundo, ahora, y no sabemos por cuánto tiempo.

En cualquier caso, teniéndolo todo en cuenta,

yo elegiría tener una muerte personal.

Ser absolutamente responsable de sus causas,

es decir, de los cigarrillos fuera de control,

el alcohol excesivo, las prácticas

de escritura en horas desbordadas

el fervor desmedido por mujeres siempre al alcance de la mano

y a la vez imposibles,

y entre mis malos y buenos excesos no quiero olvidar

la fraternidad con amigas y a amigos en noches y madrugadas extremas

conversando, cantando, diciéndonos poemas,

siempre mintiéndonos y dándonos la razón.

Tal fue la historia de mis años.

Si nunca pude ser el dueño de mi vida,

al menos quisiera serlo de mi muerte.

Y es así que ahora un aciago fantasma recorre el mundo.

Tarde o temprano, todos,

quien esto escribe,

y tú, improbable lector, parece

que deberemos dejar nuestro sitio.

Para ti quisiera que se postergue el tiempo de ese encuentro inevitable

y para mí que llegue en la hora precisa.

Pronto habré de saber cuál es esa hora.

En vano interrogué a Tiresias en el Hades,

pero no me ha concedido sus vaticinios,

pregunta dentro de ti, me dijo.

Acaso para encontrar la respuesta que busco, cuál

es la fecha en que mis días quedarán vacíos hacia adelante,

quizás debiera interrogar a Anita que tiene ojos que son

como dos mañanas juntas

o acaso a Teo, gato precioso,

que está ahí y siempre se está yendo,

siempre saltando hacia una pura eternidad.


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