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Simplemente, gracias

Por Sergio Sinay Narrador y ensayista

- 21:43 Opinión

Un antiguo proverbio chino recomienda: “Cuando bebas agua, recuerda la fuente”. Así como damos por hecho que el agua existe y que siempre contaremos con ella, también solemos considerar como naturales muchas cosas que hacen a nuestra vida. El alimento que nos nutre, el techo bajo el cual dormimos, el lecho en el que lo hacemos, la familia que integramos, los amigos que nos rodean, la salud de la que gozamos. Nos hacemos a la idea de que aquello con lo que contamos, tanto en el plano material como en el emocional y afectivo, es algo que nos corresponde, que debemos tenerlo, que es nuestro derecho. Y que cuando no es así, o cuando algo falta, eso se nos debe. Tendemos a pensarnos como acreedores antes que como deudores. Olvidamos que el agua no es lo menos que se nos debe sino un don que recibimos.

Si vivimos aferrados al papel de acreedores siempre veremos en los otros a deudores y no consideraremos aquello que nos dan o que hacen por nosotros. Pensaremos que eso es “lo menos” que aquellas personas “deben” hacer. La psicoterapeuta existencial y escritora austriaca Elisabeth Lukas da cuenta en su bello libro El sentido del momento de algo muy significativo: “Resulta curioso, dice, que apenas existan estudios empíricos acerca del fenómeno del agradecimiento. Las universidades no han caído en el hecho de que se trata de un fenómeno irrenunciable que mantiene presente en la conciencia la trágica estructura de la existencia”. Es verdad. El hecho de que cada noche reposemos en el mismo lecho del cual nos hemos levantado en la mañana es un milagro. Podría perfectamente no ocurrir, nadie nos garantiza que estaremos aquí al final del día. La existencia es frágil, no lo olvidemos. Agradecer es una hermosa manera de recordarlo.

No preguntes, agradece


¿Qué nos impide decir gracias con mayor simpleza, mayor naturalidad y mayor frecuencia? Lukas lo expresa así: “Lo impide, por macabro que parezca, el horror que no se ha vivido (…) No haber clamado desde la penuria”. Sin embargo, no debería ser necesario pasar por el horror y el dolor para ser agradecidos. Sobran motivos para la gratitud, cada día, a cada minuto, a partir de que estamos vivos. El gran pensador y médico Víctor Frankl recomendaba agradecer siempre: “Si no sabes por qué agradeces, decía, quien recibe tu agradecimiento lo sabe”.

Gratia se denominaba en latín al reconocimiento u honra que se hacía a otro por un favor recibido. De allí, la palabra gracias. Cada día, si estuvimos atentos, sobraron los motivos para decírsela a alguien. Nos abrieron una puerta, nos alcanzaron un vaso con agua, nos cedieron el paso, nos desearon buenos días, nos preguntaron por nuestra salud, nos enviaron buenos deseos, nos atendieron con buen talante, alguien nos cedió parte de su tiempo y de su atención, recibimos una caricia, nos apoyaron cálidamente una mano en el hombro, nos ofrecieron acercarnos a un sitio, nos esperaron cuando fuimos impuntuales, nos cedieron un asiento, nos recomendaron un libro, una película, un lugar donde comer o donde descansar, nos sonrieron, recibimos la llamada telefónica que esperábamos, recibimos una llamada inesperada que nos alegró, nos hicieron llegar una invitación, nos abrieron la puerta de una casa, nos cuidaron la mascota, invitaron a nuestros hijos, nos dijeron que se nos veía bien. Volverá a ocurrir. Cuando pase este tiempo extraño de confusos confinamientos, volverá a ocurrir. Basta con estar atento, con prestar atención, con vivir despierto para advertir a cada momento una razón para decir “Gracias”.

Un acto de amor


Cuando decimos esa palabra, nuestra gratitud excede el hecho por el cual la expresamos. Agradecemos, en realidad, porque se nos vio, se nos registró, se nos confirmó nuestra existencia, nada menos, a través de la acción que agradecemos. Aquel a quien expresamos nuestra gratitud construyó un puente hacia nosotros y lo cruzó. Pequeños gestos, actos que aparentemente no requieren esfuerzos, actitudes que no son obligatorias, nos van recordando que vivimos entre otros y que nos necesitamos los unos a los otros para confirmarnos (a través de la mirada, la palabra, la escucha, la acción) que estamos aquí, que estamos vivos. Una persona aislada, en una isla despoblada de todo otro ser humano, llegaría a dudar de su propia existencia.

Quien nos mira, nos habla, nos escucha o tiene un pequeño gesto hacia nosotros ejecuta, aunque no lo parezca, un acto de amor. De la misma manera, quien dice gracias expresa amor hacia un semejante. Manifestar la gratitud nos hace salir de nosotros mismos y nos lleva a mirar más allá del propio ombligo para descubrir que vivimos en un mundo poblado de otros, de semejantes, de prójimos. Nos rescata del amor propio, que, como señala el filósofo francés André Comte-Sponville, requiere toda la gloria para sí, se alimenta de la omnipotencia (“me basta solo, no necesito de nadie”), niega la vulnerabilidad y con ello niega también la necesidad. Pero ocurre que somos todos vulnerables y que todos tenemos necesidades cuya atención requiere de otros. Por todas estas razones nos debemos agradecimiento.

A menudo es el orgullo el que nos impide expresarlo. El orgullo, primo hermano del amor propio, y tan lejano de la humildad. Dice Comte-Sponville que la gratitud está preñada de humildad, una virtud que no le teme a las propias flaquezas y que tampoco especula ni manipula a partir de ellas. El escritor y militar francés Francois de La Rochefoucald (1613-1680) sentenció alguna vez: “El orgullo no desea deberes y el amor propio no quiere pagar”. Con orgullo y amor propio, pues, resulta imposible ser agradecido.

Siembra fecunda


Al reforzar el egoísmo, tanto el orgullo como el amor propio aíslan a las personas, las convierten en islas. Todo lo contrario ocurre con el agradecimiento, que nos conecta a unos con otros, y refuerza la cadena cooperativa que mejora la vida de todos. Bien vale un ejemplo para el caso. A fines del siglo diecinueve un campesino escocés, hombre muy pobre, andaba por un camino cuando escuchó un grito lastimero que llegaba desde una ciénaga cercana. Un muchacho se hundía en el barro. Le extendió su bastón y logró rescatarlo. Al día siguiente llegó a su choza un carruaje elegante. Era el padre del muchacho rescatado, un miembro de la nobleza, y venía a ofrecer una recompensa. El campesino rehusó aceptar. El noble observó que el campesino tenía un hijo y se ofreció a costear la educación del chico. Esto sí fue aceptado. Algunos años más tarde el hijo del campesino se graduó de médico en la escuela del Hospital St. Mary, de Londres, y su nombre trascendería en el mundo. Fue Sir Alexander Fleming (1881-1955), el descubridor de la penicilina. La historia no termina allí. Mucho tiempo después del episodio en el campo, el hijo del hombre poderoso (el mismo que había sido rescatado del pantano), enfermó gravemente de pulmonía y salvó su vida gracias a la penicilina. El noble se llamaba Randolph Churchill, y su hijo era Winston Churchill.

Como decía Frankl, entonces, el agradecimiento siempre llega y no busca recompensas a su vez. Jamás se pierde en el vacío. Es una siembra de la que siempre habrá una cosecha fecunda. Todo el tiempo bebemos de fuentes que quizás no siempre conozcamos, pero a las que le debemos gratitud por el agua que nos dan. l



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