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Manuel Belgrano, su legado: la gran herencia de los argentinos

Por Eduardo Lazzari. Historiador.

- 09:03 Opinión

Hoy se cumplen dos siglos del paso a la inmortalidad del doctor y general Manuel Belgrano. Uno de los grandes genios con los que ha sido bendecido el devenir histórico de los argentinos. Nada hay en Belgrano que sea reprochable. Los aciertos a lo largo de toda su vida se convirtieron en la base de la nacionalidad. Sus errores lo ubican en el carácter de hombre perfectible y la reparación con que Belgrano los corrige es cabal muestra de su estatura moral. En la celebración del hombre más íntegro de los que fundaron un país que por entonces se llamó Provincias Unidas del Río de la Plata, luego Confederación Argentina y finalmente hoy es la República Argentina, nos proponemos hacer el inventario de su herencia para todos los argentinos.

La Bandera

El legado más popular de Manuel Belgrano es, sin duda, la Bandera de la Patria. Hacia fines de 1811, el primer Triunvirato le ordenó a Belgrano dirigirse con sus tropas para fortificar las costas del río Paraná. En la Villa del Rosario, ordenó la construcción de dos baterías de artillería: una en la isla entrerriana del Espinillo, llamada “Independencia” y otra en las barrancas santafesinas llamada “Libertad”. Fue por entonces que decidió la creación de un estandarte que permitiera a los soldados revolucionarios identificarse en los combates y en las batallas por venir.

La tradición oral que ha llegado hasta hoy nos cuenta el hecho y sus protagonistas. Doña María Catalina Echevarría de Vidal confeccionó el paño, que fue bendecido por el párroco del Rosario, Julián Navarro, que fue izado por Cosme Maciel. Era el 27 de febrero de 1812. Se envió una comunicación anterior a Buenos Aires, que dice:

“… He dispuesto para entusiasmar las tropas y estos habitantes, que se formasen todas aquéllas, y les hablé en los términos de la nota que acompaño. Siendo preciso enarbolar Bandera, y no teniéndola la mandé hacer blanca y celeste conforme a los colores de la escarapela nacional; espero que sea de la aprobación de V.E. Dios guarde a V.E. muchos años… Manuel Belgrano”.

La inauguración de la “Independencia” fue una ceremonia marcial y emotiva, realizada en las cercanías de la “Libertad”, aún en construcción. El general Belgrano tomó juramento de lealtad a los hombres destinados al lugar: “Soldados de la Patria: En este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional que ha designado nuestro Excelentísimo Gobierno: …; juremos vencer a nuestros enemigos interiores y exteriores y la América del Sud será el templo de la Independencia, de la unión y de la libertad. En fe de que así lo juráis, decid conmigo ¡Viva la Patria!”.

Finalizado el izamiento de la enseña celeste y blanca, el comandante redactó un oficio destinado al gobierno informando el acontecimiento: “Las banderas de nuestros enemigos son las que hasta ahora hemos usado; pero ya que V.E. ha determinado la escarapela nacional con que nos distinguiremos de ellos y de todas las naciones, me atrevo a decir a V.E. que también se distinguieran aquéllas, y que en estas baterías no se viesen tremolar sino las que V.E. designe. ¡Abajo, … esas señales exteriores que para nada nos han servido y con las que parece que aún no hemos roto las cadenas de la esclavitud!”. Es curioso que ese mismo día, el gobierno despachó el nombramiento de Belgrano como jefe del Ejército del Norte, en reemplazo del general Juan M. de Pueyrredón.

Nacía el más antiguo pabellón nacional de toda la América del Sur. La bandera fue adoptada como tal por el Congreso General Constituyente reunido en San Miguel del Tucumán, el 25 de julio de 1816 y se hizo universal por la circunnavegación de Hipólito Bouchard entre 1817 y 1819. Fue reconocida por primera vez como símbolo de una nación independiente por el rey Kamehameha I de las islas de Hawai. Flameó como estandarte en la toma de California. Fue imitada por las Provincias Unidas de Centroamérica, que la hicieron suya, y heredada por las naciones que surgirían después. Se puede afirmar, sin temor a equivocaciones, que la bandera de Belgrano es la madre de las de El Salvador, Honduras, Nicaragua y Guatemala, y es la inspiración de la de la República Oriental del Uruguay.

Durante muchos años, ya organizada la República, hubo dos banderas oficiales: la de guerra, que incluía el sol patrio de treinta y dos rayos, la mitad flamígeros y la mitad rectos; y la civil, sin sol, con tres franjas iguales en la proporción áurea de 1 ancho por 1,6 de largo. Tras la restauración de la democracia en 1983, el presidente Raúl Alfonsín promulgó el 16 de agosto de 1985 la ley 23.208, que unificó el uso de la bandera nacional para “el Gobierno Federal, los Gobiernos Provinciales y del Territorio Nacional de la Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, así como también los particulares, debiéndosele rendir siempre el condigno respeto y honor”. Desde entonces, la bandera flamea orgullosamente con el sol de la Patria.

Legado en el mundo de las ideas

Belgrano fue el fundador de las ideas argentinas. Como paladín de la libertad, y con el ejemplo de su acción como funcionario, mandatario y militar, marcó la ideología que hizo de la gesta de Mayo de 1810 el proceso más íntegro entre las revoluciones sudamericanas. La claridad de sus conceptos políticos fue liminar en el tiempo que comenzó con las invasiones inglesas de 1806 y culminó en la Independencia de 1816. Sus aspiraciones de grandeza, el imperativo ético de hacer lo que hay que hacer y no conformarse con lo que se puede, y la primacía de la libertad constituyen su gran legado para la posteridad argentina.

Sus estudios de derecho y de economía política fueron iluminados por las lecturas permitidas por el papa Pío VI en reconocimiento a su sapiencia y su prudencia. A los 21 años pudo acceder a los textos de los pensadores revolucionarios franceses y a los de los padres fundadores estadounidenses. Sus escritos como funcionario siempre fueron pensados por Belgrano para difundir y divulgar las ideas modernas y liberales. Las Memorias del Consulado y los decretos que fueron escritos con su pluma son páginas doctrinarias de una coherencia impecable. Es una deuda imperdonable de la Argentina no haber publicado sus obras completas, y es de esperar la pronta resolución de tal ausencia.

En el mundo de las instituciones

Belgrano fue el hombre de la ley. Sus ideas jurídicas se basaban en un principio inalienable: el respeto de la ley y el imperio de su vigencia más allá de toda duda. Decía el prócer que cuando una ley era injusta, no era válido su incumplimiento, sino que el único camino era modificarla siguiendo los pasos de la legitimidad a través de las instituciones establecidas. Cuando tuvo que defender la ley, no dudó en enfrentarse con amigos y adversarios.

Sus doctrinas económicas son el cimiento sobre el que se construyó el proyecto productivo del país moderno: el fomento de la agricultura como fuente de trabajo y creación de riqueza; el auspicio de las industrias para el aumento de la producción y la mejora de la vida de los habitantes; y la formación profesional de los trabajadores, a través de la enseñanza de técnicas y artes modernos.

Su pensamiento político y social ordenó las instituciones durante la Revolución: igualdad de derechos para todos los habitantes, incluyendo a los esclavos, a los que liberó, y a los indios, a los que eximió de sus cargas. Creó órganos representativos e impulsó la adecuación de las estructuras públicas para el servicio de los ciudadanos. Fue el pionero en la lucha por la dignidad de la mujer, a través de la educación y el respeto, hoy patrimonio de cualquier sociedad avanzada, pero que en esos tiempos no era ni siquiera un sueño.

Siguen existiendo hoy la Escuela de Náutica, con su nombre, y las facultades universitarias, surgidas de los establecimientos creados durante su gestión en el Consulado. Quedan las cuatro escuelas construidas con la donación de sus sueldos. El mandato para los maestros fue claro: “…procurará en su conducta …inspirar a sus alumnos amor al orden, respeto a la religión, moderación y dulzura en el trato, sentimientos de honor, amor a la virtud y a las ciencias, despego del interés, desprecio a todo lo que diga a profusión y lujo en el comer, vestir y demás necesidades de la vida, y un espíritu nacional, que les haga preferir el bien público al privado, y estimar en más la calidad de americano que la de extranjero”. Son las escuelas de Tarija, Tucumán y Jujuy, y la escuela “de la Patria”, en Loreto, antiguo curato santiagueño, depositario por lo tanto de la rica herencia belgraniana.

Legado ético

Su abnegación y su altruismo fueron tan extremos que la muerte lo halló con lo puesto. Tuvo que entregarle su reloj al médico que lo atendía para pagar los honorarios adeudados. Hubo de romperse un mueble para obtener el mármol de su lápida. Su honestidad fue tal que no existe siquiera la sospecha de un acto inmoral en toda su trayectoria pública. Su dedicación a todo lo que emprendió: estudios, trabajos, cargos, fue absoluta, sin reservas de ningún tipo, a tal punto que su vida privada quedo reducida a una mínima expresión. Y sobre todo, su capacidad de sacrificio lo ubica como poseedor de un espíritu sin par entre los grandes de la historia. Vale la frase de José de San Martín: “Serás lo que debas ser, sino no serás nada”. Belgrano fue lo que debía ser. Fue todo.

Si los hombres públicos, si los historiadores, si los periodistas, si los economistas, si los maestros, si los estudiantes… en fin, si todos nosotros, los argentinos, nos reflejáramos en el espejo de Manuel Belgrano, la Argentina sería un país mejor, y estaría cerca de los sueños del creador de la Bandera, de los proyectos del vocal de la Primera Junta y daría sentido a los sacrificios de quien fuera el primero en ser llamado el Padre de la Patria.


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