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“No juzguéis y no os juzgarán porque la medida que uséis la usarán con vosotros”

Evangelio según San Mateo (7,1-5)

- 22:22 El Evangelio

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “No juzguéis y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: ‘Déjame que te saque la mota del ojo’, teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita; sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano”.

“Hay que evitar todos los juicios que no están hechos por amor al otro”

Uno de los principales elementos que nos identifican como seres humanos, como personas, es la conciencia, nuestra capacidad de juzgar, nuestro sentido ético y moral. Es un don de Dios que nos hace posible el discernimiento. Y esta capacidad actúa siempre y ante todo. Nos es indispensable situarnos ante los hechos: lo que está bien, lo que está mal, lo que es justo, lo que es verdadero, lo que es conveniente, lo que es ético, lo que causa daño... para poder actuar en consecuencia. Y es imposible dejar de hacerlo: es algo que nos brota automáticamente.

Hay juicios que podemos hacer, y otros que tenemos la grave responsabilidad de hacerlos. No se puede renunciar a ellos, por ejemplo, cuando estamos ante la trata de personas, el comercio de niños para extraerles órganos, las estafas, los bulos, el racismo y la xenofobia, los abusos de menores, la explotación laboral, los intereses económicos que se anteponen a la dignidad de las personas, la defensa de la vida... Retraerse, mirar para otro lado, callarse, lavarse las manos es ser cómplices de todas estas cosas. Todas estas aberraciones humanas competen a la Justicia civil, son crímenes. Y nuestra responsabilidad como bautizados, como profetas está en denunciarlas, nunca esconderlas.

Pero las palabras de Jesús no se refieren a estos asuntos. Estamos en el sermón de la montaña, y Jesús está hablando a los discípulos, a su comunidad (tres veces aparece la palabra “hermano” en tan pocas líneas). Sería de esperar que estos comportamientos no ocurriesen nunca en la comunidad cristiana. Sin embargo pueden darse calumnias, denuncias falsas, maltrato de la pareja, corrupciones, manipulación de conciencias... y otras muchas. En estos casos es necesario juzgar y condenar los actos, pero no es tarea de la comunidad condenar a la persona.

Por otro lado, puede ocurrir y ocurre que mi juicio esté condicionado por las vigas de mi ojo: mis prejuicios, mi ideología, mis propias heridas y frustraciones. Debo informarme bien, contrastar (no sólo con los que están de acuerdo conmigo, “los míos”), tener serenidad y deseos de buscar el bien, la verdad y la justicia... vengan de donde vinieren.

Hay que evitar todos los juicios que no están hechos por amor al otro. Cuando el Evangelio nos dice que “si no juzgamos no seremos juzgados”, está otorgando un inmenso valor a la compasión con el hermano, aunque haya fallado. Jesús mira al pecador, no para juzgar, sino para crear. Su mirada realiza algo nuevo en la persona sobre quien la posa; se hace liberadora, recreadora, sanadora. Por eso nos invita a mirar libres de prejuicios al otro, sin ira, a reconocerlos en su diferencia y valorar sus capacidades, límites y posibilidades.


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