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“Señor, si quieres puedes limpiarme”. “Quiero, quedar limpio”

Evangelio según San Mateo (8,1-4)

- 22:05 El Evangelio

En aquel tiempo, al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente.

En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”.

Extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Quiero, queda limpio”.

Y en seguida quedó limpio de la lepra.

Jesús le dijo: “No se lo digas a nadie, pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés”.

El reto de acercarse y tocar

“Un leproso se acercó a Jesús”. Es sabido que en el tiempo de Jesús ser leproso significaba ser un excluido, alguien que no tenía derecho ni debía estar donde estaba la gente, tenían que mantenerse fuera de las ciudades, y por supuesto fuera de “la ciudad” (Jerusalén con su santo templo).

Carecían de cualquier contacto humano: ni caricias, ni abrazos, ni gestos de cariño o de cercanía... (seguramente ahora que casi no podemos tocarnos, ni abrazarnos, ni darnos un beso... lo comprendemos mucho mejor). Ninguna ayuda recibían (más allá de alguna limosna) para sobrellevar su desgracia: una inmensa soledad. Tenían que avisar de su presencia, dando voces, o con alguna campanilla, para que todos se apartaran a su paso y pudieran ponerse “a salvo”. Habían dejado de ser tratados como “personas”. También tenían vetada su relación con Dios, estaban “dejados de su mano”, ya que esa enfermedad de la piel se considerada un signo de la corrupción interior, del pecado, un castigo divino. Y así es como él se siente este leproso que se atreve a acercarse a Jesús: sucio, necesitado de ser limpiado.

La religión no quería saber nada de ellos, los mantenía al margen. Esto es lo que enseñaba la Sinagoga, la ley de Dios. Ya no se trataba de un “cuidado” o prevención por riesgos de salud . Era una condena en toda regla.

¿No ocurre también hoy que se hace sentir culpable a las víctimas de algunas desgracias, o se “justifica” que estén en esa situación: “es que es un borracho, o un vago”, es que mantuvo prácticas sexuales prohibidas.

Algunas víctimas de abusos han explicado que les hicieron sentir avergonzadas y culpables por parte de sus maltratadores, etc.

No es tan infrecuente que, en el plano personal, social e incluso religioso, nos apartemos de ciertos individuos porque nos resultan incómodos, porque no están en “orden” con la ley de Dios (o de la Iglesia), porque es arriesgado tener contacto con ellos, porque están sucios, porque nos pueden meter en problemas, por su condición sexual o por su color/nacionalidad.

Sin embargo, este leproso no quiere seguir así, y por sí mismo no tiene nada que hacer. Pero intuye que Jesús sí que puede hacer algo por él... y lo compromete.

Jesús, sin embargo, no se enfada, ni le riñe, ni se aparta de él. Y lo primero que hace es extender la mano y “tocarlo”. Empieza por restablecer el contacto humano. Primero físico, y luego de palabra. “Quiero”.

Acercarse a los que están mal, a los que lo pasan mal, a los que no se valoran a sí mismos, a los que están “corrompidos” por dentro o por fuera, aun a riesgo de que nuestro prestigio, nuestra salud, nuestras ventajas... queden “tocadas”... es tarea de los discípulos de Jesús, de la Iglesia entera.


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