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“Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca”

Evangelio según San Mateo (10,7-15)

- 21:40 El Evangelio

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: “Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni túnica de repuesto, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento. Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis. Al entrar en una casa saludad; si la casa se lo merece, la paz que le deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros. Si alguno no os recibe o no os escucha, al salir de su casa o del pueblo, sacudid el polvo de los pies. Os aseguro que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra que a aquel pueblo”.

“Una mirada compasiva y un corazón confiado”

El evangelio de hoy proclama una parte del discurso misionero de Mateo (10,1-42). Jesús nos invita a id, y proclamad que ha llegado Reino de los cielos. Esa realidad del Reino de justicia y paz, tan ansiada por el pueblo de Israel ya está aquí, pero hemos de salir de nuestros círculos concéntricos que siempre nos devuelven a nuestro propio ego, e ir a comunicarlo y transmitirlo a nuestros hermanos y hermanas. Como buen Maestro, Jesús detalla cómo ha de ‘ejecutarse’ esta proclamación. Y para eso nada mejor que realizar gestos de alivio y sanación, gestos que devuelvan la salud y la vida a tanta gente que vive la vulnerabilidad existencial: Curad enfermos, resucitad muertos, arrojad demonios.

Para llevar a cabo esta tarea necesitamos equipar nuestra mochila con dos actitudes: una mirada compasiva y un corazón confiado. Para salir a los caminos de nuestro mundo, que vive una realidad tan imprevisible y tan desconcertante, hemos de ‘activar’ nuestra mirada y ponerla en modo ‘compasiva’, a fin de que nuestras entrañas puedan estremecerse ante el dolor y la fragilidad de nuestros hermanos y hermanas. Pero también necesitamos un corazón confiado en el Señor que nos envía. No necesitamos ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón. Él sabe bien lo que necesitamos para esa misión, qué energías hemos de poner en juego, que dinámicas hemos de desarrollar. En este tiempo en que el ser humano ha vivido y vive la vulnerabilidad, y en ocasiones hasta la precariedad, como seguidores de Jesús, no podemos quedarnos de brazos cruzados siendo meros espectadores. El Señor nos pide que nos impliquemos, y si es necesario, que nos compliquemos. Basta reconocer con gratitud que ‘lo que hemos recibido gratis, hemos de darlo gratis’.

¿Qué gestos de alivio y sanación, ante esta vulnerabilidad estoy realizando para proclamar que el Reino ya está aquí? ¿Llevo en mi equipaje existencial una mirada compasiva y un corazón confiado?.


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