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Libros santiagueños para releer durante la cuarentena y después

Por José Andrés Rivas. Miembro correspondiente de la Academia Argentina de Letras.

- 21:54 Opinión

Antes de escribir esta página quiero confesar que la misma es una reelaboración de las respuestas que le di hace unos años al director de una revista cultural, cuando me pidió que hiciera una lista de libros de autores santiagueños, que deberían leerse. Yo accedí, pero con una salvedad: que en esa lista sólo figurarían autores fallecidos para evitar susceptibilidades.

La otra salvedad era que solo nombraría a narradores y ensayistas.

Aquella lista comenzaba, recuerdo, con dos libros de Orestes Di Lullo: La agonía de los pueblos y Viejos pueblos escritos bajo la influencia de un libro del clásico español Azorín. A los libros de Di Lullo, tal vez el mayor prosista de nuestras letras, los reeditó la Fundación Cultural hace una década. Esos libros nos brindan el más complejo desvelamiento de las riquezas y secretos de los pueblos del interior santiagueño.

Agrego los libros de Bernardo Canal Feijoo: Nivel de historia y otras proposiciones, en donde Canal presenta la primera periodización nuestro pasado, La expresión popular artística de Santiago del Estero y el drama Pasión y muerte de Silvestre Leguizamón.

Sería incompleta cualquier lista en la que no figurara la primera de parte de Shunko, sobre todo la de la primera edición porque es la más próxima a los recuerdos que evocan y en la que se aparece el personaje más justamente querido de nuestras letras. También su mejor libro de cuentos, La viuda negra, cuyos dos primeros relatos pueden figurar entre los mejores de nuestro país.

Obviamente en esta nómina no pueden faltar El país de la selva de Ricardo Rojas y Siluetas contemporáneas de Pablo Lascano, el principal representante de la Generación del ´80 en Santiago.

En el ensayo no podrá faltar el fundamental estudio de Octavio Corvalán sobre Canal Feijoo y la pasión mediterránea.

Tantas veces hablamos de la ignorancia en la que, a veces, nos tienen, que nos olvidamos de que nosotros también ignoramos a los escritores de nuestro interior. En esta lista entrarían, sin duda, Los tipos de mi fogón de Andrónico Gil Rojas, un escritor que sedujo a Canal Feijoo y Jorge Washington Ábalos. los cuentos de El salitral santiagueño de Ramón Gallardo, que publicó Ricardo Dino Taralli en sus Cuadernos de Cultura, y la visión del Chaco santiagueño en los relatos de Carlos Domingo Yáñez, uno de los mejores narradores del interior santiagueño.

Otro libro es la novela La gran sequía de Moisés Carol, en la que aparece la secta de los “ulalos” junto a Roberto Arlt, que vino ver los estragos de la “gran sequía” después del artículo que publicó Canal en un diario porteño. Carol también merece el recuerdo porque dirigió la edición del cincuentenario de El Liberal en diciembre del 48 y la revista Centro, una de las mejores herencias que dejó la generación de La Brasa.

La novela Casas Enterradas de Carlos Manuel Fernández Losa es de imprescindible relectura y los Ensayos, que compiló felizmente su viuda.

No quiero olvidarme de mi amigo Oreste Edmundo Pereyra, Doctor Honoris Causa de nuestra Universidad Nacional, y de su cuento La Ciudad Perdida, que encabeza el libro del mismo título.

De los autores con los que me unió sobre todo el afecto, recuerdo Hueracoche y otros cuentos de Horacio Germinal Rava, autor de un Panorama de las letras santiagueñas; La luna negra y El retablo de la gobernadora de Clementina Rosa Quenel. De Marta Cartier señalo La Brasa, una expresión generacional santiagueña y las novelas de Fina Moreno Saravia.

Casi cuarenta años dedicados al estudio de nuestras letras me permiten omitir algunos textos de difícil acceso, como la Agustina de Francisco Macareno Viano; El vuelo del Kakuy de Rosario Beltrán Núñez; Añatuya, Añatuya de Vicente Oddo; Los provincianos de Gregorio Guzmán Saavedra; Tolvanera de Carlos Bernabé Gómez; Kilómetro 1137 de Graciela Alicia López; La vida del peón en los obrajes del Chaco de Carlos Abregú Virreira, etc.

Antes de terminar regreso al comienzo de esta página para reiterar que, a esta lista, en la que aquí agrego algunos escritores que fallecieron después, se la había dado a un periodista santiagueño hace algunos años. Vale la pena agregar que después de que él la publicó, dos escritores que no figuraban allí, vinieron a increparme en el bar Los Cabezones, porque ellos no aparecían.

Yo les dije que era cierto, pero que ellos incurrían en el error de estar vivos, por lo que no hubiera podido incluirlos.

Raúl Lima -a quien el muy culto Juan Carlos Rímini había prologado impecablemente uno de sus libros- estaba allí y dijo con mucha ironía que era capaz de morirse para que yo lo incluyera.

Con la misma ironía le respondí que podía hacerlo si quería, pero que no le garantizaba que por eso lo iba a incluir también en la lista.


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