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“El que pierda su vida por mí, la encontrará”

Evangelio según san Mateo 10, 34 11, 1

- 21:11 El Evangelio

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

“No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa.

El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará.

El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa”.

Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.

“No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz”

En la última cena, Jesús les dice a sus discípulos: “Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo”. Quizá sea esto lo que esté tratando de decir cuando ahora asegura que no ha venido a sembrar paz. Desde luego no ha venido a adormecer conciencias, como hace la paz que nos ofrece el mundo; una paz que no se cimenta en la Verdad y la Justicia, sino en la evasión, en el egoísmo tranquilo que no se complica. No. Desde luego, Jesús no ha venido a traer esa paz. Todo lo contrario.

Aquel que se hace discípulo suyo, aquel que se encuentra verdadera y existencialmente con él se siente irremediablemente urgido a hacer de él el centro, medida y razón de todo lo demás, también de sus relaciones, complicándose muchas veces la existencia, al menos a los ojos del mundo.

Cuando dejamos que sea la fe y la búsqueda de la voluntad de Dios las que marquen nuestro camino, muchas veces experimentamos la guerra, incluso en nuestro interior. Una batalla entre nuestra mundanidad práctica, tranquila y egoísta, y la fidelidad a una llamada interior que no se conforma, que anhela la Verdad y la coherencia. Es esa la guerra que provoca Jesús. Una guerra donde los enemigos de cada uno serán los de su propia casa.

El encuentro con Jesús, con su Palabra, cada día, pone patas arriba nuestra comodidad, nuestro letargo y nos hace enfrentar batalla con nuestras propias mundanidades asumidas.

Y, también, este primer lugar que reclama Jesús nos puede enfrentar en nuestras relaciones. No porque él desprecie la unidad familiar o los lazos humanos. No se trata aquí de un descartar entre lo que amamos y lo que odiamos, no está pidiendo ser el único en nuestras vidas, sino el primero. Es un poner de manifiesto lo que en nuestra vida ocupa el primer puesto, y resituar desde ahí lo que es secundario o, mejor dicho, lo que está en función de esa prioridad. Se trata de un orden distinto y más profundo de enfocar los vínculos humanos.

En su propio recorrido biográfico Jesús vivió esta pertenencia a Dios sin despreciar a quienes eran sus padres. Al ser hallado en el templo, siendo un adolescente, ya les recuerda: “¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?” y, aun más, a la mujer espontánea que bendice a María por su maternidad biológica, Jesús especifica: “Dichosos más bien lo que oyen la Palabra de Dios y la guardan”.


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