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La vida no es un envase vacío

Por Sergio Sinay.

- 21:35 Opinión

“La piel frágil, lampiña y mal irrigada de los humanos acusaba enormemente la ausencia de caricias. Una mejor circulación de los vasos sanguíneos cutáneos, una ligera disminución de la sensibilidad de las fibras nerviosas de tipo L permitieron, a partir de las primeras generaciones neohumanas, mitigar el sufrimiento inherente a la falta de contacto”.

En “La posibilidad de una isla”, novela de 2005, el escritor francés Michel Houellebecq narra el final de la especie humana y su remplazo por los neohumanos, seres que se reproducen a partir del ADN conservado de los humanos. Esto permite una clonación infinita de los especímenes originales, aunque las reproducciones ya no son lo que eran los seres verdaderos. Desprovistos de emociones, híper racionales, algo así como pensamiento puro envasado en cuerpos que se suceden iguales a sí mismos, sin envejecer y sin sentir, han logrado el aislamiento total e indoloro de cada uno.

No necesitan de nadie, cada neohumano se basta a sí mismo, sin nostalgia, sin miedo, pues la muerte es una noción de la que carecen, así como no poseen sentimientos, aunque los comprenden intelectualmente mediante el estudio de las memorias de los humanos originales.

La novela, una de las más estremecedoras, desafiantes y filosóficamente audaces de un autor que pone la escritura y el cuerpo en temas siempre desafiantes y extremos (ahí están como prueba sus obras Las partículas elementales, Plataforma, Serotonina o Sumisión), al punto que fue víctima de descalificaciones y amenazas de muerte, está narrada en dos momentos.

Uno es el del final de la decadencia humana, una era hedonista, narcisista, desapasionada, consumista, que es la actual, contada por Daniel, un famoso humorista y cineasta, y el otro momento, veinte siglos más tarde, es narrado por la vigésima quinta reencarnación tecnológica del mismo Daniel, con quien comparte nombre y data de hechos vividos, pero nada que de lo que conocemos como humano.

Leída, o releída, en tiempos de coronavirus y de cuarentenas interminables, que comenzaron siendo un medio para preservar la vida y se convirtieron en un fin en sí mismo, al punto en que esas vidas preservadas y encapsuladas en confinamientos, aislamientos, vigilancias y prohibiciones podrían prolongarse eternamente, aunque empezaran a extraviar su propósito existencial, La posibilidad de una isla es una experiencia inquietante y remite a reflexiones sobre el presente.

Aunque el tiempo final de la especie es líquido, como diría el gran pensador polaco Zygmunt Bauman (1925-2017), carente de arraigos, compromisos y visiones, aún quedan las pasiones humanas, el dolor, el amor, la voluntad de sentido, incluso cuando este se extravíe. En la inmortalidad artificialmente lograda, en esa supervivencia que aparece como un “triunfo” de la ciencia y de la técnica, pero vacía de sentido y propósito, algunos neohumanos empiezan a desear la muerte real, algo que dé un significado a vidas prolongadas porque sí. Empiezan a anhelar algo que nunca experimentarán: “la dulzura del sueño cuando llega junto al ser que amamos”, según lamenta Daniel 25, dos mil años después del Daniel original.

Reiteradamente justificada con filminas, estadísticas, declaraciones oficiales patéticamente contradictorias entre sí, promesas y explicaciones científicas abstrusas y cambiantes, y manipulación del miedo, la retahíla de cuarentenas a que fue sometida la sociedad desde el 20 de marzo de 2020 en adelante parecía tener como fin lo que describe la frase inicial de esta columna, tomada de la novela de Houellebecq.

El acostumbramiento de las personas a una vida sin contacto, sin otro horizonte que estar, permanecer, no morir. Preservar el envase de una vida prescindiendo del contenido. Porque la verdadera vida es una aventura riesgosa. Hoy y siempre, con y sin Covid-19. Vivir es vivir para algo. Lo contrario de simplemente respirar y permanecer.


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