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Un día milagroso

Por Sergio Sinay. Psicólogo y escritor.

- 21:33 Opinión

Es posible que nada sea más fugaz y perecedero que el presente. Cualquier presente, ya sea feliz o doloroso, responde a esa característica. Es inatrapable. A cada segundo se convierte en pasado. A veces reciente, a veces remoto, pero pasado. Y, además, es incierto. En su más reciente novela, titulada “Máquinas como yo”, el escritor inglés Ian McEwan (que merecería el premio Nobel de literatura si este no fuera inevitablemente manipulado y desvirtuado al compás de tramoyas políticas), lo dice con lucidez.

Charlie, el protagonista de su relato, reflexiona en un momento de esta manera: “El presente es el más frágil de los constructos improbables. Cualquier parte de él, todo él, podría ser diferente. Esto resulta cierto respecto del asunto más pequeño y del asunto más grande”. A continuación, enumera una serie de hechos que ocurrieron de una manera a lo largo de la historia humana, pero que bien podrían haber sucedido de un modo distinto, o incluso no haber acontecido. Por ejemplo, que William Shakespeare (1564-1616), el más grande dramaturgo trágico de todos los tiempos, hubiese muerto a los cinco años, cosa común en su época, y, por lo tanto, obras maestras e imperecederas como “MacBeth”, “Hamlet”, “Romeo y Julieta”, “Otelo”, “Rey Lear” o “Ricardo III”, no haberse escrito jamás.

Nadie lo habría echado de menos, piensa Charlie, pero sin duda el mundo sería hoy más gris. Estados Unidos podría no haber perfeccionado la bomba atómica y no habría habido cientos de miles de muertos en Hiroshima y Nagasaki solo con el fin de probarla, imagina el protagonista.

EL AZAR DE LA EXISTENCIA

La reflexión que propone McEwan termina imaginando que sesenta y seis millones de años atrás la tierra hubiese girado, esquivando el meteorito que se estrelló contra el planeta. Si eso hubiera ocurrido, no se hubiese producido “el polvo de yeso fino del Yucatán que nubló el sol”. Y los dinosaurios habrían seguido viviendo y negándole espacio vital a los mamíferos, “simios inteligentes incluidos”.

Ese párrafo estremecedor nos despierta de la perezosa naturalidad con que damos por sentada no solo nuestra existencia personal, sino la de la especie. Sin embargo, nada ni nadie nos extendió jamás una garantía sobre esa existencia, y así cómo es posible pensar que los humanos podríamos no haber aparecido nunca, lo mismo es aplicable a la vida de cada uno de nosotros como individuos. Cerramos los ojos en nuestras camas cada noche con escasa conciencia de que estamos protagonizando un milagro. El de haber existido durante un día más. Un día que puede haber incluido momentos felices o dolorosos (o felices y dolorosos), logros y decepciones, alegrías y angustias, amores y rencores, placeres y enojos. Días memorables o fácilmente olvidables. Días oscuros o luminosos. Apenas minúsculos e imperceptibles granitos en las infinitas arenas del tiempo, cada uno de nosotros podría no haber existido nunca o podría dejar de existir, por múltiples, desconocidas e incontrolables razones, en cualquier hora, minuto o segundo de cada día.

Que estemos aquí, sea del modo que fuere, en el final de un año y el comienzo de otro, es, si se mira bien, un privilegio. Acaso no fue el mejor año, no resultó el esperado, o quizás fue el mejor de nuestra vida. Calificarlo es una cuestión personal e intransferible. Cada existencia es única, cada peripecia es propia y singular. Si hay algo que todas tienen en común es que nos encuentran vivos y presentes. Si sobrevivir a cada uno de los 365 días de cada año significa ser parte de una cadena de milagros, cada una de esas jornadas encierra a su vez pequeños, breves, sutiles y silenciosos milagros que merecen más atención y más agradecimiento de los que usualmente les prodigamos.

Ralph Waldo Emerson (1803-1882), filósofo y poeta estadounidense que en los principios del siglo diecinueve impulsó la filosofía vitalista (para la cual todas las cosas y seres del mundo poseen un alma propia cuyo aliento es la base de la existencia) consideraba que tanto es un milagro soplar las hojas de un trébol como ver caer y escuchar las gotas de la lluvia. Ponía luz así sobre los milagros imperceptibles que nos rodean.

En esa línea, el ex monje, psicoterapeuta y escritor contemporáneo Thomas Moore, propone que cada persona pueda crear su religión personal sin renegar de ninguna creencia, y erigir en su mente y en su corazón el templo de la misma. En su libro titulado precisamente “En busca de una religión personal”, Moore escribe: “Imagina el impacto que tendría en tu religión si cambiaras tu sentido de lo milagroso de una asombrosa hazaña realizada por un maestro o mago a una profunda apreciación del milagro de la lluvia. Serías una persona diferente que vive un tipo de vida diferente”.

CON SOLO ABRIR LOS OJOS

Todo milagro convive con el misterio. Los problemas se resuelven. Los secretos se revelan. Los milagros no tienen resolución ni descubrimientos. Con ellos se convive, ante ellos, en todo caso, caben el asombro y el respeto. Para percibirlos es necesaria una atención abierta y flotante, que no se aferre a respuestas prefabricadas, que pueda desligarse por un momento de las certezas y se rinda a lo maravilloso. Cuando ejercemos ese tipo de atención podemos descubrir lo maravilloso en una mirada, en una caricia, en un mimo a nuestra mascota o de ella hacia nosotros, en los sonidos de la naturaleza, en un “buen día” dicho o recibido como intención y no como formalidad, en el aroma de una planta, en la salida o la puesta del sol, en el zumbido de una abeja mientras trabaja, en los movimientos de un bebé que comienza a caminar, en la voz de un amigo o amiga, en la lenta cocción de algo que cocinamos por mano propia, en un párrafo del libro que tenemos entre manos, en la conversación con que acompañamos el mate, en la sonrisa de esa persona desconocida con que nos cruzamos y a la que acaso no volvamos a ver.

Esta enumeración podría prolongarse durante páginas y páginas sin agotarse. Y podría ser continuada por cada persona que la lea según sus propias percepciones y descubrimientos de los milagros con los que convive. Sin olvidar que cada uno de ellos es posible debido al milagro mayor: el de estar una vez más vivo en este día.

El registro de los pequeños milagros cotidianos requiere un tiempo, una disposición y una actitud que no parecen propios de esta época. ¿Cómo escuchar los milagrosos sonidos del mundo con los oídos obturados por auriculares que actúan como muros aislantes? ¿Con qué ojos admirar las pequeñas maravillas del entorno cuando los propios están secuestrados por pantallas de celulares y computadoras que no los liberan? ¿Dónde obtener el tiempo para un encuentro, una conversación, una caricia cuando urge la prisa por llegar pronto a ningún lugar? Imposible saber cuántos milagros que estaban allí, a un paso, pasaron inadvertidos en los últimos días, semanas, meses y años de nuestras vidas, porque ni los oídos, ni los ojos, ni la mente ni el corazón estaban dispuestos para el descubrimiento. Pero gracias al milagro de estar aquí una vez más, cuando otro día comienza, es posible maravillarse ante los que acontecerán en cuanto despertemos la atención y abramos los ojos, los oídos y el corazón.


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