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Violencia de género en pleno aislamiento: el lado oscuro de otra pandemia y el femicidio como un acto diario

Por el Lic. Mariano Vega Botter. Neuropsicólogo.

- 21:35 Santiago

Buen día, hoy les voy hablar de los datos estadísticos y alarmantes de la violencia de género en las consultas realizadas por dicho mal que aqueja a miles de mujeres tanto en Argentina como en el mundo en general, las situaciones que se viven en plena cuarentena con las parejas que obligatoriamente deben estar en confinamiento llegan a la tolerancia 0 y se produce toda una transformación de los hábitos y costumbres que se tenían en una vida normal o acostumbrada a una cotidianeidad a pasar a estar encerrados y con protocolos rígidos de confinamiento. Así es como el Covid-19 es protagonista principal, además de las situaciones patológicas en los hechos de femicidios y violencia de género.

Comencemos a redactar lo difícil que se le hace a la pareja poder mantener el equilibrio ante tanta incertidumbre y malestar que causa esta pandemia. Durante meses, la población mundial ha vivido confinada en sus casas. Esta fue una de las principales medidas para frenar la expansión de la pandemia causada por el nuevo coronavirus, que ya va dejando más de 375.000 muertes en todo el mundo.

En Argentina, el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidades informó a mediados de abril que con la cuarentena se había registrado un aumento del 39% de las consultas por violencia de género. El confinamiento ha reforzado la situación de aislamiento en la que se encuentran miles de mujeres que conviven con su agresor. El hecho de no poder salir de casa también ha provocado que muchas de estas mujeres tengan más difícil el acceso a los recursos de protección.

Además, se estima que la crisis económica provocada por la pandemia también afecte a las mujeres más vulnerables que, en muchos casos, dependen económicamente de sus parejas. Lo que pude recoger de las informaciones publicado por ONU Mujeres, la enfermedad Covid-19 se ha convertido en la “situación perfecta” para ejercer un comportamiento controlador y violento en el hogar. Y el aumento de las cifras en diferentes países lo confirma.

En el último año, alrededor de 243 millones de mujeres y niñas de todo el mundo han sufrido violencia sexual o física por parte de un compañero sentimental. Es muy probable que esta cifra aumente debido al avance de la pandemia de Covid-19, que ha afectado tanto al bienestar de las mujeres como a su salud sexual y reproductiva, a su salud mental y a su capacidad de liderazgo en el ámbito social, laboral y político.

En este momento en el que 90 países están en situación de confinamiento, 4000 millones de personas se refugian en casa ante el contagio mundial del Covid-19. A medida que los países informan sobre la infección y el confinamiento, cada vez son más las líneas de atención y los refugios para la violencia doméstica de todo el mundo que notifican un incremento de llamadas en busca de ayuda.

En Argentina, Canadá, Francia, Alemania, España, Reino Unido y los Estados Unidos, las autoridades gubernamentales, las personas que defienden los derechos de las mujeres y aliados de la sociedad civil han señalado un aumento de las denuncias de violencia doméstica durante la crisis y mayor necesidad de protección de emergencia.

Los “celos” y la agresividad activa van habitualmente de la mano

Estas dimensiones son, desde un punto de vista psicológico, un tipo de emoción tan compleja como letal, adonde confluye desde el miedo al abandono, el sentimiento de humillación y por supuesto la ira, en donde deja la pasividad para llegar al acto al paso sobre la violencia hacia su pareja mujer. Así, el hecho de sentir “celos” es algo que, como bien sabemos, no sabe de edad, género o cultura y que genera, a su vez, situaciones tan peligrosas como destructivas y hasta mortales. No existe un perfil específico ni en agresores ni en víctimas de violencia de género.  Pero en el caso de los maltratadores se puede recoger una serie de factores que la mayoría tiene antes de ejercer la violencia. En cambio, las mujeres víctimas no tienen rasgos definidos previos a la violencia sino que, como consecuencia, adquieren unos caracteres después de sufrir maltrato.

Salud mental

Lo que más afecta a una mujer que ha pasado por una situación de maltrato es la autoestima. El maltrato psicológico no se aprecia tan fácilmente como el físico. Se va minando la dignidad poco a poco hasta destruir el amor propio de la pareja. Como resultado de continuas faltas de respeto hacia el físico y carácter por parte del agresor, la víctima queda anulada completamente como persona.

Entonces puede sufrir depresiones, estrés y ansiedad. Trastorno del sueño. Fobias y pánico. Síndrome de estrés postraumático. Revictimización de la propia víctima. Vergüenza y temor. Aislamiento. Incapacidad de toma de decisiones. Problemas alimenticios.

Salud reproductiva

Falta de apetito sexual o rechazo a mantener relaciones sexuales. Desinformación de posibles enfermedades sexuales. Infecciones de transmisión sexual. Sangrados vaginales.

Si la mujer se encuentra en estado de embarazo al sufrir malos tratos puede tener las siguientes consecuencias al  ser golpeada en la zona sensible:

Aborto. Poco peso del recién nacido. Mortalidad del recién nacido.

Salud física

A causa del maltrato más visible que es el físico se pueden tener las siguientes consecuencias: obesidad, traumatismos como heridas, cardenales, moretones, roturas o desgarros. Minusvalía. Inconvenientes a la hora de respirar. Problemas en las zonas golpeadas como cabeza, estómago, cuello, etc.

Violencia, confinamiento, pandemia y una situación incontrolable

El confinamiento aviva la tensión y el estrés generados por preocupaciones relacionadas con la seguridad, la salud y el dinero. Asimismo, refuerza el aislamiento de las mujeres que tienen compañeros violentos, separándolas de las personas y los recursos que mejor pueden ayudarlas. Es la situación perfecta para ejercer un comportamiento controlador y agresivo en el hogar. De forma paralela, al tiempo que los sistemas sanitarios se esfuerzan al límite, los refugios para la violencia doméstica alcanzan también su máxima capacidad, agravándose el déficit de servicio al readaptar dichos centros a fin de ofrecer una respuesta adicional al Covid-19.

Incluso antes de que existiera el Covid-19, la violencia doméstica ya era una de las violaciones de los derechos humanos más flagrantes. En los últimos 12 meses, 243 millones de mujeres y niñas (de edades entre 15 y 49 años) de todo el mundo han sufrido violencia sexual o física por parte de un compañero sentimental. Y, con el avance de la pandemia del Covid-19, es probable que esta cifra crezca con múltiples efectos en el bienestar de las mujeres, su salud sexual y reproductiva, su salud mental y su capacidad de liderar la recuperación de nuestras sociedades y economías, y de participar en ella.

Tradicionalmente, los bajos índices de denuncia generalizados respecto de la violencia doméstica y de otro tipo han dificultado las medidas de respuesta y la recopilación de datos. De hecho, menos del 40 por ciento de las mujeres que sufren violencia buscan ayuda de algún tipo o denuncian el delito. Menos del 10 por ciento de estas mujeres que buscan ayuda recurren a la policía. Las circunstancias actuales complican todavía más la posibilidad de denunciar, lo cual incluye las limitaciones de las mujeres y las niñas para acceder a teléfonos y líneas de atención y la alteración de servicios públicos como la policía, la Justicia y los servicios sociales.

Es posible que dicha alteración también ponga en riesgo la atención y el apoyo que necesitan las sobrevivientes, como la gestión clínica de las violaciones, y el apoyo psicosocial y para la salud mental. Además, se fortalece la impunidad de los agresores. En muchos países la ley no está de parte de las mujeres; uno de cuatro países no tiene leyes que protejan específicamente a las mujeres contra la violencia doméstica. Si no se aborda debidamente, esta pandemia en la sombra se añadirá al impacto económico del Covid-19.

En el pasado, el costo mundial de la violencia contra las mujeres se ha estimado en aproximadamente 1,5 billones de dólares estadounidenses. Esta cifra sólo puede aumentar en este momento que crece la violencia, y seguir aumentando una vez superada la pandemia. El aumento de la violencia contra las mujeres se debe solucionar de manera urgente con medidas integradas en el apoyo económico y paquetes de estímulo acordes con la gravedad y la magnitud del reto que reflejen las necesidades de las mujeres que se enfrentan a diversas formas de discriminación.

El Secretario General de las Naciones Unidas ha instado a todos los gobiernos a que hagan de la prevención y la gestión de la violencia contra las mujeres una parte fundamental de sus planes de respuesta nacionales ante el Covid-19. Los refugios y las líneas de atención para las mujeres se deben considerar como un servicio esencial en todos los países, y deben contar con financiación específica y amplios esfuerzos destinados a mejorar la difusión de su disponibilidad.

Las comunidades y las organizaciones de base y de defensa de las mujeres han sido clave a la hora de prevenir y acometer crisis anteriores, y la función que actualmente desempeñan en primera línea debe respaldarse con financiación que se mantenga a más largo plazo. Se deben potenciar las líneas de atención, el apoyo psicosocial y el asesoramiento en línea, empleando soluciones tecnológicas como, por ejemplo, los SMS, las redes sociales y redes digitales para ampliar el apoyo social y llegar a las mujeres que no tienen acceso a teléfonos o Internet.

Los servicios policiales y judiciales se deben movilizar a fin de garantizar que se otorgue la mayor prioridad a los incidentes de violencia contra las mujeres y las niñas, para evitar que los agresores queden impunes. También el sector privado tiene un papel importante que desempeñar, ya que puede compartir información, alertar al personal de hechos y peligros relacionados con la violencia doméstica y fomentar iniciativas positivas como el reparto de tareas de cuidado en casa.

El Covid-19 ya nos está poniendo a prueba de maneras que la mayoría de personas nunca habíamos experimentado con anterioridad. Provoca tensiones emocionales y económicas que nos esforzamos por combatir. La violencia que actualmente aparece como una mancha negra de esta pandemia es un reflejo de nuestros valores, nuestra resiliencia y nuestra humanidad compartida, que se ven ahora amenazados. Nuestro empeño no debe consistir únicamente en sobrevivir al coronavirus. Debemos renacer de esta crisis con mujeres fuertes, que ocupen el centro mismo de la recuperación.

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