×

Peste

- 14:01 Opinión

Por Gisela Colombo. Escritora. Profesora y Licenciada en Letras

Las catástrofes naturales han sido interpretadas durante milenios como expresión de la ira de los dioses.

El ejemplo más emblemático de este asunto en los mitos griegos es el que consigna Homero en La Ilíada, cuando inaugura el texto con una asamblea del ejército en la que se discute con mucha inquietud el origen de las pérdidas que están sufriendo los aqueos. Pronto llegará Calcante, de vuelta del oráculo de Delfos con la información de que todo se debe a la ira de Apolo contra Agamenón. El conductor del ejército de mil naves y rey de Micenas había raptado a Criseida, hija de Crises, y la retenía como su botín de guerra, su esclava sexual. Pero Apolo atendió los reclamos de Crises y comenzó a enviarles enfermedades que fueron diezmando al ejército antes incluso de desembarcar en las playas de Troya.

Así, mediante una interpretación similar, pretendidamente sacra, se enseñó a la población toda clase de normas. Algunas impactaron sobre los problemas sanitarios aun cuando no hubiera laboratorios que permitieran saber que las bacterias se transmitían exponencialmente cuando no se realizaban los ritos funerarios. De tal modo, fuera cierto o no el castigo de los dioses, pensar eso evitó algunas epidemias.


Te recomendamos: Los peligros del ‘Sí, se puede’


El mayor desafío que encierran las enfermedades contagiosas es comprender la importancia de cada individuo en la sociedad. En una cultura individualista como la actual naturalmente cuesta mucho supeditar las acciones personales al bien de una entelequia llamada “sociedad”.

Ya ha habido unos cuantos casos en que alguien ignoró las recomendaciones e incluso las leyes que nos han propuesto como prevención. La conciencia de que somos, como comunidad, un organismo vivo suele ser intermitente en países como el nuestro.

Esta enfermedad, el coronavirus, produce un efecto no tan distante al que provocan cuestiones mucho más leves pero más habituales. En esas ocasiones se acredita también el incumplimiento de las normas necesarias “por el bien de todos”. Las epidemias de pediculosis son un ejemplo de esto. Si la mitad de un aula escolar dedica horas a hacer tratamientos para combatir a los piojos, pero la otra mitad ignora la necesidad, tarde o temprano todos los niños padecerán sus efectos, por más esfuerzos que hayan hecho los padres de la primera mitad.

Más allá de la gravedad médica del caso, la desobediencia no es un dato menor. Porque revela algo esencial en la vida humana: la incapacidad de comprender existencialmente que nos necesitamos unos a otros. Vivimos en sociedad y unos resultamos el remedio de otros.

Los griegos enseñaban este asunto mediante el mito de Quirón. El centauro conocía los secretos de la medicina y era capaz de curar en todos los casos. Exceptuando sólo una ocasión. Quirón había sido accidentalmente lesionado por Heracles con un flechazo cuya herida no cerraba jamás. El sufrimiento permanente del centauro que era inmortal lo decidió finalmente a rechazar su inmortalidad y donársela a Prometeo.


Te recomendamos: Argentina: un ADN romántico


Zeus, el dios de dioses olímpicos, se lo permitió y lo erigió al trono celeste que se conoció desde entonces como la Constelación del Centauro.

Lo cierto es que el mito nos deja una verdad innegable. Nadie es capaz de salvarse a sí mismo.

La ley nos obliga a pensar en todos, como un deber. Aunque la observancia de las normas y el amor al prójimo, más que imperativos, son hoy simples sinónimos.


Más noticias de hoy