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El mérito de la prudencia: una hoja de ruta frente a la rivalidad entre Washington y Beijing

Por Mariano Caucino. Especialista en Relaciones Internacionales. Ex embajador argentino en Israel y Costa Rica.

- 12:22 Opinión

Hace pocos días, las autoridades kirchneristas del Partido Justicialista anunciaron con orgullo haber mantenido un promocionado encuentro virtual con jerarcas del Partido Comunista Chino. Días más tarde, durante un seminario organizado por el Círculo de Legisladores, el ex canciller y actual senador Jorge Taiana abogó por una rápida adhesión de la Argentina a la llamada “Ruta de la Seda” (BRI, por sus siglas en inglés correspondientes a la Belt and Road Initiative). Medios oficiales dejan saber que la jefa política del gobierno quiere que el Presidente de la Nación viaje pronto a la capital china para firmarla.

Pero los kirchneristas no son los únicos hipnotizados por los logros de la República Popular. Habiendo alcanzado una virtual paridad económica con los Estados Unidos, dotada de armas nucleares, un asiento permanente en el Consejo de Seguridad y una política de aumento constante de sus gastos militares, China es hoy indiscutiblemente el segundo país más poderoso de la tierra.

Una serie de reformas tendientes a la apertura económica y la introducción de la reglas capitalistas decretadas por Deng Xiaoping a partir de 1978 lograron en pocas décadas convertir a la China feudal de tiempos de Mao en la superpotencia económica de nuestros días. Sin embargo, los líderes chinos conocen perfectamente las debilidades persistentes de su realidad geopolítica. Beijing mantiene difíciles relaciones con prácticamente todos sus vecinos y si bien en la última década ha mejorado notoriamente su vínculo con Rusia, los jerarcas chinos no ignoran que ello es en rigor una anomalía histórica. Una circunstancia sólo explicable por una serie de políticas occidentales que necesariamente fueron interpretadas como agresivas por Moscú, entre las cuales la más significativa fue indudablemente la expansión de la OTAN a lo largo de países que integraban el Pacto de Varsovia.

Del mismo modo, el esquema meritocrático de la nomenclatura del Partido Comunista no ignora la constante dependencia china de importaciones de energía, extremo que convierte al Estrecho de Malacca en uno de los puntos más sobresalientes del globo. Una situación que ha llevado a Beijing a intentar una política plagada de dificultades en la búsqueda de consolidar su hegemonía en el Mar del Sur de la China así como a profundizar su relación con Pakistán, con el objeto de impulsar un corredor a través de su territorio con el fin de acceder al puerto de Gwadar, estratégicamente ubicado a tan sólo quinientos kilómetros del estrecho de Hormúz. Una combinación de arrogancia, paranoia y complejo de inferioridad caracteriza a los gobernantes del Imperio del Medio. Es en ese marco en que debe interpretarse la vocación china por impulsar su iniciativa de desarrollo global de la “Ruta de la Seda”, lanzada por el presidente Xi Xinping a poco de llegar a la cúpula del Politburo chino en 2013.

El entendimiento de la verdadera situación de Beijing adquiere el carácter de categórico, toda vez que China es una realidad geopolítica inexorable en el mundo actual.

La fascinación de los kirchneristas con el régimen chino tiene lugar en momentos en que ésta mantiene un creciente enfrentamiento con los Estados Unidos. La rivalidad entre Washington y Beijing es, en efecto, el escenario global ineludible en el presente y el futuro inmediato. Una realidad que se ha venido manifestando en las últimas décadas y que surge del dato estructural e histórico derivado de las fricciones que una potencia ascendente despierta en una potencia establecida (Thucidide´s Trap) y que se ha visto incrementada a partir de hechos recientes derivados del cuestionamiento creciente que el régimen chino ha despertado a partir de su manejo en la crisis de alcance universal del COVID-19.

En tanto, el gobierno argentino declaró que buscaría una política “pragmática” frente a los Estados Unidos, la nación que sigue siendo el país más poderoso de la Tierra, pero en el plano de los hechos ha optado por una política que enfrenta a Buenos Aires con casi todas las iniciativas de Washington para la región. En marzo de este año, el gobierno argentino votó en contra de la reelección del secretario general de la Organización de Estados Americanos Luis Almagro. Al hacerlo, no sólo se puso en la vereda de enfrente de los Estados Unidos sino en contra de la postura de nuestros socios del Mercosur y casi todas las capitales latinoamericanas. Más tarde, el propio Jefe de Estado argentino declaró pretender “cambiar el mundo” y cuestionó a sus pares de la región por adherir a la intención de los Estados Unidos de impulsar un candidato propio para presidir el Banco Interamericano (BID).

A su vez, las presentes circunstancias tienen lugar en el marco de un descenso notorio de las relaciones de la Argentina con sus vecinos sudamericanos. En el ámbito regional, la administración Fernández-Kirchner ha impulsado una política que ha alejado al país respecto a los países de la región. En los casi nueve meses desde que ha asumido la Presidencia, el jefe de Estado no ha mantenido ningún encuentro con sus pares del Mercosur y ha sostenido posiciones crecientemente divergentes en prácticamente todos los temas de agenda hemisférica.

El ex embajador en China Diego R. Guelar (2016-2019) sostiene que las relaciones argentino-chinas atraviesan en la actualidad el nivel más alto de toda su historia. El vínculo bilateral se encuentra clasificado como una “Asociación Estratégica Integral”. Guelar escribió recientemente que “pivotear sobre el eje Beijing-Brasilia-Buenos Aires es central para la región y no debe oponerse a nuestro vínculo con los Estados Unidos ni al reciente relanzamiento de nuestras relaciones con la Unión Europea y que “consolidar la integración regional debe ser nuestro único alineamiento”. En ese entendimiento, firmar la adhesión argentina a la Ruta de la Seda parecería innecesaria.

En tanto, otro ex embajador en China, César Mayoral (2007-2010), escribió hace pocos días en Infobae que China ya es el principal importador de bienes argentinos y un destacado exportador de tecnología y electrónica. Mayoral explicó que “el enfrentamiento entre Estados Unidos y China es muy diferente al que existió entre URSS y EEUU, donde los partidos comunistas locales estaban apoyados por la URSS y tenían una estrategia que se decidía en Moscú”.

Por su lado, el candidato norteamericano a presidir el Banco Interamericano de Desarrollo Mauricio Claver-Carone explicó hace pocos días que su propósito es que el BID pueda “contrarrestar” la influencia china en el hemisferio occidental y que el banco con sede en Washington podría reemplazar a Beijing como prestamista de referencia en toda la región. Frente a esta candidatura impulsada por la Casa Blanca, la Argentina se ha entregado a un esfuerzo diplomático para enfrentar esa pretensión. La pregunta que tal vez cabe hacerse es si la Argentina actualmente está en las presentes condiciones en capacidad de liderar semejante iniciativa. No hace falta ser Hans Morghentau o Henry Kissinger para interpretar que ante una realidad como la actual lo aconsejable sería extremar la prudencia.

La rivalidad entre China y los Estados Unidos está llamada a protagonizar las próximas décadas del escenario internacional y si bien la mayoría de los expertos entienden que un enfrentamiento armado directo entre ambos gigantes es una posibilidad poco probable, aquella pugna está destinada a dominar el debate político global.

Por ello, una lectura realista de las presentes condiciones históricas aconsejaría a que frente a intentos como adherir o no a la “Ruta de la Seda”, incorporar o no la tecnología 5G o de cara a los inquietantes desafíos ambientales, la Argentina debería promover una política prudente, cautelosa y en coordinación con nuestros socios del Mercosur.

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