×

Votar con los pies

Por José Luis Flaja. Lic. en Economía Docente de la Unse.

- 21:51 Opinión

Leyendo un comentario realizado en una red social por una entrañable amiga, en relación a un deseo personal y también compartido por muchos, vinculado a la conveniencia de migrar en este momento, buscar nuevos horizontes, dejar el calvario permanente que nos plantea este país, me vino a la memoria un muy recomendable artículo de Paul Johnson titulado “¿Existe una Base Moral para el Capitalismo?”.

Primeramente, debo decir que la migración está marcado a fuego en nuestro ADN. Al decir de Octavio Paz, “los argentinos venimos de los barcos”. Nuestros abuelos llegaron dejando atrás miseria, opresión, persecución, pestes, un mundo que se les cerraba, para aventurarse a un lugar desconocido pero que se mostraba como un horizonte de esperanza. La tierra prometida...o anhelada.

Cruzaron el océano con poca información respecto de la geografía, los recursos naturales, las pampas feraces y las plataformas marinas extensas. Era tierra de libertad, de esperanza, donde se podía realizar el sueño de “hacerse la América”. Habíamos diseñado un marco institucional (Constitución de 1853) y nos habíamos topado con un par de generaciones de hombres capaces de llevar adelante el sueño de grandeza. La generación del 37 con Sarmiento y Alberdi como estandartes (había que poblar y educar), y la generación del 80, con Roca, Mitre, Avellaneda y otros enarbolando la bandera de paz y administración.

Fuimos un faro, un faro que irradiaba libertad. Seguridad, personal y jurídica. Garantizábamos que el esfuerzo iba a estar recompensado, porque la fuerza de la ley defendía al individuo contra la rapiña: la de sus semejantes y la del Estado. La ley suprimió a la voluntad del poder. Dejaron de ser lo mismo. Naturalmente esos elementos trajeron un progreso nunca visto hasta entonces. A finales del siglo XIX fuimos el país con producto per cápita más alto del planeta.

Johnson relata en su artículo, una breve descripción de los albores del capitalismo. Hacia el final de la Edad Media, las poblaciones crecían en tamaño, la gente cambiaba de ocupación y clase (y naturalmente de fortuna), dando lugar a un “nuevo espíritu individualista: cada vez más, la gente fue recompensada y juzgada según sus méritos y esfuerzos…”.

Estos reclamos se materializaron en las discusiones de las guerras civiles inglesas de 1640 y las posturas de la Cámara de los Comunes (representaba este nuevo individualismo institucionalizado de la propiedad). El rey ya no era el depositario de la soberanía. En consecuencia, comenzaba el retroceso del Estado corporativo.

Esta extinción del estado corporativo, y las guerras que le precedieron, dieron origen a un proceso de emancipación económica del individuo. Tan importante como sus derechos políticos.

Las leyes que impedían la libre movilidad de las personas para poder trabajar donde quisieran estaban seriamente cuestionadas. Irrumpe en ese momento Adam Smith. Su Riqueza de las Naciones, es la manifestación más acabada de la potencia que tenía esta emancipación económica para el hombre común, para el trabajador: “la propiedad que cada hombre tiene sobre su propio trabajo, tal como es la base de toda otra propiedad, es la más sagrada e inviolable. Impedir (a un hombre pobre) que emplee su empuje y destreza en la forma que estime apropiada, siempre que ello no dañe a sus vecinos, es una violación a esta sagrada propiedad”.

Libertad política y económica son inseparable. Johnson enfatiza “la libertad política para votar casi no tiene sentido sin la libertad económica para trabajar donde se desee”. El éxodo de la pobreza y la miseria rural, hacia las fábricas mostró ser el camino hacia la libertad de millones de personas. Se movían de una sociedad estamental a una sociedad que les permitía una dinámica y una movilidad ascendente como no habían conocido en sus páramos rurales. “Mucho antes que pudieran votar en las urnas, el hombre común votó con sus pies por el capitalismo industrial, al marchar desde la campiña a la ciudad”.

Cuando millones de personas sobre el final del siglo XIX y principios de XX, llegaban a estas tierras, lo hacían abrazando la esperanza de ser por primera vez en sus vidas dueños de sus destinos, y no miembros de una tribu, un clan o soldados conscriptos.

Este proceso de incorporación de recursos humanos al stock de capital y tierras disponibles, se detuvo cuando a principios de los 30 irrumpieron sucesivamente los dos fenómenos que en diferentes expresiones dominarían el siglo XX y esta parte del XXI: autoritarismo y populismo. En estado puro y combinados, han sido la Espada de Damocles que se ha cernido sobre la Argentina.

Sucesivos ciclos de parates y nuevos arranques, gestas iniciáticas y reivindicativas, para entronizar tres preceptos que no son más que la señal de la decadencia: el Estado es siempre mejor que los privados, lo nacional es siempre mejor que lo extranjero y los pobres son siempre mejores que los ricos. Son axiomas, no se demuestran. En más, o en menos, están gravados a fuego en nuestra sociedad.

Cito a Castor López en un reciente artículo en el Diario El Tribuno de Salta: “Vamos a finalizar este muy particularmente crítico año 2020 con un Producto Interno Bruto (PIB) por habitante similar al que alcanzamos hace ya 16 años, en el 2004. E incluso también igual al de aún antes, en 1998. Pero, si seguimos explorando nuestro pasado encontraríamos un PIB per cápita parecido en 1974, 46 años atrás”….tanto correr para llegar a ningún lado.

Y como es natural, empezamos un proceso de reversión de aquel votar con los pies de hace más de 100 años. Vemos frustradas nuestras aspiraciones a que nuestro esfuerzo sea recompensado, a ser valorados por nuestras condiciones y no por pertenecer a una nueva casta (la de los militantes de tal o cual facción), el poder vender libremente nuestro trabajo en mercados que valoren las capacidades y que posteriormente nos protejan los derechos emergentes de la propiedad adquirida con ese trabajo.

Sucesivamente nos remontamos a ese pasado cada vez más remoto; ya no lo vemos como una aspiración sino, con la sensación de un imposible. Estamos dispuestos a migrar, nuestros hijos no imaginan sus vidas en este país. Trabajan por doquier haciendo las más diversas tareas: mozos, trabajadores de call center, cuidados de niños, empleados de maestranza. Esas tareas, sirven para hacer un puente entre el pasado y el futuro.

Los barcos dieron vuelta sus proas, los vientos soplan en la dirección contraria. Y desde el fondo resuena Víctor Heredia: “Creo que quiero cerrar los ojos, para no ver los despojos de lo que tanto amaba entonces…”

Este escrito está dedicado a José NazerFlaja, un inmigrante sirio que con poco más de 15 años vino a estas tierras, la abrazó con entrañable amor, fue lustra botas, vendedor ambulante, comerciante y empresario textil, tuvo hijos, nietos; y sus bisnietos, están empezando el camino de regreso. Le debemos algo mejor a su memoria.


Más noticias de hoy