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El personaje olvidado con el que comenzó la literatura santiagueña

- 22:58 Para vivir mejor

Por José Andrés Rivas

Miembro correspondiente por Santiago del Estero de la Academia Argentina de Letras.


En un artículo que publiqué hace varios años, me equivoqué al proponer que las letras de nuestra provincia comenzaban con las azarosas páginas de la novela Agustina, que Francisco Macareno Viano había publicado a comienzos del siglo pasado en nuestra provincia. Para que el conflicto que se desarrollaba en sus páginas fuera más evidente, no vacilé en señalar que el choque entre la historia y la violencia había desencadenado más allá de los deseos de su autor- en el momento en que nacían las letras santiagueñas. Allí señalaba, que parecía el personaje central que terminó después en la boda de Ventura Saravia de Clementina Rosa Quenel como para convertirla en el personaje central del drama llamado El retablo de la gobernadora.

Me disculpo diciendo que ése no habría sido el único error que habría cometido en las indudables demasiadas páginas, que escribí sobre ese tema. Pero sí es evidente que nuestra literatura tuvo un comienzo, no había sido el que señalé en aquel artículo. Sus verdaderos descendientes, ya que errores como ése son demasiado frecuentes en la historia de la literatura de nuestra tierra y en las de muchas otras. Un inventario de ellos ya los había señalado en otras páginas. El más notable, por cierto, ya estaría en las dolorosas palabras de la “probanza de méritos”, que el soldado español de la Conquista Pedro González del Prado le envió a uno de los tantos reyes de España, “Su Graciosa Majestad” lo llamarían, para que no se olvidara de los incontables sacrificios, que ellos -los anónimos soldados de la Conquista- habían padecido para la grandeza de aquella remota “Graciosa Majestad” en el lejano Cuzco de aquel remoto rey que dominaba un imperio “en donde no se ponía el sol”. Lo más doloroso de aquella probanza era que el ignoto conquistador español González del Prado escribió una probanza en la que le decía a aquel imperturbable y lejano emperador español que ellos, los pobres y anónimos conquistadores, habían pasado “mucha hambre y sed en aquel lugar que llamaban Santiago del Estero”. Lo que él no sabía, lo que no podía saber, era que aquella carta que le enviaba después de tantas dramáticas y dolorosas experiencias se convertiría, sin quererlo ni saberlo, en la primera página de las letras de una provincia lejana de una región también lejana de un país que todavía no había nacido.

Pero al destino le gustan otros juegos, señalaría varios siglos más tarde Jorge Luis Borges, ignorante de que él también sería juguete de ese destino, en una literatura que aún no se había escrito. Muchos años después Horacio Germinal Rava confirmaría en las páginas de su memorable revista Vertical la paternidad de Pablo Lascano en nuestra literatura regional. Al fugaz destino de las revistas literarias en nuestro medio, no se sintió ajeno Moisés Carol que compuso la imprescindible edición del libro con el que EL LIBERAL celebró su primer medio siglo de vida y años antes publicó la revista Centro en la que Carol, amigo y discípulo de Canal Feijoo, a quien definió como “El poeta de la inteligencia” en las páginas de su libro de breves ensayos llamado Esquemas y Valores de 1943.

Carol había leído en la revista de Rava la fascinación por las páginas con que Pablo Lascano había dado origen a las letras santiagueñas. Una fascinación similar sintió su admirado maestro Canal Feijoo, a quien le dedicó un artículo de uno de sus libros. Una fascinación que no le impidió decir a Canal en el artículo “Sentido local de las letras santiagueñas” publicado en la revista de Centro de Carol, que, a esa altura de nuestras letras, había una lucha entre el compromiso de la vieja civilidad y el estado de dispersión que ya había comenzado.

Llegado a este punto necesitamos regresar a las palabras de Borges para confirmar el peligro que acecha a quienes se atreven a sacar los textos del momento en que habían sido escritos.

Lo que ocurre en nuestro caso es buen ejemplo de eso. Rearmando el rompecabezas de la compleja madeja con que se fue tejiendo ese laberinto, una de las imágenes preferidas del combatido autor de Ficciones y El Aleph, el resultado sería el esperado.

Reordenando los hechos , éstos habrían ocurrido así: muchos años antes de que el poeta y abogado Horacio Germinal Rava publicara en 1978 su Panorama de las letras santiagueñas, en el que no ocultaba su preferencia por la poesía en desmedro de los otros géneros, el autor de Siluetas Contemporáneas había muerto mucho antes de que su hijo publicara en un libro titulado originalmente Discursos y Artículos, un cuento cuyo personaje principal no tendría cabida en aquellas Siluetas, que había publicado cuando estaba vivo. Pablo Lascano había nacido en 1854 un poco antes de la caída del brigadier general don Juan Manuel de Rosas y de la muerte de su omnipotente comprovinciano, el brigadier Juan Felipe Ibarra en la antigua Salavina. Habían pasado muchos años desde aquel momento, por lo que no le sería posible considerarlo como un “salavinero de la decadencia”.

Su cuento se titulaba Francisco Lares (a) Sina- Sina sobre un personaje cuyas características no respondían a los cánones de la sociedad pacata y provinciana en que vivía. Sina-Sina era un negro decidor”, un chasqui de buena bebida, un escalador de iglesias y un inesperado paracaidista. Después de ese cuento intentó escribir una novela, que se llamaría Juallo, que en realidad era poco más que una crónica, pero que no fue otra cosa que una novela inconclusa más que una verdadera novela, que hubiera sido muy distinta de la que intentó componer cuando había querido escribir sólo “un modesto ensayo literario” y no la que, más allá de sus deseos, iba a ser la primera novela santiagueña. l


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