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ANDANZAS Y PICARDÍAS DE UN “ZORRO” TUCUMANO

Episodios de la vida de Julio Argentino Roca

- 23:00 Santiago

Por Eduardo Lazzari
HISTORIADOR

Por Eduardo Lazzari

HISTORIADOR

Julio Argentino Roca es el protagonista, en los últimos años, de polémicas y discusiones sobre el rol que tuvo en la historia argentina como político, estadista y militar. Pero sin duda el aspecto más controvertido es la jefatura de Roca en la Campaña del Desierto de 1879, expedición que incorporó al Estado Nacional la Pampa sur y la Patagonia, hecho que convirtió a la Argentina en el país de habla hispana de mayor tamaño en el mundo hasta hoy. Los debates sobre los hechos de 1879 son fervorosos, aunque hay que decir que se producen generalmente en escenarios que no aprecian el contexto de los hechos y bastante alejados de la verdad histórica, aunque el tratamiento serio de la Campaña del Desierto es un tema que merece ser tratado en un futuro artículo.

Pero la intención hoy es recordarlo a Roca en sus anécdotas personales, que lo pintan realmente como el “Zorro”, y es un buen ejercicio para descubrir que los protagonistas de la historia también son seres humanos que han transitado por la vida, mostrando su carácter, desarrollando sus virtudes y, en muchos casos, tratando de apartarse de sus defectos. He aquí pequeñas historias de la vida de un “personaje fundamental de tres décadas”, tal como lo definió José Arce, un médico conservador que donó su casa para fundar el museo en homenaje al primer presidente argentino reelegido.

El Colegio del Uruguay

En 1856, el joven Alejo Julio Argentino Roca (tal su nombre de pila) llegó a Concepción del Uruguay, para estudiar en el Colegio fundado por el general Justo José de Urquiza. El joven tucumano optó por el Aula Militar, donde se convierte en uno de los primeros oficiales que estudian formalmente las artes castrenses en el país organizado. El Colegio era un internado que dejaba salir a sus alumnos después de clase, pero con la obligación de regresar antes de las 9 de la noche. En una ocasión, Roca llegó de madrugada y golpeó el portón principal para que le abran, recibiendo por respuesta la negativa del sereno.

Las consecuencias eran la intemperie esa noche y una severa sanción académica después. El pupilo muestra una moneda de un peso al portero y se la ofrece para que lo deje entrar. “Vizcacha”, como era conocido el portero llamado Andrés Trucco, acepta el trueque, recibe la moneda y abre la puerta. Roca, ya dentro del edificio, le pide a Trucco que le alcance el sombrero que había olvidado en el banco de la vereda. El sereno, confiado, sale a buscarlo y el alumno cierra la puerta a sus espaldas. Al golpear desesperado, ya que su trabajo estaba en riesgo, escucha al pupilo decirle que para pasar hay que pagar un peso. “Vizcacha” le devuelve la moneda y le espeta “Eres un zorro”. Nace allí el apodo que acompañará al tucumano el resto de su vida.

Otro episodio protagonizado por “Vizcacha” se produce cuando lo jubilan de su empleo de portero. Trucco promete regresar a pasar la eternidad en el Colegio, y lo logra, ya que en su testamento deja donado su esqueleto para el laboratorio de Ciencias, lugar donde hoy se lo contempla en una vitrina, cumpliendo su sueño.

La batalla de Santa Rosa

Corre 1874 y se produce el levantamiento del general Bartolomé Mitre contra el gobierno de Domingo Faustino Sarmiento. En la villa de la Inmaculada Concepción del Río IV se encontraba el Comandante de Frontera, el general José María Arredondo y su segundo el coronel Julio A. Roca. Los dos oficiales se llevaban muy bien, a tal punto que Arredondo fue el padrino de bautismo del primogénito de Roca, fruto de su matrimonio con Clara Funes, una aristócrata cordobesa, llamado como él Julio Argentino.

Arredondo se pliega a la revolución y con sus tropas se dirige a Mendoza para dominar Cuyo desde allí. Roca recibe la orden directa del presidente Sarmiento de perseguir, vencer y encarcelar a su jefe. Luego de una campaña de un par de meses, la batalla final se produce el 7 de diciembre, en el paraje mendocino de Santa Rosa. Las tretas de Roca permiten un triunfo poco sangriento. Se enfrentaban 4500 hombres por cada bando. Su ejército armó un llamativo campamento frente al baluarte revolucionario: se armaron carpas, se colgaron ropas en soportes de madera y se prendieron fogones. Al mismo tiempo, los hombres encabezados por Roca hicieron un gran rodeo al campamento enemigo, y durante la noche cayeron por su retaguardia, logrando la victoria, que le granjea el grado de general, el más joven de la historia argentina moderna.

Roca en persona toma prisionero a Arredondo. Desde Buenos Aires recibe la orden superior de aplicar la pena de muerte al rebelde. Sorprendentemente Arredondo logra escapar a Chile, a raíz de lo cual se instruye un Consejo de Guerra contra Roca, quien es absuelto de culpa y cargo. Varios años después, Roca escribe a su hermano Rudecindo: “Arredondo nunca dijo como pudo escapar de nosotros después de Santa Rosa…, yo tampoco”. Una tardía admisión del favor que le hizo a su compadre perdonándole la vida.

La candidatura de Luis Sáenz Peña

El gobierno de su concuñado, el cordobés Miguel Juárez Celman, iba a provocar una serie de problemas de todo tipo para Roca. Desde la pelea que separó a las dos ramas de la familia, que tardaron más de medio siglo en volverse a dirigir la palabra, hasta los esfuerzos para reconstruir el Partido Autonomista Nacional, golpeado por la crisis de 1890, pasando por la complicada etapa del gobierno de Carlos Pellegrini, se puede decir que Roca estuvo a los saltos entre 1888 y 1892, incluyendo el drama de la muerte de su esposa Clara el 2 de mayo de 1890, que lo obligó a ocuparse de sus seis hijos, todos menores de edad.

Sin embargo, el desafío político más serio que debió enfrentar fue del propio palo: la candidatura de Roque Sáenz Peña, un joven abogado que se postuló con el apoyo de los “modernistas”, la oposición interna a Roca y a Pellegrini en el PAN. En busca de recuperar la iniciativa, con mucha astucia y algo de hipocresía, Roca le propuso al padre de Roque, el anciano Luis, por entonces juez de la Corte Suprema de Justicia, que se postulara a la presidencia, porque era “el hombre sabio que el país necesitaba”. El viejo Sáenz Peña, encantado con la idea, aceptó la candidatura y eso provocó tal violencia moral en su hijo, que incapaz de enfrentar a su padre levantó la suya. El “Zorro” logró su propósito de mantener el control del partido y Luis Sáenz Peña fue presidente, pero esa ya es otra historia.

La entrevista del estrecho

Apenas asume su segunda presidencia, en octubre de 1898, Roca inicia una ofensiva diplomática para frenar lo que era una inminente guerra con Chile. El ambiente era muy belicista a ambos lados de los Andes, y el presidente Federico Errázuriz aceptó rápidamente una reunión cumbre, pero con la condición de realizarla en territorio chileno, lo que al argentino no le pareció relevante. Los negociadores eligen Punta Arenas, en esos tiempos la ciudad más austral del mundo. Roca entonces decide viajar con tiempo y aprovecha el periplo para conocer todos los puertos de la Patagonia.

La comitiva se embarca en el crucero “General Belgrano” (antecesor del buque hundido en 1982), al mando del comodoro Martín Rivadavia, primer ministro de Marina del país y nieto de Bernardino. Los chilenos esperaban a la flota argentina por el estrecho de Magallanes desde el Atlántico. Rivadavia le propone dar la vuelta a la isla de Tierra del Fuego por el cabo de Hornos, una de las rutas de navegación más peligrosas del mundo. Roca aceptó y así fue. El 15 de febrero de 1899, cuando las proas trasandinas apuntaban hacia el este, esperando la llegada de los argentinos, a la hora señalada los chilenos escucharon a sus espaldas las sirenas de los buques de Roca, provocando gran susto y mucho desconcierto.

Cuando ese día los dos presidentes se dieron un fuerte apretón de manos (no daban las circunstancias para un abrazo), Roca comentó a Errázuriz que no se preocupara por la picardía cometida, ya que venía en son de paz. Lo reafirma en su discurso, cuando dice: “La paz, como medio y como fin de civilización y engrandecimiento es, en verdad, un don de la Divina Providencia, pero es también un supremo deber moral y práctico para las naciones que tenemos el deber de gobernar”. La cumbre alejó los ánimos marciales, y Roca dirá un tiempo después que la “zorrería” de arribar por la espalda de sus contertulios hizo por la paz mucho más que las charlas con Errázuriz.

Su amor otoñal

En su último viaje a Europa en 1910, Roca conoció en Niza a Helene, una encantadora dama que convirtió en su amante. Regresaron juntos al país y Helene fue una buena compañía durante los últimos años del hombre que se retiró de la política con gran sabiduría: “No sólo nosotros nos cansamos de gobernar, sino que los gobernados se cansan de nosotros”. El general le obsequió una casona a un kilómetro de su estancia “La Larga”, e incluso hizo construir un pequeño andén para que el tren se detuviera allí, frente a la que empezó a ser llamada la “Casa de la Madama”.

El tema se hizo público, y las cinco hijas de Roca creyeron necesario corregir la conducta de su padre. Lo citaron en su propia casa y le enrostraron ese romance pecaminoso pidiéndole que pusiera fin al escándalo. Roca, con aparente ingenuidad, dijo que iba a acabar con el asunto: “Tienen razón, voy a casarme con esa señora”. El susto que sus hijas se llevaron le permitió al romántico anciano manejar la cuestión con más discreción. Hasta en los asuntos domésticos, la astucia del “Zorro” estaba al orden del día.

Sin duda, un capítulo apasionante de su vida es la amistad con el santiagueño Artemio Gramajo, edecán perpetuo y amigo entrañable, creador del famoso revuelto y a quien dedicaremos, si Dios quiere, la columna del próximo domingo, queridos lectores de “EL LIBERAL”, este diario fundado en la segunda presidencia de Roca. l


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