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Tras los pasos de Jesús

- 00:36 Opinión

 Por Mario Ramón Tenti

Jesús y el Templo


E s bueno entender que cuando hablamos del “Templo” no nos referimos propiamente al templo de Jerusalén, a su estructura edilicia, sino al “sistema cultual” que impregna toda la práctica religiosa del pueblo de Israel y a la teología que lo sustenta. Como veremos, la pretensión de Jesús es promover un nuevo modo de presencia de Dios en la historia vivida en la fe en el Resucitado y el amor al prójimo.

 

El Templo en el Judaísmo

En el primer capítulo del libro del Génesis, el redactor sacerdotal, hace extensivas al mundo entero las características del Templo de Jerusalén. Describe la creación comparándola con el Templo y coloca en el centro la “imagen de Dios”: el hombre (Gen 1, 26ss).

En la época de los patriarcas no se puede hablar de templos propiamente dicho, pero la presencia de Dios está asegurada en la vida de los patriarcas que experimentaron su presencia (Gen 12, 1-9).

Después de la Liberación de Israel de la esclavitud en Egipto, durante su travesía en el desierto se irá configurando como comunidad cultual. El libro del Éxodo nos dirá que la finalidad de la liberación de Israel es que Yahvé cuente con un pueblo que le rinda culto en el desierto.

Por eso, la Alianza, se expresa en términos litúrgicos: pueblo consagrado (Dt 7,6), reino de sacerdotes y nación santa (Ex 20, 2-6; 34, 14). De ahí que la Ley que expresa la Alianza, exige como primer deber del pueblo dar culto solamente a Yahvé: “Yo Yahvé soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de la servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí. No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba de los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni le darás culto, porque yo Yahvé, tu Dios, soy un Dios celoso”. (Ex 20, 2-5).

Durante la travesía en el desierto los israelitas se encuentran con Dios en la historia, en los acontecimientos que Dios suscita en medio de ellos. El arca de la Alianza es un signo de las intervenciones de Dios y la tienda de campaña, es más bien un lugar de reunión, de encuentro, y no un templo.

 

Construcción del Templo en la época monárquica

 

El proyecto político de David pretende unificar la nación (organizada en ese tiempo en tribus o regiones autónomas) a través de la unidad religiosa y en torno a la figura del Rey. Estos serán los pilares de su proyecto.

Para lograr la unidad religiosa pretende suprimir los santuarios regionales y edificar un único templo para el arca de la Alianza en Jerusalén (2 Sam 7, 1-17: 1 Cro 11, 1-15). Dios, a través de Natán censurará este proyecto porque va contra la tradición del pueblo que vivía desinstalado en el desierto y se encontraba con Dios en los acontecimientos de la vida. No es David quien garantizara a Dios un lugar para el culto, sino Dios quién garantizará su descendencia, la “dinastía davídica”.

A pesar del correctivo que Yahvé impone al proyecto de David, el templo es construido y consagrado por su hijo Salomón (1 Re 5, 15-9,25). La historia posterior demostrará los peligros que encerraba el Templo: ritualización exagerada del culto, proliferación evasiva de sacrificios, institucionalización de la casta sacerdotal en la familia de Sadoc, excesiva confianza en la protección de Dios.

 

Significado socio religioso del Templo

Instrumento de justificación ritual: estaban convencidos que las instituciones del culto judío (Templo, sacrificios, sacerdocio) eran indispensables para que el hombre se acreditara ante Dios. Esta excesiva confianza en la eficacia justificadora de las prácticas cultuales promovía un orgullo religioso inaudito hasta el punto que muchos se olvidaban que Dios es quien salva gratuitamente y no los ritos y sacrificios que realizaban en el Templo.

Símbolo de identificación nacional: la misma distribución arquitectónica del Templo expresaba la exclusividad de la elección de Israel como pueblo de la Elección y la Alianza con exclusión del resto de los pueblos que eran marginados y estigmatizados como paganos. Fomentaba el orgullo nacional con ciertos visos de xenofobia.

El Templo sancionaba el dualismo sagrado profano: determinaba dos zonas de la realidad, lo sagrado y lo profano. Sólo eran sagrados el Templo, los sacerdotes, las ofrendas, acciones litúrgicas, utensilios del culto, etc. Quedaban fuera de lo sagrado: el hogar, los laicos, los enfermos, las mujeres, los extranjeros, las actividades temporales. Este dualismo excluía a muchos de la presencia de Dios y pretendía concentrar su acción exclusivamente en la práctica cultual del Templo. Dios ya no era el Dios de la historia, que acompañaba al pueblo en su peregrinar diario sino un Dios encerrado en el Templo.

 

Comportamiento de Jesús ante el Templo y la teología que lo sustentaba

Jesús tuvo un comportamiento crítico respecto del Templo y desautoriza su práctica litúrgica y la teología que lo sustentaba. Si bien varios pasajes de las Escrituras son “post pascuales” y reflejan la tensión entre el judaísmo y los primeros cristianos, la tradición del conflicto con el Templo se remonta al Jesús histórico.

El pasaje denominado “purificación del Templo” se encuentra en los cuatro evangelios (Mt 21, 12-13; Mc 11, 15-19; Lucas 19, 45-48; Jn 2, 12-33) lo que pone de manifiesto su historicidad sustancial, aunque cada evangelista hace su interpretación del hecho. Los cuatro relacionan este episodio con la pasión de Jesús. Es decir, a partir de este hecho se decide la muerte de Jesús o se infiere que llegará. Sin dudas, la versión de los sinópticos que este hecho se registró al final de la vida de Jesús es la más verosímil.

Jesús llega al Templo, para la fiesta de Pascua, y entrando al patio de los gentiles comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban; además volcó la mesa de los cambistas y los puestos de vendedores de palomas, y por último, no permitía que nadie transportase cosas por el templo. Mc 11, 15-19: “cuando llegaron a Jerusalén, Jesús entró en el Templo, y comenzó a echar a los que vendían y compraban en él. Derribó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas y prohibió que transportaran cargas por el Templo. Y les enseñaba: ¿Acaso no está escrito, mi casa será llamada casa de oración por todas las naciones? Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones. Cuando se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas, buscaban la forma de matarlo, porque le tenían miedo, ya que todo el pueblo estaba maravillado por sus enseñanzas”.

Esta acción de Jesús es altamente peligrosa, ya que atacar el Templo era atacar el centro de la vida social, religiosa y política del pueblo judío. Son múltiples las interpretaciones de este hecho: purificación del culto judío de la profanación de actividades comerciales, protesta contra la casta sacerdotal, signo político de recuperación de la teocracia judía contra el imperio romano y sus colaboradores, gesto simbólico de destrucción para la restauración de un Templo nuevo, etc.

La acción de Jesús fue un gesto simbólico al estilo de los profetas de Israel. No pretende purificar el culto, no apunta a una reforma de la liturgia del Templo sino a la desaparición de la propia institución y su sistema religioso que producía discriminación, vanidad y justificación exacerbada. El gesto anuncia el juicio de Dios contra un sistema económico, político y religioso que atenta contra la Alianza y la imagen de Dios que Jesús comunica. Dios no puede habitar en ese Templo, no puede reinar allí, con la venida del Reino y la presencia de Dios en la historia, el Templo no tiene razón de ser.

Más aún, la presencia de Dios pasa del Templo a Jesús, a partir de su resurrección, el nuevo Templo es la humanidad resucitada de Cristo, donde “reside corporalmente la plenitud de la divinidad” (Col 2, 9; 1, 19). El centro de convocatoria y asamblea ya no es más el Templo, ahora es Jesús. El convoca y admite a todos los excluidos de la asamblea judía: mujeres, publicanos, impuros, pecadores, extranjeros. Para encontrarse con Dios hay que creer en Jesús y seguirlo.

El verdadero culto no está en peregrinar al Templo y participar de la liturgia que allí se realiza, sino adorar en “espíritu y en verdad” (Jn 4, 21-24), es decir, cumpliendo la voluntad de Dios que quiere que todos sus hijos vivan en dignidad. Por eso, a Dios lo podemos encontrar en los excluidos y estigmatizados de la sociedad, en la Eucaristía celebrada y compartida en comunidad de hermanos, en los gestos de solidaridad con los pobres, en la puesta en práctica de su palabra. El Dios de Jesús es Dios de la vida, Padre de Misericordia que socorre a los que sufren, no puede estar encerrado en las paredes de un templo, su presencia está garantizada allí donde la vida florece y los signos de muerte aguardan ser resucitados. l


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