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Amó profundamente a la selección argentina y la llevó a lo más alto

- 00:50 Deportivo

Diego Armando Maradona no sólo fue el mejor jugador de la historia, fue el capitán y el símbolo del seleccionado argentino que alcanzó su mayor momento de gloria en México ‘86 y quedó instalado en el Olimpo del fútbol mundial.

Diego fue tan grande que no solo fue el mejor entre los mejores, fue el alma de cualquier equipo que integró y alcanzó en el seleccionado argentino su máxima expresión.

Diego agotó cualquier adjetivo sobre su condición de futbolista, pero además tuvo un coraje y un temple sin par que lo llevó a ser el líder del seleccionado que ganó el Mundial Juvenil Japón ‘79, el extraordinario campeón de México ‘86, el épico subcampeón de Italia ‘90 y el Mesías que volvió para clasificar a Argentina al Mundial de Estados Unidos ‘94, donde le ‘cortaron las piernas’ pero no pudieron mellar su espíritu.

Bastaron escasos minutos para comprobar que el chiquilín que asombraba en Argentinos Juniors desde su debut en Primera el 20 de octubre de 1976 iba a marcar un hito en el fútbol mundial. En apenas cuatro meses, del primer nivel local a codearse con los futuros campeones del Mundial ‘78 en Argentina.

Le quedó el sabor amargo de no jugarlo porque Menotti quiso preservarlo por su corta edad, pero tuvo su revancha al año siguiente cuando Argentina ganó el Mundial Juvenil de Japón ‘79.

Las giras previas al Mundial de España ‘82 auguraban un gran éxito pero el seleccionado no tuvo un buen comienzo y decepcionó. Perdió con Bélgica en el debut y aunque clasificó para la ronda final fue superado por Italia, partido recordado por la férrea marca que soportó por parte de Claudio Gentile, y por Brasil, en un partido en el que Diego terminó siendo expulsado por una patada producto de la impotencia.

La derrota produjo un cambio de timón, Carlos Salvador Bilardo sucedió como entrenador a Menotti, según Diego el mejor que tuvo en su carrera, y desde allí emergió su liderazgo dentro y fuera de la cancha. Y el camino a grandes conquistas.

El primer ciclo de Bilardo fue inversamente proporcional al anterior de Menotti, arrancó muy mal y terminó con la mayor conquista del fútbol argentino en más 100 años de historia: el Mundial de México ‘86.

Así, impensadamente para muchos, se llegó a la gloria del campeonato mundial, con un discreto paso en la zona de grupos y una gran producción a partir de octavos de final, dejando en el camino a Uruguay, Inglaterra, Bélgica y la poderosa Alemania en el partido cumbre, con su pase magistral y el gol de Burruchaga a poco del final.

Fue el Mundial que consagró al nuevo rey del fútbol y el de los recuerdos imborrables de ‘la mano de Dios’ o el ‘gol del siglo’ a los ingleses.

Con ese reinado siguieron las giras internacionales y el subcampeonato de Italia ‘90, un torneo en el que Diego fue golpeado a mansalva, al punto que mandó a confeccionar unos botines especiales para jugar la final, otra vez con Alemania, ya que tenía los tobillos tan inflamados que no calzaban en los habituales.

Fue el Mundial de los penales atajados por Sergio Goycochea, el de la semi con Italia en el San Paolo, con la ciudad de Nápoles a favor a su ídolo, y el del partido decisivo perdido con los alemanes, con un equipo diezmado por las lesiones y la suspensión de Claudio Caniggia, y un discutible penal a poco del final.

Fue también el momento de una pausa con la selección. El nuevo ciclo encabezado por Alfio Basile arrancó con el brillo de la obtención de dos Copa América, ‘91 y ‘93 pero desbarrancó con la fallida clasificación para Estados Unidos ‘94 y el repechaje con Australia.

La necesidad obligó a su retorno y Diego volvió, tras su suspensión de 15 meses por doping, para enderezar el barco y llevar al seleccionado al lugar que siempre debe ocupar: el de protagonista del fútbol mundial.

Ya con 34 años y un cuerpo minado por los excesos, Diego realizó una preparación especial para su último gran desafío: su cuarto Mundial.

Acompañado por figuras como Claudio Caniggia, Gabriel Batistuta y Fernando Redondo, entre otros, comandó un equipo que se puso el traje de candidato con triunfos ante Grecia y Nigeria, pero otro control antidopaje, en la tarde de Boston tras jugar con los africanos y la extraña imagen de ser acompañado por una enfermera desde el mismo campo de juego, significó su adiós con la Argentina.

Una selección que amó como nadie, de la que siempre fue hincha y a la que volvió para dirigirla en Sudáfrica 2010 con la ambición de lograr el título y el deseo íntimo de que Messi continuará con su legado.l


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