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Un fogonazo de talento que no se olvida

- 02:13 Opinión

Por José Aranda

 

Lo que no supieron hacer muchos de nuestros políticos, de poner a la Argentina en el mundo como un país al cual admirar y respetar, lo hizo Maradona con el fútbol. Quizá por eso hoy no solo lo lloran aquí, sino en varias partes del planeta. Porque la Argentina, este bendito país, es el tango, es Maradona. Es que el 10 regaló fogonazos de genialidad cuando más se los necesitaba. Digan si no recuerdan esa carrera electrizante desde mitad de cancha contra los ingleses en México 86. O esa mano de Dios de unos minutos antes, en el mismo partido. Hagan la prueba. Quizá les pase lo mismo que a mí. Ninguno de los cientos de otros goles que hizo se recuerdan tanto como esos dos. Y mirá que fueron muchos. No sé si fue revancha. Si fue una explosión de toda esa bronca contenida por haber perdido 4 años antes una guerra a la que nunca deberíamos haber marchado contra los ingleses y que había sido concebida solo por la enfermedad de poder que tenían quienes estaban en el Gobierno. Porque como lo hicieron otros luego, se podía haber seguido reclamando por otras vías la pertenencia de las islas. Pero esos dos goles, esa victoria, reivindicó a todo un país. Porque tal vez le mostraron a esa nación poderosa que podían quitarnos ese pedazo de tierra helada, incluso vidas. Pero que, en el fondo, seguía siendo vulnerable y que aún se le podía hacer daño. Y nada más y nada menos que en su orgullo. Justo a ellos, a los padres del fútbol. Treinta y cuatro años después de aquel partido, ese fogonazo de talento no se olvida. Y hay que ver las cosas que olvidamos los argentinos. Porque si recordáramos tan bien otras partes de la historia cómo recordamos esos goles del Diego, tal vez seríamos mejores. Hay otras dos jugadas maestras pero esta vez verbales que quedan grabadas del 10 y que tal vez muchos deberían aprender a reconocer. “Yo me equivoqué”, en alusión a todos los excesos que vivió por fuera del fútbol y “la pelota no se mancha”. Cuanta grandeza para reconocer las falencias humanas que una persona puede tener y más aún cuando se lo eleva a nivel Dios. Y también cuanta lucidez para separar que una cosa es el fútbol, ese deporte noble que se juega en equipo y que a cuántos jóvenes salva cada año y otra, distinta, lo que él hizo con su vida. Hoy al mediodía, la voz de mi hijo que nació 20 años después de aquel partido, que no llegó a gritar los goles del Diego, nos disparó ese otro balazo: -“Ha muerto Maradona, ha muerto Maradona”- sabiendo y también sin saber que con él se van millones de lágrimas derramadas, las del 86 y las de ahora. Que estamos más grandes, más viejos, menos sabios. Y que por ahí hay gente que sigue revoleando el dedo y juzgándolo, sin mirarse los zapatos y sin tener en cuenta que para juzgar están Dios (el otro) y los jueces (bueno, concédanme esta). Y disculpenmé, porque veo toda esa gente en el obelisco, en la Bombonera, en la calle y se me hace un nudo en la garganta. Aunque hace rato que no estaba en las canchas, ahora sí, Diego ya no está. Y esa certeza, no se puede gambetear.


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