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Las "pestes", siempre entre la política y la religión

- 01:35 Opinión

Cástor López

Especial para EL LIBERAL

 

En los muy estrictos márgenes que, lógicamente, impone un artículo de opinión, se podría intentar una reflexión histórica en estos tiempos de una pandemia de un virus desconocido que, además, ya ingresó en su fase de mutaciones, en su inexorable ciclo vital. La referencia es el intenso debate, quizás aún con más calor que luz, de sus efectos sociales, políticos y económicos. Porque, si bien hay un suficiente consenso que la pandemia, y la cuarentena asociada a ella, sería la culminación de un proceso de un "cambio de época", como tantos otros ocurridos antes en la historia moderna del mundo, si existen presupuestos extremos, que van desde los pronósticos de abruptos cambios en la dirección global del mundo hasta las visiones de una importante aceleración, pero de las mismas tendencias generales ya preexistentes.

 

A su vez, a ambas hipótesis extremas las une una relativa certidumbre común: lo necesariamente traumático del ingreso a la 3a década del siglo XXI. Por la inevitable inercia, ya sea por el cambio de la dirección o por la aceleración de la velocidad de las actuales y muy dinámicas tendencias mundiales. El investigador Leo Bradley, entre tantos otros historiadores y pensadores, nos señalaba ya hace varias décadas que, al cabo de los muchos siglos de su evolución en la tierra, el aún muy primitivo homo sapiens sobreviviente, ya percibió el conocimiento que, además de los mamuts y de los tigres "dientes de sable" entre animales, a los que los olía, escuchaba a sus rugidos y finalmente los veía, existían también otros "seres misteriosos", que no podía oler, oír y ver, pero que sabía que existían y que podían acabar con sus vidas y con las de sus crías.

 

Mucho tiempo después, Hippocrates, ya en el siglo llamado "de Pericles", sostenía que existía un "algo" en el ambiente, en la tierra y en el aire, que causaba el mal y la muerte; pero nunca pudo llegar a determinar, pese a sus tremendos esfuerzos, alguna característica relativamente objetiva de aquella muy válida intuición de ese algo maligno. Solo recién 131 años después de Cristo, fue Galeno quien le dio al menos un nombre a "eso" que Hippocrates había percibido. Le llamo "el miasma" y lo trato de definir como "una emanación invisible", que no podía ser captada por los sentidos humanos. Aquellos fueron los primeros intentos de producción de alguna hipótesis científica de los virus.

 

Pero, además Galeno precisó que estos se alojaban especialmente en los pantanos, en las aguas estancadas y que, una vez alcanzados desde los animales a los humanos, estos se contagiaban muy rápidamente, ya entre sí. En el siglo II después de Cristo fue Varro el que ahora llamó "animalculos" a estos organismos invisibles y malignos, que habitaban en las zonas húmedas de los densos bosques y en los lagos y también llegaban directamente a las personas por el aire, por el agua y mediante los alimentos. Varro llegó incluso a formular las primeras reglas de la higiene sanitaria y de la profilaxis para contener el cólera, la lepra, las fiebres intestinales y la tuberculosis entre muchos otros males, que continuaban matando más seres humanos que incluso las mismas muy frecuentes guerras de entonces.

 

Pero, con la llegada de la muy opaca y prolongada era de la llamada Edad Media y, con ella, de las religiones enfrentadas violentamente y llevadas a los niveles extremos de los fanatismos, la humanidad desprecio a Hippocrates y olvidó completamente a Galeno y a Varro y se volvieron a atribuir las enfermedades a los dioses de las diversas religiones o a los astros; o sea a las causas sin apelaciones terrenales posibles. Incluso en la misma Inglaterra, ante una epidemia de influenza, los médicos de la corona británica llegaron a declarar oficialmente que la ciencia humana no podía torcer los designios de los dioses.

 

Surgió por entonces el investigador Galileo Galilei, nacido en Pisa, que ya había inventado el telescopio, con el cual puso el cosmos cercano al alcance del ojo humano. Como el muy sublime genio que fue, también inventó, con su tremendo pensamiento creativo hoy llamado lateral, el microscopio, que llevó a la visión humana también hacia lo minúsculo. Por estos formidables cambios científicos y tecnológicos fue muy perseguido por el poder político de la iglesia católica y librado, paradójicamente de una manera milagrosa, de la hoguera que ya había sido preparada para el, por el entonces muy grave delito de sacrilegio, en Florencia en el año 1633.

 

Cabe aquí retornar al también gran Galeno, nacido en Pergamon, para recordar las históricas divergencias provocadas por la pandemia, entre la ciencia y el progreso con la religión y la política. Galeno solo curaba de sus graves heridas, como varios otros, a los gladiadores de los torneos, que eran por entonces las "transmisiones" de las guerras contemporáneas a los ciudadanos de Roma. Pero, por sus inquietudes de investigación fue convocado a salvar la vida de la mujer del Cónsul Flavio, ya desahuciada por los médicos más prestigiosos de Roma. Solo ello le permitió desarrollar algo de su vocación científica experimental, tal como la oportunidad tecnológica, que recién unos 1.400 años después, Galileo le posibilitaba a la microbiología.

 

Cuatro siglos después de Galileo, el mundo todavía no está exento, y en realidad no tendría porque estarlo, de las sobre reacciones humanas derivadas de las resistencias a los cambios, del fanatismo religioso y político, etc. Aún cuando la racionalidad y el avance tecnológico continue con cada vez mayor velocidad, el mayoritario estado habitual de la humanidad siempre ha sido el de la discordia. Y sus consecuencias traumáticas, más aún en estos tiempos del resurgimiento de la ahora denominada "post verdad", en la que todo parece ser muy volátil, frágil e inconstante.

 

Pero también, cómo una Epifanía o una serendipia, el encontrar algo que no buscábamos pero que necesitábamos, siempre han surgido los Hippocrates, los Galeno, los Varro, los Galilei y tantos otros, en la todavía primitiva condición humana que portamos, para hacer de la falsa verdad presente el absurdo del mañana y desenmascarar al capricho político o religioso del ayer como la aseveración del hoy. Los dados continúan siendo sacudidos en el cubiculo de la historia de la humanidad y aún no han sido echados para este también muy convulsionado siglo XXI, del que somos contemporáneos.

 


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